Hacia finales de los sesenta se puso de moda, sobre todo en la Costa
Oeste de Estados Unidos, el budismo zen; o, mejor dicho, una versión
del budismo zen adaptada a los usos y costumbres del estudiante californiano.
La moda se debió, en parte, a que las nuevas doctrinas abrían
nuevos horizontes; y, en parte también, a que, en apariencia, dispensaban
de la obediencia a la moral convencional, juzgada por aquel entonces anticuada
y represiva; pero, sea como fuere, de esa moda surgió una multitud
de anécdotas, algunas verdaderas y otras apócrifas, que querían
ilustrar el modo de pensar de los maestros del zen. Una de ellas, sobre
cuya autenticidad no puedo pronunciarme, es como sigue. Cuentan que un día
se acercaron dos peregrinos a un monasterio zen; cuando les recibió
un monje, le pidieron un consejo para vivir mejor. "Deben ustedes comer
menos", les contestó el monje, y los peregrinos, agradecidos,
se marcharon. Al día siguiente se repitió la escena, y el
consejo del monje fue el mismo. Los peregrinos volvieron a despedirse, algo
perplejos; regresaron al día siguiente, y cuando el monje les repitió:
"Deben ustedes comer menos", ellos contestaron: "Eso ya nos
lo ha dicho; ¿no tiene usted otro consejo?". A lo que replicó
el monje: "Pero, ¿ya han empezado ustedes a comer menos?".
Si el lector sustituye los peregrinos por la opinión pública,
el maestro zen por las autoridades económicas y "comer menos"
por "adoptar medidas estructurales", se situará en la actitud
mental adecuada para enjuiciar el reciente paquete de medidas liberalizadoras
puesto en marcha por el Consejo de Ministros el 21 de febrero de este año:
el Gobierno ha vuelto a insistir en la necesidad de llevar adelante una
lista de reformas económicas que, en su mayor parte, ya habían
sido debatidas en años anteriores, y parte de la opinión pública
ha tachado de vieja esa lista; cuando lo cierto es que, si la lista es vieja
es, precisamente, porque está casi toda por aplicar, y aun por diseñar.
Así las cosas, vale la pena preguntarse en qué consisten esas
medidas; qué beneficios se espera de su aplicación y por qué
resulta tan difícil ponerlas en práctica.
¿Qué son las
medidas estructurales?
Hay que advertir que el calificativo de "estructural" se aplica
a menudo a una medida a la que no se sabe llamar de otra forma, y es así
una especie de default option del catálogo del legislador; en esencia,
el calificativo debería reservarse para aquellas medidas cuyos efectos
quieren ser más profundos y duraderos que los de la política
monetaria y fiscal que afecta casi únicamente a las variables
macroeconómicas y que se dirigen a modificar, bien instituciones
es una medida estructural, por ejemplo, el estatuto del Banco de España,
bien comportamientos y actitudes de los agentes económicos. Si analizamos
bajo este prisma el reciente "Guión de medidas liberalizadoras"
propuesto por el Gobierno, podemos dividir sus componentes en dos grandes
grupos:
· Medidas estructurales en sentido estricto: propuesta
de Ley del Suelo, propuesta de Ley de Telecomunicaciones, medidas relativas
al Tribunal de Defensa de la Competencia y normativa sobre Colegios Profesionales.
· Incentivos propuestos para colectivos particulares: creación
de las cooperativas de transportistas para la compra de gasóleo,
incentivos a la vivienda, acceso de las Pymes a fuentes de financiación.
Las medidas del segundo grupo no merecen el calificativo de estructurales
ni de liberalizadoras, pero sí algún comentario: la autorización
a los transportistas a que se asocien para comprar directamente el gasóleo,
fruto de la reciente huelga del transporte, resulta algo pintoresca, y para
verlo basta hacerse dos preguntas: ¿de dónde vendrá
la transferencia de renta que va a parar a manos del transportista? Si de
las gasolineras, podemos augurar un conflicto en el sector; si no viene
de las gasolineras ni del Presupuesto, vendrá del consumidor que
no se haya convertido en cooperativa, lo cual sienta un mal precedente.
Y la segunda: ¿por qué necesita el transportista una autorización
para negociar la compra de gasóleo? Hay muchas empresas no siempre
de transporte que llevan muchos años haciéndolo. Los
incentivos fiscales a la vivienda están fuera de lugar: ¿por
qué bajar el IVA cuando los tipos de interés, mucho más
importantes en el coste, están más bajos que nunca? En cuanto
a la financiación de las Pymes, hay que esperar a la medida concreta
para pronunciarse, pero puede uno dudar que quede algo por ensayar en este
terreno. Sea como fuere, no nos ocupemos más de este grupo y pasemos
al primero.
Las medidas estructurales del primer grupo sí pueden llamarse
estructurales y presentan un elemento común: tienen como objetivo
último una reducción del potencial inflacionario de nuestra
economía, que se busca a través de la introducción
de una mayor competencia. En general, esa reducción del potencial
inflacionario se manifiesta en dos etapas: en la primera, en la medida en
que los nuevos entrantes en el mercado utilicen el precio de sus bienes
o servicios como elemento de competencia, el nivel de precios tenderá
a bajar de una vez (lo que se llama un efecto escalón); en lo sucesivo,
cuando los agentes situados en mercados con más competencia experimenten
un aumento de sus costes por un aumento de los salarios, del coste
de las materias primas o de los impuestos se lo pensarán dos
veces antes de trasladar ese aumento a los precios finales, por temor a
que sus competidores acepten una reducción temporal de márgenes
y los expulsen del mercado con precios más bajos; y, por consiguiente,
la economía resistirá mejor los choques inflacionarios en
el futuro. Todo ello, naturalmente, en el supuesto que los vendedores no
se pongan de acuerdo para fijar sus precios, que es justamente lo que el
Tribunal de Defensa de la Competencia está encargado de perseguir.
He aquí, pues, el secreto de las medidas estructurales: se llaman
así porque pretenden cambiar la estructura de la economía;
como lo que se considera conveniente es cambiarla en el sentido de hacerla
más flexible y más resistente a las presiones al alza sobre
el nivel de precios, y un modo quizás el único modo
para lograrlo es introducir competencia, resulta que, en la práctica,
y en una economía como la nuestra, las medidas estructurales suelen
coincidir con las que tienden a introducir mayor competencia en el sistema:
de ahí que a veces se las llame estructurales y a veces liberalizadoras.
En las circunstancias actuales, viene a ser lo mismo. La descripción
anterior, al privar a las medidas estructurales de ese halo de misterio
que suele rodearlas, puede producir cierto desencanto en el lector, que
quizá se había imaginado que en ellas estaba la solución
de todas nuestras dificultades. Pues bien, no es así: las medidas
estructurales de las que hoy se habla tienen un propósito muy importante,
pero limitado; tienen beneficios potenciales, pero circunscritos, en lo
que se puede ver y medir, al ámbito de la inflación; y es
con esos beneficios potenciales y no con otros con los que hay
que comparar sus costes. Recuérdese, además, que esas medidas
estructurales son buenas, primero, porque uno considera que una inflación
menor confiere a una economía una ventaja de primer orden; y, segundo,
porque estima que la única forma de mantener a raya los precios es
introducir competencia en los mercados; ambas consideraciones son plausibles
y están hoy generalmente aceptadas; pero no son inmutables como los
axiomas de Euclides.
¿Por qué tardan
tanto?
Si uno estima, como yo, que le resultará muy difícil a
una economía como la nuestra desenvolverse en su entorno natural,
que es el europeo, con una tasa de inflación más alta que
la de sus vecinos; y si reconoce que la introducción de competencia
reduce las tensiones inflacionistas, hay que preguntarse por qué
no nos acabamos de decidir a poner en práctica esas medidas estructurales;
por qué el monje de la anécdota lleva por lo menos media década
dándonos el mismo consejo. Hay varias explicaciones para ello; todas
contienen elementos de verdad y resulta aleccionador dar un breve repaso
a dos de ellas.
Empecemos por el argumento de economía política, expuesto
en nuestro país con brillantez e insistencia por el anterior presidente
del Tribunal de Defensa de la Competencia, M.A. Fernández Ordóñez:
las medidas de liberalización perjudican mucho a unos pocos y benefician
poco a muchos; los pocos se organizan, mientras que los muchos no tienen
interés en hacerlo; el resultado es que el legislador cede a las
presiones de los pocos organizados, y las medidas no prosperan. No es difícil
pensar en algún ejemplo: una reducción de la tarifa de un
monopolio perjudica enormemente a la empresa concesionaria, mientras que
el beneficio que el ciudadano normal percibe en su bolsillo es infinitesimal:
por consiguiente, el monopolista empleará todos los medios a su alcance
para bloquear la medida, y no se enfrentará a una oposición
organizada.
Hay otra línea de argumentación, más jurídica:
las medidas estructurales afectan a derechos, mecanismos y procedimientos
que están recogidos en multitud de textos legales, en materias sobre
las que las competencias suelen estar repartidas entre diversos niveles
de la Administración: Administración central, Comunidades
Autónomas y Corporaciones locales. Por consiguiente, la puesta en
marcha de una medida estructural implica un proceso legislativo largo y
difícil, en cada uno de cuyos pasos habrá que enfrentarse
a la situación que describíamos en el párrafo anterior,
y sufrir un enorme desgaste de capital político.
Los dos argumentos anteriores le infunden a uno cierto pesimismo: el
primero nos sugiere que es tal el peso de los intereses creados, que impedirá
que progrese cualquier intento liberalizador; el segundo, que habría
que reformar hasta la Constitución para poder moderar el crecimiento
de los precios. Estimo, sin embargo, que el asunto no está irremediablemente
perdido; que las dificultades que acabamos de poner de manifiesto reflejan,
en buena parte, la complejidad de las propias medidas; y que, por consiguiente,
la puesta en práctica de éstas es posible, pero requiere preparación
técnica y una labor tenaz de convencimiento.
Una tarea ingrata
En primer lugar, la complejidad de las medidas estructurales está
en la naturaleza de las cosas, porque afectan no sólo a comportamientos
económicos, sino a estructuras sociales y jurídicas que, en
una sociedad como la nuestra, podrían ser calificadas de fundamentales:
así, por ejemplo, es lícito pensar que las corporaciones locales
deberían poder intervenir en la ordenación de su territorio
más allá de lo que significa la declaración de zonas
protegidas o el enunciado de determinadas reglas urbanísticas generales.
Por lo que se refiere a la regulación de las profesiones, los Colegios
han tenido de antiguo la misión de velar por la buena conducta de
sus afiliados, porque se les supone más cualificados que los tribunales
ordinarios para enjuiciarla. No hace falta, pues, aludir a la existencia
de intereses inconfesables para explicar la prevención con que algunas
de esas medidas son recibidas; y, dicho sea de paso, tampoco basta con acudir
a los casos de corrupción urbanística que sin duda se han
producido, ni al hecho que algunos Colegios hayan terminado por no ser tales,
sino meras asociaciones de defensa de intereses de sus afiliados, para justificar
la bondad de esas medidas estructurales: la corrupción puede ser
tratada por otros métodos, y los Colegios profesionales pueden ser
reformados.
En segundo lugar, los mecanismos por los que las medidas estructurales
pueden lograr su objetivo son mal conocidos; por consiguiente, no es fácil
saber cuánto se reducirá la inflación como resultado
de la adopción de una medida dada y qué efectos colaterales
generará ésta: por ello no resulta fácil presentar
esas medidas con un mínimo análisis coste-beneficio que facilite
una discusión razonada y permita poner en evidencia cuándo
la oposición a las medidas es contraria al interés general.
De ahí la necesidad de una cierta preparación técnica.
Finalmente, los intereses creados existen y, en muchos casos, son legítimos;
el político tiene, pues, ante sí la tarea de convencer a los
afectados de la conveniencia de renunciar a algunas cosas en beneficio de
la comunidad. Esta es, naturalmente, una tarea difícil; pero es la
única que justifica la existencia del político en un régimen
democrático y en una economía de mercado: no se puede estar
recurriendo siempre al decreto para llevar a cabo lo que uno quiere hacer.
Por todo ello, cabe desear que el Gobierno siga insistiendo en la necesidad
de mejorar nuestras estructuras, para reducir nuestra propensión
a subir los precios, y también para otras cosas; cabe desear también
que las medidas correspondientes resistan el análisis y no se basen
tan sólo en apreciaciones particulares y ejemplos singulares; cabe
esperar, por otra parte, que todo eso lleve tiempo; y que, por consiguiente,
dentro de poco volvamos a oír el mismo consejo de los labios del
maestro zen. |
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 Las
medidas de liberalización perjudican mucho a unos pocos y benefician
poco a muchos; los pocos se organizan, mientras que los muchos no tienen
interés en hacerlo
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