«Nicholas
Shreiber, ex presidente de Tetra Pak y miembro del IAB del IESE
«La complejidad no se simplifica, se gestiona»
Nick Shreiber, presidente y consejero delegado
de Tetra Pak hasta enero de 2006, y miembro del International
Advisory Board del IESE, nos cuenta cómo contribuyeron
sus orígenes a su estilo de liderazgo; cómo revitalizó
no sólo el crecimiento de la compañía, sino
también el modo de pensar el crecimiento; y cómo
se deben evitar las respuestas fáciles y aprender a vivir
en la complejidad.
La probabilidad de que al abrir la nevera
o un armario de la cocina, en cualquier lugar del mundo, nos encontremos
con un envase Tetra Pak es altísima. Es posible que la
leche, el zumo, la sopa, el vino o cualquier alimento líquido
hayan sido envasados con la tecnología de Tetra Pak, que
conserva fresco el contenido almacenado a temperatura ambiente.
Lo que empezó como una empresa familiar sueca
en 1950, se ha convertido en un negocio multinacional de 10.000
de dólares. Aunque en la actualidad su sede central se
encuentra Suiza, Tetra Pak cuenta con 21.000 empleados, que producen
120.000 millones de envases de cartón cada año,
distribuidos a consumidores de 180 países. Al mando de
este acelerado crecimiento empresarial se encontraba durante los
últimos cinco años y hasta su jubilación
a finales de 2005, Nick Shreiber.
Antes de desempeñar el cargo de presidente
y consejero delegado de Tetra Pak, Shreiber trabajó doce
años en la empresa, desempeñando distintos cargos,
entre ellos la dirección de las operaciones de Tetra Pak
en América durante los años noventa. En febrero,
Shreiber visitó el IESE en Barcelona para participar en
el Global Leadership Speaker Series del MBA. «Nunca tengáis
la sensación de que vuestros orígenes os impedirán
entrar en un área en la que no tenéis experiencia
o conocimientos previos –señaló Shreiber es
su sesión con los MBA del IESE. No importa cuáles
sean vuestros orígenes, gestionarlos como trampolín
hacia las oportunidades.» Shreiber sabe muy bien de qué
habla, como demuestra esta entrevista con la Revista del IESE.
Su currículum revela que es argentino de
nacimiento, y de ascendencia rusa y escocesa. ¿Puede hablarnos
de sus orígenes y contarnos cómo pueden haber contribuido
o definido su particular estilo de liderazgo y carácter?
Pienso que han influido en gran parte de lo que he hecho durante
mi vida. Mi madre era escocesa. Mi padre nació en San Petersburgo,
pero se vio obligado a abandonar Rusia cuando era niño,
con toda su familia, tras la revolución bolchevique, de
modo que se crió en Inglaterra como exiliado ruso. Mi padre
estudió ingeniería (como yo al principio), obtuvo
un empleo de expatriado, se trasladó a Estados Unidos y
luego lo destinaron a Argentina en una empresa petrolífera.
Le encantó el país y ya no se movió de allí.
El padre de mi madre se había expatriado a Argentina para
trabajar en la red ferroviaria, de modo que mis padres se conocieron
allí y por eso nací y me crié en Argentina.
Crecí en un entorno bilingüe: inglés y español.
Fui a una escuela bilingüe que seguía el plan de estudios
completo británico hasta el nivel A, además del
plan de estudios completo del bachillerato español.
Así pues, ¿en qué bando estaba
usted durante la guerra de las Malvinas?
¡Muy buena pregunta! Es difícil, porque en realidad
tengo los dos pasaportes: soy argentino y británico. Y
ahora, también suizo. No era cuestión de estar de
parte de unos u otros. Fue una guerra tan ridícula, un
caso terrible de mala interpretación y menosprecio de las
intenciones del adversario.
¿Cómo relaciona todo esto con su trayectoria
porterior?
Se trata de algo más que únicamente el contexto
cultural y la educación. También recibí distintas
formaciones educativas. Estudié ingeniería en Argentina
(donde también conocí a mi mujer, Anne Marie, cuyos
orígenes son similares a los míos: nació
en Suecia, sus padres son suizos y se crió en Argentina).
Después de trabajar unos años en Argentina, me trasladé
a Suiza y obtuve el MBA en el IMD en 1975, de modo que tenía
estudios de ingeniería y un par de años de experiencia
en este sector en Argentina, y después formación
en dirección de empresas, lo que resultó ser un
complemento perfecto.
Poco después de graduarme en el IMD, me incorporé
a McKinsey, donde descubrí un mundo completamente nuevo:
la consultoría de gestión. Aquella experiencia me
proporcionó, quizá no diría una base cultural
más amplia, pero ciertamente una base cultural más
diversa que la de la mayoría de la gente. Además,
me convertí en viajero. No me importaban los traslados.
Es evidente que todo contribuyó a que emprendiera trayectorias
profesionales muy distintas a las de mis compañeros.
¡Parece el perfil de MBA perfecto para el
IESE! Por supuesto, esto es así ahora, pero usted ya lo
hizo antes de la era de la globalización y antes de que
los perfiles internacionales como el suyo empezaran a ser frecuentes
en el mundo de los negocios. ¿Era consciente entonces de
que era bastante excepcional al ser tan internacional?
No, en aquel momento no era consciente de ello. Por ejemplo, trabajé
ocho años en McKinsey, y residí en cuatro o cinco
países, pero no tenía esta intención cuando
me incorporé. Lo que sí tenía claro era que
debía estar abierto a nuevas ideas y perseguirlas. No fue
hasta más tarde cuando me di cuenta de que el hecho de
tener distintas bases culturales, idiomas y experiencias transferibles,
me había ayudado a desarrollar una amplia carrera empresarial.
Después de incorporarme a Tetra Pak, entendí que
la forma de pensar y la forma de estructurar y analizar los problemas,
las amenazas y las oportunidades que me brindó McKinsey,
eran totalmente aplicables como ejecutivo en Tetra Pak. Allí
empecé a comprender que yo era un poco diferente, porque
la mayoría de la gente de Tetra Pak se había desarrollado
profesionalmente en la propia empresa. Todo ello me ayudó
a desarrollar mi propio estilo de liderazgo.
Hace dos años intervino en la IESE Global
Alumni Reunion en Barcelona. Allí aseguró que hace
falta gente con buenas ideas y líderes con imaginación.
Como ejemplo, explicó cómo reinventó su propio
enfoque del mercado y cómo los directivos deben pensar
constantemente en nuevas formas de cambiar el paradigma...
Durante los años noventa, Tetra Pak crecía lentamente.
Para explorar las posibilidades de acelerar el crecimiento, creamos
grupos de trabajo en la empresa. No sólo queríamos
revitalizar el crecimiento, sino también el modo de crecer:
sabíamos que éramos grandes, que teníamos
una inmensa cuota de mercado, pero que todavía nos quedaba
mucho espacio para crecer. Y lo logramos: cambiamos la pendiente
de nuestra curva de crecimiento en los últimos cinco años.
Alguien acuñó la frase –no fui
yo, aunque me hubiera gustado– “aumenta tu cuota de
mercado disminuyendo tu cuota de mercado”, o algo parecido.
Controlábamos un 80% del mercado del envasado aséptico
en cartones, pero lo último que queríamos era conseguir
el 20% restante; hubiera resultado sumamente costoso y, además,
si eliminábamos a todos los demás competidores,
habríamos sido objeto de leyes antimonopolio. Habríamos
tomado el camino equivocado. En cambio, al modificar nuestro modo
de pensar el crecimiento, consideramos que la mejor forma de seguir
adelante era ver qué otras aplicaciones podíamos
darle al cartón. Entonces, cuando analizamos el mercado
de los alimentos líquidos, en lugar de centrarnos únicamente
en el mercado del embalaje de cartón, nuestra cuota del
mercado de alimentos líquidos se reducía a sólo
el 1%, pero abría nuevas oportunidades.
Contratamos a Bain, y nos convencieron de que en
nuestro negocio clave, todavía nos quedaba crecimiento
y competitividad. Muchas empresas han llegado a esta misma fase
y deciden que la única solución es la diversificación
(en nuestro caso: entrar en los plásticos o latas, por
ejemplo). Pero si las empresas analizan de nuevo su crecimiento,
generalmente descubrirán que siguen contando con un tremendo
potencial en sus negocios clave.
¿Cuáles han sido las nuevas áreas
de mayor crecimiento de Tetra Pak en los últimos cinco
años?
Se puede considerar desde distintos puntos de vista. Uno es el
geográfico. En 1999 y 2000, realizamos grandes inversiones
por anticipado en China e India. Ya nos encontrábamos en
estos países, pero decidimos crear la estructura organizativa
que nuestros empleados locales consideraron necesaria para poder
acceder a la base de clientes que buscábamos. Instalamos
la estructura antes que el negocio. Prometimos a nuestros clientes
que tendríamos fabricación local. En otras partes
del mundo, también llevamos a cabo expansiones importantes.
Hemos mejorado nuestra cuota de mercado en productos de gran valor
añadido como los zumos y bebidas sin gas en muchos países.
Hemos entrado en el sector sanitario por la puerta grande, por
ejemplo con las bebidas a base de soja.
¿Y qué hay del vino y el aceite de oliva?
En el sector del vino y el aceite de oliva, también disfrutamos
de una presencia importante. En algunos países, como Argentina
y Chile, controlamos una sólida cuota de mercado en vinos.
Pero todavía tenemos poca participación en el sector
vinícola a nivel mundial. Con el tiempo, esto podría
cambiar.
Cuando uno pretende adentrarse en nuevas categorías
de mercado como éstas, ¿no es necesaria también
una cierta “educación”, que la gente se acostumbre,
por ejemplo, a ver el vino en una caja de cartón?
Tiene mucha razón: requiere un cambio de hábitos,
y no es un misterio que en los países donde tenemos una
gran presencia en el mercado de leche en cartones, es más
fácil pasar a otros sectores alimentarios. Fíjese
en España, por ejemplo: un gran mercado de leche, pero
también tenemos una gran presencia en vino, zumo y sopa
envasada en cartón. En Argentina y Chile, sucede lo mismo.
Es más sencilla la transición a otro producto si
ya se tiene el hábito de beber de un cartón.
¿A qué cambios de hábitos deben
enfrentarse en China e India?
En India, todavía nos encontramos al principio de la curva
de crecimiento. Creemos que está empezando a despegar.
En China, se trata de invertir en compromiso y dinero por anticipado
y tener suerte con el desarrollo económico. Allí
nos ayudó el hecho de que el Gobierno impulsara el consumo
de leche entre la población joven. Como la leche se producía
en el norte y se consumía en las zonas de la costa meridional
de China, necesitaban tecnología para transportar la leche
sin que se estropeara. Obviamente, nuestra tecnología resultaba
excelente. Y allí estábamos con nuestra organización,
nuestro capital y nuestra fabricación local. Como siempre,
fue una confluencia de varios acontecimientos y aprovechamos la
oportunidad.
Al reflexionar sobre sus cinco años como
consejero delegado de Tetra Pak, ¿qué es lo que
le enorgullece haber conseguido, y a la inversa, qué le
hubiera gustado saber entonces que ahora sabe?
El hito estratégico más importante ha sido el de
centrar más esfuerzos en nuestras tecnologías y
competencias clave. Lo logramos gracias a un cambio de modo de
pensar, capacitando a la organización y favoreciendo de
nuevo la iniciativa empresarial. Fijamos nuestra estrategia y
nuestro rumbo. Desarrollamos procesos globales traspasando las
fronteras organizativas. Fuimos capaces de crecer un 30% en volumen,
sin incrementar significativamente nuestra plantilla.
Si tuviera que reflexionar sobre algo que me hubiera
gustado saber entonces y que sé ahora, pienso en la complejidad.
Como consejero delegado, no siempre te das cuenta de que tus decisiones
provocan un efecto cascada y un gran número de cambios
y presión en toda la organización. Debes tener cuidado
con lo que pides y lo que exiges, y con las iniciativas que emprendes.
Desde la dirección puede parecer que cada iniciativa tiene
sentido en sí, pero cuando cae en cascada e involucra a
docenas de personas, se produce cierta fatiga. Entonces debes
retroceder, para que la organización pueda respirar un
poco.
Pero la complejidad tiene otra cara, que recibe
menos atención y sobre la cual me gustaría haber
sido más prudente: la complejidad no es siempre mala. Se
deben simplificar las cosas, pero no hacerlas tan simples que
acaben siendo superficiales. Es cuestión de encontrar el
justo equilibrio. Aprender a vivir con la complejidad, con ambigüedad,
con asuntos que no están totalmente claros, forma parte
de la caja de herramientas de un alto directivo, o debería
ser así. A veces pensamos que hemos desarrollado iniciativas
demasiado complejas, de modo que retrocedemos y racionalizamos.
Pero la verdad nunca es simple. Cuando se dirige una empresa es
raro no enfrentarse a situaciones en las que los objetivos individuales
entran en conflicto. Es necesario aprender a tratar con la complejidad
y la ambigüedad. Cuando tienes objetivos conflictivos, en
lugar de tomar el camino fácil y decir: “si hago
esto, luego por desgracia no podré hacer lo otro”,
debes ser capaz de encontrar la forma de conciliar ambos.
Ahora que está jubilado, dedica más
tiempo a ayudar a escuelas universitarias y universidades a salvar
las distancias entre las necesidades académicas y las realidades
empresariales. ¿Puede contarnos algo más sobre eso?
Además de formar parte del International Advisory Board
del IESE, soy miembro del comité ejecutivo de la Foundation
Board de IMD en Lausana, Suiza; el Dean’s Council John F.
Kennedy School of Government de la universidad de Harvard; el
Dean’s Advisory Board de la Goizueta Business School de
la Emory University en Estados Unidos; el International Advisory
Board de la Emory University en Reino Unido, y el Board of Overseers
del Smolny College en San Petersburgo, Rusia. También fundé
media docena de “Becas Shreiber” en Rusia y Argentina.
Todos son grandes compromisos.
Hablo con frecuencia con Jordi Canals. Nos vemos
tres o cuatro veces al año. En estas charlas informales,
comentamos las iniciativas que funcionan, lo que se podría
mejorar. Es mi forma de contribuir. El IESE está haciendo
muchas cosas bien. Creo que invitar a dar sesiones a directivos
en activo es una iniciativa muy interesante. Puede ser cualquier
persona del ámbito político, empresarios, ONG...
Lo esencial es ayudar a comprender el mundo real. Estamos en un
entorno sumamente competitivo, y los principales retos de las
escuelas universitarias y universidades continúan siendo
la globalidad y atraer a los estudiantes, sin comprometer la calidad
del profesorado. En las distintas escuelas con las que trabajo
se insiste en el esfuerzo de contar con un buen claustro. No se
imagina lo que cuesta incorporar a cinco o seis docentes de primer
orden al año.
¿Qué hace al IESE una escuela
única?
Cada escuela tiene su propio carácter y personalidad. El
IESE cuenta con algunos rasgos que lo distinguen. Uno es que no
es una escuela muy grande. Existe mucho contacto personal, como
por ejemplo, que pueda venir y sentarme media hora con el decano
o llamarlo o escribirle un correo electrónico y recibir
inmediatamente su respuesta, ¡incluso durante el fin de
semana! Este tipo de interacción que se observa entre los
estudiantes y el personal, es muy, muy especial. Otra es la internacionalidad:
un porcentaje muy elevado de estudiantes del MBA proceden del
extranjero, en comparación con Estados Unidos, donde ocurre
todo lo contrario. Evidentemente, es bastante habitual en otras
escuelas europeas, pero hay muy pocas escuelas como el IESE que
sean tan internacionales. Desde la dirección se da mucha
importancia a la iniciativa empresarial y al dinamismo: y se nota
en la escuela. Además, el campus es precioso, tanto en
Barcelona como en Madrid. El IESE tiene muchos atractivos especiales.
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