El sector de servicios ocupa un lugar destacado en la actividad económica
y en la vida familiar. Nos resulta imprescindible recurrir a ese sector
para tareas tan distintas como la compra del pan, la curación de
una enfermedad o la negociación de unas acciones en bolsa. Pero,
¿qué le pedimos a las personas encargadas de prestarnos los
"pequeños servicios"? Cada consumidor pedirá prestaciones
distintas, de modo que, dependiendo del grado de competencia en el mercado
y de la naturaleza del servicio de que se trate, acabaremos escogiendo un
proveedor u otro, no ya por el servicio que nos presta, que muchas veces
será el mismo, sino teniendo en cuenta otras cualidades como la sonrisa,
el trato afable, la paciencia o un trabajo ejecutado con rapidez.
Y es que en la elección humana, en la que se ponen en juego la
libertad y la capacidad comunicativa de la persona, nuestras decisiones
tienen en cuenta algo más que la satisfacción de una necesidad.
Valoramos, en efecto, el orden, la puntualidad, la afabilidad, la laboriosidad,
la lealtad, la discreción, por enunciar algunas de las virtudes que
buscamos en otras personas, y que, sobre todo, echamos en falta cuando no
las poseen, aunque el servicio que nos prestan o el bien que nos proporcionen
sean técnicamente correctos. Pero tampoco nos gusta acabar engañados
en una campaña de promoción, pues a todos nos molesta la virtud
fingida y postiza. Un trato que debía ser cortés acaba siendo
cargante si es el fruto no de la virtud, sino de una técnica para
captar clientes.
La virtud es hábito y, por tanto, fruto de la repetición
de actos. Pero las personas suelen tener también cualidades innatas
que les facilitan la adquisición de virtudes, aunque en sí
no sean una virtud. Digo que facilitan, porque, gracias a ellas, la repetición
de actos para conseguir un hábito resulta menos costosa. Pero si
esas cualidades no se ponen al servicio de los demás, lo que es una
buena disposición se acaba convirtiendo en manía, y ya no
merece el nombre de virtud. Las virtudes humanas, las que todo hombre puede
alcanzar por repetición de actos buenos, hacen la convivencia, las
relaciones interpersonales, más agradables y fluidas. Si esto es
así, ¿cuál será la virtud que mejor facilite
esas relaciones interpersonales? Porque descubrirla nos permitiría
adelantar mucho en la excelencia en los servicios.
La virtud más importante es la caridad, y con ella la fe y la
esperanza. Pero aquí estamos hablando sólo de virtudes humanas,
naturales, adquiridas por repetición de actos. Y, en este punto,
no se pueden dar respuestas prefabricadas, pues no todas las personas valoran
de la misma manera el optimismo del vendedor, la paciencia del médico
o la afabilidad del peluquero.
Preguntas como la que se acaba de plantear, se las formularon al Beato
Josemaría, el fundador del Opus Dei, en encuentros numerosos o reducidos
con todo tipo de personas. El no daba siempre la misma respuesta. En ocasiones
decía que se viviera la sinceridad. Otras veces insistía en
la humildad. A veces, se paraba un momento: "ahora, en estos momentos...",
decía, y a continuación daba el consejo oportuno. Así,
por ejemplo, algunas veces recomendaba la lealtad, añadiendo que,
al ver tanta deslealtad, dentro y fuera de la Iglesia, si tanto él
como su interlocutor luchaban por ser más leales, habría menos
deslealtad en el mundo. Y consejos similares los daba al hablar de otras
virtudes: cuando la echemos en falta en otra persona, luchar nosotros por
vivirla personalmente será la mejor forma de influir positivamente
para que otros la vivan también.
Si la dirección de una empresa no vive la justicia con los trabajadores,
¿cómo pretenderá que los trabajadores sean justos con
la empresa? Y si no se guarda la debida discreción sobre la vida
de los demás, ¿con qué argumentos se reclamará
el respeto a la privacidad propia? Las virtudes no son hábitos postizos,
sino que pertenecen a la naturaleza humana y, por tanto, perfeccionan al
hombre y a su dignidad. Las virtudes las vivimos en cuanto personas y, por
tanto, en cuanto clientes, proveedores, directivos, empleados, propietarios,
padres o hijos. Gracias a ellas se desarrollan esas relaciones sólidas
y duraderas, que son tan importantes, a la larga, para los negocios, más
allá, por supuesto, del engaño, pero también de la
mera técnica de relaciones públicas o de la simpatía
comercial. |
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 "Un
trato cortés acaba siendo cargante si es el fruto no de una virtud,
sino de una 'técnica'"

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