Balance de un año de nueva política económica

Antonio Argandoña

Hace ahora un año que un gobierno del Partido Popular sustituyó a otro socialista, después de más de trece años de mandato. El transcurso de un año es una buena excusa para pasar revista a las luces y sombras de la política económica del nuevo Ejecutivo.


Quien mal empieza, ¿acaba bien?
Cómo es la nueva política económica
¿Se han suprimido las leyes de Murphy?
Los deberes pendientes

RESUMEN - SUMMARY

Tras los resultados electorales de 1996, la situación se planteaba complicada, pero los pactos propiciaron una solución bastante coherente. Hubo declaraciones polémicas y contradictorias, y algunas medidas de política económica, pero con efectos a largo plazo. Los Presupuestos aprobados son austeros, con la UEM como meta.
La política y las circunstancias externas también han contribuido positivamente. Han habido pocos problemas. Pero queda todavía mucho por hacer y ahora hay que afrontar las grandes decisiones: reforma de la función pública, de las pensiones, financiación de la sanidad, de las empresas públicas, materializar la reforma laboral...

The situation after the 1996 elections augured difficulties but the pacts propitiated a fairly coherent solution. There were controversial and contradictory statements, and a few economic policy measures but with long-term effects. The Budget is austere with the EMU as ultimate goal.
Politics and external circumstances have also contributed positively. There have been few problems. But there is still a lot to be done and now major decisions must be faced: reform of the civil service, pensions, financing the national health system, State-owned companies, and giving concrete form to the labor reform.


Quien mal empieza, ¿acaba bien?

El resultado de las elecciones fue desalentador. La mayoría obtenida era insuficiente para gobernar y, en aquel momento, esto parecía preludio de un gobierno débil y problemático (y así lo entendieron los mercados financieros). La posibilidad de un pacto parecía remota, a la vista del desarrollo de la campaña electoral. Pero el sentido común se impuso pronto, y el nuevo Gobierno pudo contar con los apoyos necesarios para un programa con esperanzas de futuro.

El país vivía de unos presupuestos prorrogados, algo que en principio parecía malo, pero que resultó útil para que los socialistas primero, y los populares después, moderasen el gasto. En las semanas siguientes, el nuevo Ejecutivo pareció no hacer nada (excepto un recorte presupuestario de 200.000 millones), salvo, eso sí, hacer declaraciones. Por fin, en junio llegó el primer paquete de política económica, que sirvió para tomarle la medida al nuevo gabinete: nada de reactivación; acciones liberalizadoras y desreguladoras, de fomento del ahorro y de la inversión. Ninguna actuación espectacular; pero sí medidas menores, con efectos a largo plazo.

Luego, las vacaciones: tiempo para conjugar el verbo "hacer declaraciones" en todas sus formas. Los españoles, estupefactos. En septiembre, los Presupuestos Generales del Estado, con la Unión Económica y Monetaria (UEM) como meta. Presupuestos austeros, más aún cuando se afloraron 750.000 millones de deudas, que la UE aceptó, generosamente, imputar a las cuentas de 1995, para no ponernos más difícil la entrada en la moneda única.

Cómo es la nueva política económica

Al cabo de un año, es ya relativamente fácil hacerse una idea, quizá más impresionista que realista, de lo que pretende ser la política económica del (ya no tan nuevo) Gobierno. Objetivo primero y principal, entrar en el pelotón de cabeza de la UEM, es decir, cumplir (sin pasarse) las condiciones señaladas en el Tratado de Maastricht. Y, en el largo plazo, avanzar en la liberalización y desregulación de nuestra economía. Con moderación, claro, porque éste es un gobierno conservador, y los conservadores son hoy más liberales que los socialistas, pero no demasiado liberales.

¿Cómo ha sido la política económica del gobierno Aznar? Ortodoxa: quizá porque se lo pedía la ideología, o quizá porque lo exigía la UEM. De la política monetaria no han tenido que ocuparse, pues éste es el primer gobierno que, desde el primer día, se encuentra con un Banco de España autónomo. Ha sido, pues, la política fiscal la que ha dado muestra de ortodoxia. Bueno, estrictamente hablando, de ortodoxia, no, porque lo que aconsejan los expertos es practicar una política fiscal expansiva cuando la economía pierde ritmo, y 1996 ha sido un año de crecimiento bajo, y, pese a ello, la política fiscal ha sido restrictiva.

De todos modos, el Banco de España se encargó de bajar los tipos de interés, para compensar la restricción presupuestaria. Y, al final, ha quedado un año 1996 con un crecimiento decente. En todo caso, hemos asistido a un cambio de ortodoxia: de la de crecer lo que se pueda, a la de la estabilidad maastrichtiana, y de la ortodoxia socialista, según la cual no se podía volver antes de ir (o sea, que hay que gastar más antes de ponerse a gastar menos), a la del Pacto de Estabilidad post-moneda única. ¡Oh, Europa!

La política económica del Partido Popular ha evitado el enfrentamiento con los sindicatos, quizá para quitarse el sambenito de la derecha montaraz, quizá para devolver la confianza a la población con el pacto de las pensiones (a ver si se conseguía reanimar el consumo), o quizá para evitar que los conflictos sociales pusiesen en peligro el cumplimiento del programa de convergencia. El retraso en la reforma laboral, en espera de un acuerdo entre sindicatos y patronal, ha sido el precio pagado.

Ortodoxia, pragmatismo y prudencia, pues. Políticas tendencialmente liberales, sí, pero sin pasarse. Y, en todo caso, controlando la situación. Primero, como hicieron los socialistas, poniendo a hombres de confianza en todas las instituciones y empresas públicas (y en algunas privadas). Y segundo, reteniendo ese pellizco de poder que permite, en un momento determinado, volver a controlar una situación (aunque, es verdad, menos de lo que hicieron los socialistas). ¿Confianza en la empresa privada? Sí, pero... sin desmantelar los poderes del Estado.

¿Se han suprimido las leyes de Murphy?

Decía el Sr. Murphy que si algo puede ir mal, irá mal. No ha sido así en el primer año del Partido Popular. Más bien han tenido la suerte de cara (y no siempre el mérito ha sido suyo). La inflación ha bajado, gracias a la restricción practicada desde hacía años, pero también gracias a un factor nuevo: por primera vez en décadas, los mercados creen que España va a tener una inflación inferior al 2%.

"¡Seréis como los alemanes!", nos dicen. Y nuestro diferencial de intereses con Alemania se ha reducido como nunca. Es verdad: ¡ya somos "casi" alemanes!

No ha habido sobresaltos exteriores (salvo la subida del precio del petróleo, que tampoco ha sido grave). Se ha recuperado el crecimiento fuera. Ha habido tranquilidad en los mercados financieros. Dólar fuerte y marco débil significa peseta estable (más bien fuerte) y tipos de interés a la baja; menor coste, pues, de la deuda pública, y mejora del saldo presupuestario (que, a pesar de todo, ha mostrado la debilidad en los ingresos y la resistencia al control de los gastos). La bolsa, eufórica, ante la expectativa de beneficios y la caída de los tipos de interés. ¿Un voto a favor de la política del gobierno? No necesariamente, pero también el optimismo puede tener color político.

Pero las leyes de Murphy siguen en vigor. La tostada untada de mantequilla aún está en el aire, y puede caer sobre la alfombra en cualquier momento, en forma de rebrote del déficit público, de inflación mayor a la esperada, de subida de tipos de interés americanos, de caída de la bolsa (y entonces, ¿qué pasará con las privatizaciones pendientes?)... O, simplemente, los mercados pueden volver a dudar acerca de nuestra entrada a la primera en la moneda única (y, en las últimas semanas, ya hemos visto cuáles son sus efectos).

Los deberes pendientes

A corto plazo, lo que interesa a los mercados es si cumplimos o no las condiciones de Maastricht. A largo plazo, lo realmente relevante es que el Gobierno haga sus deberes. Porque los problemas de fondo siguen ahí, quizá con un poco de maquillaje, pero nada más.

No es creíble, por ejemplo, que el gasto público se pueda reducir de manera duradera sin reformas de la función pública, de las pensiones (el pacto del año pasado es un parche, útil para sacarse la foto con los dirigentes sindicales, pero no de cara al futuro), de la financiación de la sanidad, de las empresas públicas... Queda todavía por materializarse la reforma laboral.

Y todas esas reformas son palabras mayores. Y aún quedan por poner en marcha muchas de las reformas anunciadas en junio de 1996, como la liberalización del suelo y la de los colegios profesionales, o la publicación del Reglamento de la actualización de balances (aunque al escribir estas páginas se anuncia un nuevo paquete).

Todo esto puede llevarnos a la impresión de que el Gobierno ha perdido el tiempo. Pero esto no parece ser verdad o, al menos, toda la verdad (y no hay peor mentira que una verdad a medias). Se han llevado a cabo acciones concretas, desde la firma del protocolo eléctrico (que ha permitido una rebaja de tarifas, aunque aplazando la reestructuración del carbón) hasta las discusiones aceleradas sobre las telecomunicaciones, el cable o la televisión digital, o el nuevo pacto autonómico que, con la cesión del 30% del IRPF, es un paso adelante en la línea de la corresponsabilidad fiscal de las Comunidades Autónomas.

Pero, sobre todo, el Gobierno tenía para 1996 una estrategia, ya explicada más arriba (Maastricht, la ortodoxia, la paz social, etc.), y, más o menos, la ha cumplido. Quizás una parte de la población esperaba otra política (más liberalización, reforma laboral, privatización más decidida...) y se ha visto defraudada.

En todo caso, el que formula la estrategia es el Gobierno, no los ciudadanos. Lo que no obsta para que ahora urja avanzar en la línea de las reformas pendientes: primero, porque se acaba el tiempo de gracia dado al nuevo Gobierno; segundo, porque el juicio para entrar en la moneda única será tanto más severo cuanto menos hayamos cumplido con nuestros deberes y, tercero, porque nuestro éxito en la Europa de la moneda única depende, en gran medida, de esas reformas.

 

 
La política económica del Partido Popular ha evitado el enfrentamiento con los sindicatos, quizá para quitarse el sambenito de la derecha montaraz

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Este es un gobierno conservador, y los conservadores son hoy más liberales que los socialistas, pero no demasiado liberales

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Por primera vez en décadas, los mercados creen que España va a tener una inflación inferior al 2%. "¡Seréis como los alemanes!", nos dicen

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


A corto plazo, lo que interesa a los mercados es si cumplimos o no las condiciones de Maastricht. A largo plazo, lo relevante es que el Gobierno haga sus deberes


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