Me llena de alegría estar de nuevo en el IESE, con motivo de la
celebración del quincuagésimo aniversario de su fundación. Fui
testigo del interés con que San Josemaría Escrivá de Balaguer
promovió sus primeros pasos, y del empeño con que impulsó su
desarrollo. Doy gracias a Dios por el trabajo realizado y le pido que
el IESE siga produciendo frutos abundantes en el futuro, y llevando
a cabo la misión que le confiara San Josemaría.
Se me ha propuesto hablar del humanismo cristiano, en este simposio
internacional, que tiene como punto central la búsqueda de
modelos más humanos para la gestión de la empresa, a todos los
niveles. El tema resulta muy actual. En efecto, el humanismo cristiano
tiene mucho que ofrecer para que la actividad empresarial
no pierda de vista que «el hombre es el autor, el centro y el fin de
toda la vida económico-social»1. Con estos términos lo declaró
el Concilio Vaticano II, al tiempo que recordaba que «la actividad
económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias,
dentro del ámbito del orden moral, para que se cumplan así los
designios de Dios sobre el hombre»2.
Todo humanismo remarca la centralidad del hombre y trata de
que las personas desarrollen su propio ser. Sin embargo, a lo largo
de la historia han aparecido muchos humanismos, y aunque la
valoración del tema humano podría considerarse como un vago
elemento común, no todos esos enfoques son iguales, ni equivalentes,
desde el punto de vista moral y social. Unos llevan a un
individualismo exacerbado. Otros anulan o diluyen en gran manera
la libertad individual dentro de lo colectivo.
Por contraste, el humanismo cristiano, tal como se presenta en
las enseñanzas sociales de la Iglesia3, ofrece una visión completa
de la persona: una visión que considera a la vez la dimensión
individual y la social; y no reduce al hombre a un nivel puramente
intramundano, sin más horizontes que los derivados de la utilidad
o del hedonismo. El humanismo cristiano se opone tanto a las
ideologías relativistas como a aquellas teorías que se presentan
como “neutrales”, pero que, en el fondo, destacan unos valores
que fácilmente acaban por reducir a las personas a meros recursos
productivos o a simples consumidores, valorándolas casi exclusivamente
en su calidad de potenciales generadores de ingresos para
la empresa.
El humanismo cristiano aporta un sólido fundamento para cambiar
una tendencia, que –como ha señalado el Papa Benedicto XVI–,
al estar «profundamente marcada por un subjetivismo que tiende
a desembocar en el individualismo extremo o en el relativismo,
impulsa a los hombres a convertirse en única medida de sí mismos.
Perdiendo de vista otros objetivos que no estén centrados en el
propio yo, transformado en único criterio de valoración de la realidad
y de sus propias opciones»4.
Cristo, medida del verdadero humanismo
Los cristianos tenemos una referencia precisa para actuar bien y
construir unas relaciones plenamente humanas: Nuestro Señor
Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6), la luz
de mundo (Jn 8, 12), la imagen de Dios invisible (Col 1, 15), siendo
de condición divina, se anonadó a sí mismo tomando la forma de
siervo, hecho semejante a los hombres; y mostrándose igual a los
demás hombres (Flp 2, 6-7). Es «perfecto Dios y perfecto hombre»,
según una antigua profesión de fe que se remonta a los primeros
siglos de nuestra era5, que San Josemaría gustaba de repetir. Cristo,
sin dejar de ser Dios, es también por la Encarnación hombre
de carne y hueso, y «trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con
corazón del hombre»6.
Conviene dejar claro, sin embargo, que el seguimiento de Cristo
no supone de ningún modo un simple “humanismo”. Jesucristo
vino a traer la salvación del pecado, a restituir a los hombres a la
amistad con Dios, a abrir para todos las puertas de la vida eterna.
Lo ha expresado acertadamente el actual Romano Pontífice, cuando
en su libro “Jesús de Nazaret” formula una pregunta que viene
a los labios de muchos no cristianos: ¿qué ha traído al mundo el
Mesías, si no ha portado consigo la paz universal ni ha acabado
con la miseria del mundo? La respuesta del Papa es contundente,
dentro de su sencillez: «Ha llevado el Dios de Israel a los pueblos,
(...) la palabra del Dios vivo. Ha traído la universalidad, que es la
grande y característica promesa para Israel y para el mundo. La
universalidad, la fe en el único Dios de Abraham, Isaac y Jacob,
acogida en la nueva familia de Jesús que se expande por todos los
pueblos, superando los lazos carnales de la descendencia: éste es
el fruto de la obra de Jesús»7.
Hay otros humanismos, en cambio, no sólo ajenos a Jesucristo,
sino cerrados a Dios y a la trascendencia. A veces, llegan incluso
a considerar cualquier referencia a Dios como una rémora para
afirmar la dignidad del hombre o para que éste alcance su plenitud.
En realidad, sucede todo lo contrario: Dios no sólo no priva
al hombre de su dignidad, sino que le proporciona su más sólido
fundamento y su plena y auténtica realización. Al mismo tiempo,
la revelación cristiana aporta luces nuevas para comprender a la
criatura racional en sus dimensiones más profundas.
Frente a los “humanismos” cerrados a Dios y al espíritu, plasmados
en ideologías que terminan por someter a los ciudadanos de este
mundo al dominio de otros, los cristianos presentamos al mismo
Cristo, convencidos con plena certeza de que Él es el perfecto
modelo de humanidad, luz poderosa para humanizar la sociedad
entera y, por tanto, también el mundo de la empresa y sus articuladas
relaciones.
El día anterior a su elección como Romano Pontífice, el cardenal
Joseph Ratzinger, en una memorable homilía, mencionaba la tentación
del fundamentalismo, y advertía, al mismo tiempo, de otro
peligro: el de la «dictadura del relativismo, que no reconoce nada
como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y
sus deseos. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de
Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo »8. Pocos días después, ya como sucesor de Pedro, insistió de
nuevo en señalar a Cristo como «la medida del verdadero humanismo
»9. Y en su encíclica "Spe salvi" ha expresado la misma idea
desde otra perspectiva. Lo ha hecho a partir de la figura de Jesús
tal como aparece representado en algunos sarcófagos antiguos:
como el verdadero “filósofo”. Con esta imagen, los primeros intelectuales
cristianos asimilaban a Jesucristo a los grandes pensadores
de la antigüedad, que enseñaban acerca del hombre y del arte
de vivir dignamente. «Cristo es el verdadero filósofo», afirma el
Papa. Y añade: «Él [Cristo] nos dice quién es en realidad el hombre
y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre»10.
El mensaje cristiano, pues, no está desvinculado del discurrir de la
criatura sobre la tierra. Con su presencia en el mundo y con sus
palabras, Jesús «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre
y le descubre la sublimidad de su vocación»11. Nos presenta
un nuevo modo de entender la persona y lo humano. Nos trae un
atrayente humanismo, que ilumina los diferentes ámbitos de nuestra
existencia, en beneficio de todos los demás; un humanismo
con alcance universal.
Quizá podríamos preguntarnos: tomar hoy a Jesucristo como
medida del verdadero humanismo, ¿no es apoyarse en el pasado?¿No resulta anacrónico para una sociedad que algunos presentan
como post-cristiana? La respuesta clara, gozosa, se manifiesta con
un “no” neto. ¡No! Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena
de contenido nuestra fe12, exclamaba San Josemaría. Y, comentando
la Carta a los Hebreos, añadía: «no es Cristo una figura
que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia»13. Cristo
vive y vivirá siempre: ayer, hoy y por los siglos (Hb 13, 8)14. Lejos
de ser un personaje del pasado, Jesucristo es verdaderamente
contemporáneo a todos los tiempos. Los cristianos, por gracia de
Dios, sabemos que vive y que es, para todos, la medida exacta del
verdadero humanismo.
El humanismo cristiano en la empresa
Pasemos a tratar ahora del humanismo en la dirección de empresas.
Como en toda labor de gobierno de hombres, también en
este campo subyace una determinada visión de la persona, de la
propia empresa y de su misión en la sociedad. El humanismo cristiano,
por tanto, y sus propuestas, al aportar una rica concepción
de nuestro ser humano, no sólo no resulta extraño a la dirección
de empresas, sino que le proporciona una perspectiva realmente
humanizadora, atenta al servicio de los demás, descubridora de
nuevos horizontes. Sus contenidos incluyen principios y normas
morales concretas; pero, en último término, la referencia principal
queda trazada por las obras y las palabras de Jesucristo. Él se nos
presenta como modelo vivo, permanente; como la norma esencial
de la conducta moral. Lo refleja, de modo muy particular, su mandato
del amor al prójimo, que tiene al mismo Jesús por ejemplo y
medida (cfr. Jn 15, 12).
La verdadera filantropía (amor a los demás hombres, según el significado
del término griego original, deformado a veces por el uso
y abuso de esta palabra) lleva a valorar a las personas por sí mismas,
más allá de la consideración de lo que producen o aportan
a la sociedad. Hoy día, entre muchas gentes, y también en foros
y convenciones internacionales, se suele reconocer que cada persona
es merecedora de reconocimiento y respeto. Esta convicción
se encuentra muy arraigada –al menos en la teoría– y es fruto en
gran parte de la influencia del cristianismo. El Romano Pontífice
aludió a esta realidad en su reciente discurso en la ONU, con motivo
de los sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos
del Hombre15.
La afirmación de la dignidad de cada persona adquiere particular
resonancia y su más concreta expresión desde la fe cristiana.
Como señaló San Josemaría, ésa es la gran osadía de la fe cristiana:
proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y
afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural,
hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios.
Osadía ciertamente increíble, si no estuviera basada en el decreto
salvador de Dios Padre y no hubiera sido confirmada por la sangre
de Cristo y reafirmada y hecha posible por la acción constante del
Espíritu Santo16.
El humanismo cristiano exige, pues, superar la estructura del egoísmo,
del mero utilitarismo, y sustituirla por la de la reciprocidad y la
donación. Es verdad que la lógica del mercado y las relaciones
estrictamente contractuales se basan en el intercambio, pero ese
comercio, ese trato, ha de llevar a la reciprocidad, de modo que
ambas partes salgan beneficiadas. En la empresa, que está formada
por personas que se asocian y colaboran en una tarea común,
los empresarios y los trabajadores forman una comunidad donde
han de darse relaciones de reciprocidad, pero que –como ocurre
en toda relación humana– pueden y deben ser también cauce
para la donación mutua, para un servicio en el mejor sentido del
término, como contemplamos en el quehacer de Jesucristo.
Desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, la empresa
es ante todo una comunidad de personas libres y responsables
que se asocian para llevar a cabo una obra común, dentro de la
cual trabajan, aportan recursos, se desarrollan en su humanidad
y contribuyen eficazmente a la producción de bienes y servicios.
Como remarcaba el Papa Juan Pablo II, «la empresa no puede
considerarse únicamente como una “sociedad de capitales”; es,
al mismo tiempo, una “sociedad de personas”, en la que entran a
formar parte de manera diversa y con responsabilidades específicas
los que aportan el capital necesario para su actividad y los que
colaboran con su trabajo»17.
Al enfocar de este modo las múltiples funciones sociales de la
empresa, se llega a descubrir el valor instrumental de los beneficios,
en orden a otros fines más elevados. El mismo Pontífice Juan
Pablo II no duda en reconocer «la justa función de los beneficios,
como índice de la buena marcha de la empresa»; pero añade
enseguida que «la finalidad de la empresa no es simplemente la
producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la
empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras,
buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen
un grupo particular al servicio de la sociedad entera»18.
San Josemaría defendió con energía la importancia del trabajo
humano, que va mucho más allá de su valor económico, aunque
lo incluya. Es hora de que los cristianos digamos muy alto –afirmaba– que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún
sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos
de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El
trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de
su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia
personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de
recursos para sostener a la propia familia, medio de contribuir a la
mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la
Humanidad19.
Esta alta y completa consideración de toda tarea profesional
honrada exige una adecuada organización empresarial y unas
determinadas condiciones laborales. Reclama, de parte de los directivos,
organizar la empresa de modo que se respete y favorezca la
dignidad de las personas y los derechos humanos; pide igualmente
articular una adecuada participación y establecer sistemas que
favorezcan el desarrollo personal de quienes están implicados en la
misma empresa. Esta dimensión, que podríamos denominar estructuradora
de la labor directiva, constituye una verdadera exigenciaética que no tiene por qué oponerse a la eficiencia de los productos
ni a los resultados económicos. Al contrario: muchos estudiosos
afirman que la atención a las personas y a su desarrollo integral son
la principal clave para la buena marcha de una empresa.
Humanismo cristiano en el directivo empresarial
Más allá de esa dimensión estructural de la dirección de las organizaciones,
el humanismo cristiano ha de plasmarse sobre todo en
las personas. Me refiero ahora a quienes promueven y dirigen las
diferentes empresas. Su tarea exige formación, experiencia, capacidades
técnicas y –no en último lugar– ejercicio de las virtudes.
La fe cristiana enseña a todos el camino de esos hábitos operativos
buenos y su ejercicio; especialmente –se puede afirmar con verdad–
a los que se ocupan de tareas directivas. Las virtudes les enriquecen
no sólo como personas, sino también como directivos. La
práctica de las virtudes humanas (que en un cristiano están informadas
por la caridad) se demuestra muy importante en la tarea
de dirección de empresas. Me ceñiré a considerar brevemente la
necesidad de querer y de servir a los demás.
Querer a las personas, a todas y a cada una, respetarlas como
merecen, exige en primer término descubrir a cada individuo en
su propia singularidad: sus necesidades, su manera de ser, sus
capacidades, sus circunstancias. Nunca pueden considerarse como
simples recursos, o como números de una estadística, o como
piezas para el diseño de una determinada estrategia. Por ejemplo,
cuando se les confía una responsabilidad o el cumplimiento de
una misión, son siempre acreedores de respeto y consideración a
su inteligencia e iniciativa. Cualesquiera que sean sus situaciones –trabajadores, clientes, accionistas o proveedores–, todos han de
verse tratados con afabilidad y comprensión: con todos se ha de
seguir la regla de oro que nos dejó el Señor: todo lo que queráis
que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros
con ellos (Mt 7, 12).
En este contexto, resulta preciso dar espacio al trato individualizado,
al diálogo personal. La vida de una empresa ofrece constantes
ocasiones para imitar también en esto a Jesucristo, siempre disponible
para atender a las personas que acudían a Él en busca de
ayuda. Ese trato personal, cauce para la ayuda y el servicio, forma
parte muy importante del verdadero humanismo.
A ejemplo del Hijo del Hombre, que no ha venido a ser servido
sino a servir (Mt 20, 28), el humanismo cristiano tiene en gran
estima el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al
bien de los demás.
Este espíritu de servicio empieza por prepararse bien para el ejercicio
de la profesión, llega a descubrir las necesidades reales de
los demás y a hacer todo lo posible por atenderlas. En la empresa,
como en toda organización o comunidad de personas, se presentan
continuas oportunidades de servir a los otros. No cabe regularlo
todo –sería inhumano–, ni se puede reducir el ambiente y el
buen desarrollo de la empresa a un listado meticuloso de derechos
y deberes. Como toda sociedad constituida en bien de los otros,
también la comunidad empresarial se edifica y desarrolla gracias
a personas gustosa y generosamente comprometidas, dotadas de
espíritu de servicio, que debe traducirse en la colaboración con los
demás, mediante la disponibilidad para una solidaridad y atención
mutua, para ofrecer el consejo oportuno, para transmitir experiencias;
en una palabra, para no desentenderse de nadie.
Otro rasgo muy amado y cultivado por San Josemaría Escrivá, que
forma parte importante del humanismo cristiano, es la coherencia
personal: una unidad de vida –decía– sencilla y fuerte, en la que se
funden y compenetran todas nuestras acciones20.
La unidad de vida se opone a llevar la relación con Dios, de una
parte, y –de otra y como separado– el quehacer profesional, familiar o social. La conducta cristiana del hombre de empresa ha de
manifestarse en su trabajo directivo, sin caer ni en actitudes materialistas
ni en falsos espiritualismos. San Josemaría, desde los inicios
de su actividad pastoral, decía a quienes se acercaban a su labor
sacerdotal que tenían que saber materializar la vida espiritual21.
Lo
afirmaba, sobre todo, desde la fe cristiana, que proclama la Encarnación
del Verbo de Dios. Al contemplar esta gran manifestación
del amor del Señor por sus criaturas, insistía en la posibilidad de
llenar de sentido espiritual todo el universo material. Por eso, no
dudaba en sostener que cabe proponer, con toda coherencia, un“materialismo cristiano” que se opone audazmente a los materialismos
cerrados al espíritu22.
El IESE, mediante su tarea formativa, está llamado a contribuir a
que este hermoso ideal se haga realidad en muchos hombres y
mujeres. El celo sacerdotal de San Josemaría vibraba con estos
afanes cincuenta años atrás, cuando –bajo su impulso– el IESE
comenzó sus pasos.
Como gran Canciller de la Universidad de Navarra, doy gracias a
Dios porque –en estas décadas– el Señor se ha servido de vuestro
trabajo, realizado con espíritu de servicio y competencia profesional,
y del que llevaron a cabo los que nos han precedido y nos contemplan
ahora desde el Cielo, para inculcar en muchas personas
estos ideales. Y como Dios no se deja ganar en generosidad –así se
expresaba San Josemaría–, el Señor ha multiplicado esos frutos en
las almas de muchas personas, y en los más variados lugares.
Sé muy bien que en el IESE sentís vivamente y no decaéis en este
reto de orientar a Dios, en servicio de los hombres, esta parcela del
trabajo al que os dedicáis, como lo prueba con claridad la organización
del presente simposio. A través de los diferentes programas,
y con diversos medios, os esforzáis por transmitir esta riqueza
espiritual e influir en el mejoramiento y humanización de amplios
sectores de la sociedad.
A la vez, llenos de optimismo, consideremos que queda mucho
por llevar a cabo; que el horizonte de una más profunda preocupación
por los demás es muy amplio y sumamente atractivo.
Pero hay mucho por hacer. Es preciso llegar más lejos. Por eso,
resulta decisivo, en primer lugar, que vayáis por delante en la práctica
del humanismo cristiano, cuyo contenido es inagotable. Una
enseñanza muy gráfica de San Josemaría puede servir de síntesis
práctica de lo que he querido recordaros: mido la eficacia de las
labores apostólicas –del IESE, por tanto– por el grado de santidad
de las personas que allí trabajan.
No lo dudemos: también el IESE, por su búsqueda de la perfección
humana y cristiana, en el ámbito en que os desenvolvéis, puede y
debe ser escuela de santidad. Con gran acierto os recordó San
Josemaría, en su visita a este lugar en 1972, y lo demostró con el
Evangelio en la mano (así, literalmente), que el Maestro encomia
y pone como modelo la figura del administrador –del mánagerhonradamente
fiel.
1. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 63.
2. Ibid., n. 64.
3. Ver, por ejemplo, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado por la
Pontificia Comisión “Justicia y Paz”, Libreria Editrice Vaticana, Roma 2004.
4. Benedicto XVI, Mensaje a los miembros de las Academias Pontificias, 5-XI-2005.
5. Cfr. Símbolo Atanasiano (Quicumque).
6. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.
7. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Ed. La esfera de los libros,
Madrid, 2007, pág. 148.
8. Card. Joseph Ratzinger, Homilía en la Misa Pro eligendo Pontifice, 18-IV-2005.
9. Benedicto XVI, Discurso al clero de Roma, 13-V-2005.
10. Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 6.
11. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.
12. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
13. San Josemaría, Camino, n. 584.
14. San Josemaría, Conversaciones, n. 72.
15. Cfr. Benedicto XVI, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas,
18-IV-2008.
16. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 133
17. Juan Pablo II, Carta encíclica Centesimus annus, 1-V-199l, n. 43
18. Ibid., n. 35.
19. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47.
20. Ibid., 126.
21. San Josemaría, Homilía Amar el mundo apasionadamente, 8-X-1967; en
“Conversaciones”, n. 114.
22. Ibid., n. 115.