¿Por qué un consejo de
administración?

Miguel Angel Gallo

Distinguir la acción de gobierno de la acción de dirección, estableciendo un buen consejo de administración, es un buen procedimiento para tratar la creciente
complejidad de una empresa y armonizar los diversos intereses de sus propietarios


 

RESUMEN - SUMMARY

Si crear una empresa siempre es tarea complicada y arriesgada, su evolución para que se acople permanentemente a los cambios de los entornos, y lograr continuidad en su crecimiento hasta alcanzar un tamaño suficiente en el que apoyar el desarrollo de unas fortalezas críticas para el futuro, es responsabilidad todavía más difícil.
De ahí que cada vez sea más necesario distinguir entre "Dirección" y "Gobierno", comprender la necesidad de que ambas sean posiciones ejercidas en la empresa de manera separada y por personas no plenamente coincidentes, y actuar en consecuencia, teniendo en cuenta una serie de aspectos que se consideran y que no son sencillos ni tampoco evidentes. Para ello, nada mejor que el establecimiento de un consejo de administración, que es un procedimiento ideal para tratar la creciente complejidad de las empresas y armonizar los diversos intereses de los propietarios.

If creating a company is always a complicated and risky task, its ongoing development to adapt to changes in the business environment and to maintain continued growth until it becomes large enough to support the development of critical strengths for the future is an even more difficult responsibility. Hence, the growing need to distinguish between "Management" and "Governance", to understand that the two positions must be performed separately in the company and, to a significant degree, by different people, and to act accordingly, taking into account a series of aspects which are discussed and which are neither simple nor obvious.The best solution is to create a board of directors, which provides an ideal procedure for addressing the growing complexity of companies and harmonizing the owners' various interests.


 

La mayoría de las empresas nacen pequeñas, y buena parte de ellas, aunque sólo pocas lo consiguen, nacen con deseos de crecer y llegar a ser grandes. La mayoría de las empresas son emprendidas por uno o dos propietarios, y buena parte de ellos, aunque también son pocos los que lo consiguen, de la segunda generación, las conducen con el deseo de transmitir propiedad y poder a sus sucesores. En estas empresas, los primeros años de su andadura son realmente críticos.

Lograr que triunfe una idea de negocio, hacerla realidad con rapidez en un mercado con posibilidades de desarrollo, es una tarea ciertamente difícil, y es natural que sus fundadores se sientan orgullosos de aquella que han realizado con éxito. Pero conducir la evolución de estas empresas para que sigan acoplándose permanentemente a los cambios de los entornos, y lograr continuidad en su crecimiento hasta alcanzar un tamaño suficiente en el que apoyar el desarrollo de unas fortalezas críticas para el futuro, es una tarea todavía más difícil.

En la organización de estas empresas, no sólo desean sobrevivir, sino continuar siendo exitosas, evolucionar, crecer y perdurar durante muchos años; tiene que darse un importante cambio de rumbo más pronto de lo que la mayoría de sus fundadores piensan. El cambio que significa comprender la necesidad de distinguir entre "Dirección" y "Gobierno", y actuar en consecuencia poniendo en operación una mera organización.

Cambio de rumbo: éste, cuya necesidad es difícil de entender, pues la persona que tiene que comprenderlo ha conducido con éxito su empresa durante bastantes años, y, además, es él mismo quien tiene que implantarlo, pues ostenta el máximo poder para hacerlo por ser el propietario de la empresa. Comprender la necesidad de que el gobierno y la dirección sean posiciones ejercidas en la empresa de manera separada y por personas no plenamente coincidentes, algo que puede resultar evidente en las empresas que hace tiempo que lo viven, significa para un emprendedor exitoso aceptar un conjunto de puntos que ni son sencillos ni tampoco son evidentes; puntos, como, por ejemplo, los siguientes:

- Aceptar que él lleva demasiado tiempo haciendo las mismas cosas, "dirigiendo" y "gobernando" de la misma forma. Es decir, aceptar que su empresa es una empresa "mononegocio" que hace tiempo que no acomete evoluciones importantes y, por tanto, aunque en el presente tenga una elevada rentabilidad, está inmersa en los riesgos de "quedarse" en un mercado maduro, de no poder crecer y de dejar relativamente pronto de ser rentable.

- Aceptar justo lo contrario. Que es él quien no ve claro el futuro, y que las dudas le tienen "paralizado".

- Aceptar que está actuando como la persona que se siente tan segura de sus opiniones y de sus maneras de hacer que no necesita considerar con seriedad otros puntos de vista ni tener la intención de cambiar. ¿Cómo no va a tener razón él si los éxitos que ha logrado se la están dando de manera palpable?

- Aceptar que su sucesión en la conducción de la empresa no está preparada e, incluso, que ya no queda suficiente tiempo para preparar convenientemente al sucesor o a la sucesora, ni a la nueva estructura de responsabilidades en que habrán de apoyarse.

- Aceptar que él puede morir o sufrir una pérdida de capacidades, y que quienes hereden su patrimonio y obligaciones no están en condiciones de ostentar el poder de dirigir que contiene la propiedad y, así, cumplir con dichas obligaciones.

En la empresa se llama gobierno, o acción de gobernar, a disponer de las personas, órganos y sistemas de actuar que hacen posible:

- La supervisión habitual y periódica de las grandes líneas de la dirección estratégica de la compañía. Identificando los errores que puede introducir en la formulación de la estrategia, el "peso" excesivo de las opiniones y decisiones de la persona que dirige la empresa, bien sea por el siempre posible sesgo que tiene origen en unas intensas preferencias personales, bien sea por los también siempre posibles errores en sus propios juicios de valor.

- El apoyo a esta persona y a su equipo en las dificultades que toda implantación de la estrategia conlleva, o ampliando los conocimientos del entorno que se tienen en la empresa y aportando nuevas oportunidades de evolución y, por tanto, de crecimiento.

- Alinear los intereses que todo director y equipo de dirección tienen, en relación con la empresa que dirigen y con su propio trabajo en ella, con los intereses de unos propietarios que, tal vez, en algunas ocasiones, todavía no lo son legalmente por no haberse producido la transmisión, pero que con mucha seguridad lo serán en el futuro.

- La tutela del desarrollo del equipo directivo. Punto éste de gran importancia para todos los grupos que tienen intereses en la empresa; lo que vale el equipo humano que en ella trabaja, y tiene las posibilidades de futuro que el mismo sea capaz de imaginar y hacer realidad; "cuidar" este equipo, desarrollar sus capacidades, conseguir que en su seno se den opiniones diferentes para que se produzcan oportunos contrastes en los modos de ver la estrategia y la organización, y lograr que la "pirámide" de edades de las personas que lo conforman esté equilibrada, son, sin ninguna duda, modos claros de incrementar el valor de la empresa. Y no se puede perder de vista que esta tutela puede resultar incómoda, pues para quien dirige es más fácil hacer las cosas con subordinados que piensan de su misma manera o que, aun pensando de manera diferente, no se animan a plantear oposición.

- La garantía de que se produce y se transmite a quienes tienen derecho a ello con una información completa, conseguida con frecuencia y en las fechas que se debe y, especialmente, con garantía de veracidad.

  Para conseguir un órgano de gobierno eficaz, los fundadores deben vivir cuatro virtudes fundamentales: paciencia, veracidad, sinceridad y lealtad


Cuando la empresa no es grande, cuando uno o dos propietarios son su "alma" y su "motor", cuando estas personas todavía son jóvenes, es posible, incluso adecuado a veces, que tanto las tareas de gobierno como las de dirección sean llevadas por ellos mismos y al mismo tiempo.

Pero el crecimiento de las actividades, la diversificación en productos y mercados, la internacionalización, la incorporación de directivos, la captación de recursos en los mercados financieros, la incorporación de socios y el inevitable incremento de la edad de los fundadores, conduce a una situación claramente distinta. Una situación en la que hay o puede haber grupos de propietarios con intereses diferentes y todos ellos legítimos, una situación en la que aparecen múltiples alternativas de actuación estratégica y todas ellas viables, una situación, por tanto, en la que se dan altos riesgos de equivocación en la actuación de las personas que ostentan el poder. En algún momento, en el camino citado que va del primer tipo de empresa recién a este segundo, hay que hacer un alto para distinguir gobierno de dirección. Y la experiencia hace ver cómo, en buena parte de las veces, este cambio de rumbo, en lugar de anticiparse en el tiempo y hacerse con energía, como sería de desear, se lleva a cabo tarde y con excesiva timidez.

De acuerdo con la actual legislación, el principal órgano de gobierno de las sociedades anónimas, en razón de las responsabilidades que por ley se le dan, es su consejo de administración, y en los demás tipos de sociedades empresariales, las responsabilidades se dan a órganos, como por ejemplo el consejo rector, de características similares al consejo de administración.

Es lógico, por tanto, que a la hora de distinguir gobierno de dirección se piense en establecer un consejo de administración, o en potenciar el existente. Pero si bien es importante para una buena acción de gobierno que el órgano que la ejerce ostente poderes legales, ello no es completamente necesario si quienes legalmente los tienen están plenamente decididos a hacer caso a otras personas, como así ocurre en algunas empresas familiares que, además del consejo de administración formado por propietarios, tienen un "consejo asesor" en el que se plantean las principales cuestiones de gobierno. Lo que ya no resulta tan fácil es que la presencia de un asesor personal, si bien de gran utilidad en determinado trabajo, por circunstancias de la empresa pueda llegar a sustituir en el largo plazo el trabajo de un verdadero órgano de gobierno.

En la puesta en operación de un consejo de administración, los dos puntos principales son: conseguir que las cualidades de los consejeros resulten adecuadas para la situación en la que se encuentra la empresa, y lograr la "apertura" hacia la colegiazación de decisiones en las actitudes de quienes hasta ahora gobernaban y dirigían en solitario.

Como puede ocurrir que entre los propietarios no se encuentren personas que posean las cualidades necesarias, si se quiere que el consejo de administración gobierne, es el momento de buscar consejeros externos e independientes que, por ello, no serán propietarios, pero los representarán con eficacia y lealtad.

Consejeros que, por su trayectoria profesional, hayan vivido las experiencias y posean los conocimientos que se necesitan para hacer empresa, crear riqueza y ganar dinero honestamente, consejeros, en fin, que merezcan el profundo respeto de los fundadores de la empresa, pues si éstos no les respetan, será imposible que discutan, elaboren y consensúen decisiones de gobierno con ellos. El cambio de rumbo para llegar a tener un órgano de gobierno eficaz requiere vivir, por parte de los fundadores de la empresa, cuatro virtudes humanas importantes, que son: paciencia, veracidad, sinceridad y lealtad.

Paciencia, porque un equipo humano, formado por consejeros internos y consejeros externos, tarda tiempo en comprender todas las circunstancias de la situación de la empresa y de su entorno, en "acoplarse" y en encontrar los modos de trabajo que resulten eficaces para supervisar la estrategia de la empresa y tutelar el desarrollo de su equipo directivo.

Veracidad, porque con los miembros del consejo de administración hay que "jugar" con las "cartas boca arriba", sin esconder ni sesgar la información y permitiendo que conozcan a los demás "protagonistas" de la empresa y sus opiniones.

Sinceridad, porque cuando se está cambiando a tener órgano de gobierno, no se puede actuar falazmente. Por una parte, no hay razón para colaborar a que los consejeros externos se desorienten y, por otra parte, si éstos son auténticos consejeros, no permitirán ser desorientados, y si comprueban que lo han sido de manera intencional, presentarán su dimisión.

Y, finalmente, lealtad en hacer caso a las indicaciones que el consejo de administración da, y en cumplir las decisiones que toma. Lealtad, que es lo contrario a la antigua y extendida manera de actuar de "se acata, pero no se obedece", es decir, se manifiesta el respeto que se debe a los consejeros, pero no se les hace caso porque son "externos", no son propietarios y no conocen la totalidad de la riqueza de matices de la situación.

Toda empresa es siempre un difícil equilibrio entre "propiedad, dirección y trabajo operativo". El crecimiento de sus actividades en complejidad y tamaño acostumbra a estar acompañado por el desarrollo de grupos de personas con intereses no siempre coincidentes.

Distinguir la acción de gobierno de la acción de dirección, establecer un buen consejo de administración, es un buen procedimiento para tratar la creciente complejidad y armonizar los diversos intereses.


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