In Memoriam

Raúl Urbiola

Machado hablaba de esos hombres del mar, que son de una sola pieza, ligeros de equipaje, sin lazos artificiales que comprometen una andadura, siempre dispuestos a dar lo mejor de sí mismos, sin pedir nada a cambio... Raúl era uno de esos. Saturnino Calzada lo recuerda en este artículo



Raúl Urbiola


Raúl llegó al IESE en el otoño de 1964. Cuando llegó, todavía traía consigo el aire del mar. Era un marino vocacional y bastante le costó quedarse en tierra, pero la responsabilidad contraída con Montse, su esposa, le hizo renunciar a algo para él muy querido.

Todos los que hemos tenido la suerte de compartir mesa con él, a la hora del almuerzo en el IESE, recordamos sus mil aventuras de oficial por los siete mares y su gracia natural para contarlas. Porque Raúl era un gran conversador y un fumador empedernido. A su lado viajábamos, en un barco de pasaje de la Transmediterránea, desde Guinea Ecuatorial hasta un puerto de la península, con pasajeros verdaderamente singulares. Capitaneábamos un petrolero de Cepsa, llevando crudo desde Oriente Medio hasta cualquier refinería europea, o desde Venezuela hasta las Islas Canarias o Cartagena. Con él compartíamos los peligros de la travesía, durante los grandes temporales de mar, siempre superados por el valor y el coraje de su tripulación.

Raúl tenía las dotes del buen organizador. Por eso, cuando llegó al IESE en 1964, se hizo cargo de la Oficina de servicios y de la imprenta. Estas han sido siempre piezas clave en el IESE: el servicio a los participantes en los Programas, a los alumnos y a los antiguos alumnos, se lleva a cabo en el aula, primero, pero también en el comedor y en la cafetería, en la biblioteca y en el Centro de Informática, y en todas las oficinas. Esos son los servicios "agradecidos", donde la sonrisa del alumno o el saludo del Antiguo Alumno son el mejor premio a una labor bien hecha.

Pero Raúl se encargó de la trastienda, de los servicios que no se ven, pero que son importantísimos para la buena marcha del IESE. Los que le conocimos le recordaremos, siempre animoso, mostrándonos cómo una nueva cola permitía sujetar mejor las hojas de los casos, o contándonos las excelencias de una nueva máquina en la imprenta. Y cuando nos cruzábamos con él, cargado de paquetes de casos para repartir a los alumnos del Master, decía con su sonrisa habitual: &laqno;vamos de safari». Raúl sabía lo que era hacer las cosas bien ­ése era su cometido­, y, simplemente, las hacía.

Como en un barco en alta mar, también en el IESE abundan los contratiempos, las urgencias: un caso nuevo, que hay que imprimir sin retraso; una avería que hay que solucionar antes de que empiece la clase... Raúl no ponía pegas: tocaba zafarrancho de combate y ponía los medios, ordinarios o extraordinarios, para que todo estuviese a punto. &laqno;No problem», era su comentario habitual, cuando se le pedía algo fácil, o algo muy difícil. A menudo, ni los que estábamos a su alrededor nos dábamos cuenta de las horas extras que él y sus colaboradores habían tenido que hacer para que una actividad saliese adelante. Raúl, como sus colaboradores, era de los "facultativos", a diferencia de los "dificultativos", que siempre tienen algo que objetar al emprender un trabajo.

Unos años más tarde se creó el Centro de Cálculo, embrión del actual Centro de Informática. Con posterioridad, Raúl Urbiola dirigió la División de Sistemas, que llevaba consigo la gestión del personal directivo, administrativo y subalterno, así como los servicios generales del IESE, sin abandonar las responsabilidades inicialmente contraídas. Sí, Raúl era un gran capitán de barco, de un barco anclado a unos cuantos quilómetros del puerto de Barcelona, tierra adentro...

El pasado 28 de marzo, Viernes Santo, nos sacudió la noticia de la muerte de Raúl. Ahora, desde el cielo, seguirá navegando por otros océanos, y seguirá velando por los que en el IESE seguimos cuidando de la imprenta, el mantenimiento, el personal subalterno, el jardín, la cafetería... Y cuando, en un fin de Programa, o en la graduación del Master, el presidente o el secretario de la promoción recuerden con agradecimiento a todos los que, desde la primera línea o desde la sala de calderas, han hecho posible el ordenado desarrollo del Programa, Raúl sonreirá desde el cielo, y una campana dará los toques de ordenanza en su honor.


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