"El mercado bursátil es sólo especulación.
Los especuladores apuestan a las distintas acciones como en un juego de
azar." Esta frase recoge bien el desdén del ciudadano medio
hacia las actividades de los mercados de capitales, especialmente la bolsa.
A diferencia de quienes se ganan la vida produciendo bienes y servicios
para satisfacer necesidades, ser inversor en los mercados financieros se
considera una actividad carente de valor para la sociedad. Muchas veces
se utiliza el término especulador de manera peyorativa, y se les
trata como a enemigos de los que trabajan en la economía real, porque
dicen se enriquecen de la mala fortuna y de la ingenuidad de sus conciudadanos.
En la raíz de esta caricatura está la creencia de que los
mercados de capitales están totalmente divorciados del resto de la
economía. Y ese divorcio es de tal magnitud que las malas noticias
sobre la marcha de la economía tienen, aparentemente, efectos positivos
sobre el precio de las acciones. Todo parece indicar que el comportamiento
de los inversores es irracional, e incluso el vocabulario que utilizan contiene
frases como "burbujas especulativas", "profecías autocumplidas",
"psicología del mercado", etc., que no sugieren mucha racionalidad.
Y a pesar de esto, se hacen millonarios.
Los especuladores en los mercados financieros, como todos los mortales,
están sujetos a las imperfecciones humanas. Sin embargo, no es cierto
que se enriquezcan a costa del resto de la sociedad. Uno de los fundamentos
de toda transacción especulativa es que se requiere de dos partes
para que se realice. Por cada comprador que espera un alza en el precio
de un activo, hay un vendedor que espera su descenso. Cuando se realiza
la transacción, la ganancia de uno es la pérdida del otro;
no es cierto que ambos ganen a costa del ciudadano de a pie.
Más aún, este proceso permite que el precio de la acción,
bono, moneda o cualquier otro activo financiero, refleje los distintos puntos
de vista de los agentes del mercado. Este es un importante servicio para
la sociedad.
El papel de los mercados
El economista austríaco Friedrich von Hayek decía que la belleza
de los mercados radica en su capacidad para procesar la información.
Mediante la condensación de toda la información relevante
sobre un producto en el precio del mismo, las fuerzas del mercado facilitan
la toma de decisiones de los agentes económicos.
Así, por ejemplo, si cae una helada sobre los cafetales de Brasil,
los consumidores no necesitan saber cuál fue el impacto sobre la
cosecha para ajustar sus compras. Sólo se necesita saber cuánto
se ha incrementado el precio del café, y así ajustarán
su consumo.
En los mercados no financieros pueden existir distorsiones en el proceso
de determinación de los precios que impiden que éstos reflejen
el verdadero coste de oportunidad de los recursos. Las distorsiones más
comunes se deben a monopolios, costes de transacción, etc. Esto hace
que los precios se ajusten lentamente en presencia de nuevas condiciones
del mercado.
Por el contrario, los mercados financieros, con muchos compradores y vendedores
atomizados, y con costes de transacción mínimos, reflejan
rápidamente la nueva información en los precios de los activos
financieros. Así, por ejemplo, los precios de las acciones, el tipo
de cambio y los tipos de interés recogen rápidamente las cambiantes
condiciones del mercado.
El valor de la información
El precio de una acción, por ejemplo, indica a los directores de
la empresa cuáles son las expectativas del mercado acerca de la situación
futura de dicha empresa. Si el precio de la acción cae, está
indicando que los agentes del mercado desconfían de la situación
futura de la empresa. La caída en el precio de la acción encarece
el acceso al capital; debido a esto, la empresa hará lo que es mejor
para la economía: reducir su volumen de inversión. El capital
que ella libera lo podrán usar otras empresas, a las que el mercado
ve con un futuro más prometedor, es decir, aquellas cuyas acciones
han subido de precio.
| |
El precio de una acción indica a los directores de la empresa
cuáles son las expectativas del mercado acerca de la situación
futura de dicha empresa |
Los precios de otros activos financieros, como por ejemplo los bonos del
Gobierno, también reflejan la información relevante para los
agentes económicos. El retorno de los bonos a largo plazo cambia
de acuerdo a las expectativas de inflación de los agentes económicos:
a mayores expectativas sobre la futura tasa de inflación, mayor será
el rendimiento requerido que los agentes demandarán. Esto proporciona
al Gobierno y al sector privado una información útil sobre
cómo perciben los mercados las políticas gubernamentales.
Que los gobiernos decidan considerar o no esta información, es otra
historia.
Respecto a los mercados de divisas, son bien conocidas las declaraciones
del Primer ministro de Malasia en contra del ya célebre especulador
G. Soros, acusándole de lucrarse con el sufrimiento de su pueblo.
Pero la verdad es que cuando los mercados deciden jugar en contra de una
moneda, es porque tienen buenas razones.
Tanto en el caso de México, a fines de 1994, como en el de las economías
asiáticas, en el año en curso, los mercados han respondido
a claras inconsistencias en sus políticas. Por tanto, los ataques
especulativos a las monedas tienen que interpretarse como el síntoma,
y no la causa, de los problemas. Si se eliminan las señales de que
la política económica no es percibida como la adecuada, al
final el ajuste será inevitable, y aún más doloroso.
¿Y si los inversores se equivocan?
Las señales de los mercados serán útiles sólo
si los inversores aciertan. Pero, obviamente, pueden equivocarse al hacer
sus predicciones de los acontecimientos futuros. Para analizar esto conviene
distinguir entre dos tipos de inversores: los que llevan a cabo arbitraje
en los mercados y los que especulan en los mismos.
Aunque los mercados de activos están dispersos espacialmente entre
los distintos países del mundo, están unificados por una sutil
competencia entre todos los participantes del mercado. Esta competencia
descansa en redes de comunicación e información modernas y
costes de transacción reducidos. Una fuerza poderosa que mantiene
en línea a los precios de activos similares en diferentes lugares
es la búsqueda de oportunidades de arbitraje por parte de los participantes
del mercado.
El arbitraje es la compraventa simultánea de activos en diferentes
mercados, con el propósito de obtener una ganancia segura en base
a la diferencia entre el precio de compra y el de venta. Por tanto, el arbitrajista
no toma riesgos ni apuesta; él sólo explota las diferencias
de precios de activos relacionados.
La labor de arbitraje es más complicada de lo que parece, porque
requiere explotar diferencias poco evidentes entre precios de activos débilmente
relacionados, como los precios de derivados (opciones, futuros y swaps)
y los de sus "fundamentales" (los activos sobre los que se basan
los derivados). Al encontrar y explotar estas diferencias, los arbitrajistas
no sólo obtienen beneficios, sino que además están
incrementando la consistencia de los precios y mejorando la eficiencia del
mercado.
El otro tipo de inversores es el especulador, que, a diferencia del arbitrajista,
está tomando riesgos continuamente, apostando en el mercado y buscando
ganancias a partir de las variaciones en los precios de los activos. En
esta función, los especuladores están enviando continuamente
señales a la economía, señales que pueden estar equivocadas
si ellos se equivocan.
Sin embargo, los especuladores son bastante más racionales en sus
acciones que lo que habitualmente se cree. Por ejemplo, se escucha habitualmente
que los especuladores se preocupan mucho del corto plazo, centrándose
en los beneficios corrientes de las empresas y castigando aquellas que tienen
una estrategia de más largo plazo.
Pero esta crítica no es correcta. Dado que las acciones reflejan
el valor de los activos de las empresas, si los mercados se centran sólo
en el corto plazo, las acciones de empresas con bajos beneficios corrientes,
pero de alto valor presente, estarían infravaloradas. Quien compre
estas acciones recibirá altos beneficios en el futuro, cuando las
ganancias de la empresa se realicen.
Sería sencillo para ciertos inversores explotar la miopía
del mercado. Por ejemplo, si fuera cierto que el mercado asigna poco valor
a la inversión en I+D de las empresas, pocos inversores podrían
obtener grandes beneficios comprando acciones de empresas con altos presupuestos
en I+D, por lo que, en el proceso, el precio de las acciones de estas empresas
aumentaría, dejando de estar infravaloradas.
Si esto le suena como algo muy abstracto, considere la siguiente evidencia
de que los inversores sí se preocupan del largo plazo: los precios
de las acciones de muchas empresas de biotecnología e informática,
algunas de las cuales no han obtenido nunca beneficios, son los que han
tenido un mayor crecimiento en los últimos años. De hecho,
otra crítica común a los especuladores es que hacen subir
excesivamente el precio de las acciones de alta tecnología. En otras
palabras, parece ser que se preocupan demasiado, y no muy poco, del largo
plazo.
¿Como se explica la variabilidad
de los mercados?
Si los especuladores son tan buenos prediciendo el futuro, ¿por qué
el mercado muestra tanta variabilidad? ¿Por qué hemos visto
fuertes caídas en el precio de las acciones y una casi inmediata
y total recuperación, a finales de octubre pasado?
Primero, hay que dejar en claro que los datos de las principales bolsas
del mundo parecen indicar que la volatilidad de los precios de las acciones
es menor hoy en día que en las dos décadas anteriores. La
evidencia no es irrefutable, porque depende de qué acciones o grupo
de acciones se utilizan en la muestra. En segundo lugar, hay que tener en
cuenta que si el mercado incorpora toda la información relevante,
ésta tiene que reflejarse en los precios a medida que está
disponible.
A pesar de lo anterior, en momentos determinados, los precios de las acciones
son bastantes más volátiles que los "fundamentales"
(los datos micro o macroeconómicos que determinan teóricamente
el valor de una acción, como los beneficios esperados de las empresas,
la expectativa de tipos de interés, etc.). De hecho, es difícil
pensar que caídas del 15% en un día reflejen cambios en los
"fundamentales".
Una explicación alternativa a la idea de que los especuladores analizan
los "fundamentales" de las empresas para determinar el precio
de las acciones, es que ellos se analizan unos a otros. Si concluyen que
los otros especuladores se retirarán del mercado, ellos tratarán
de hacerlo antes, forzando la caída de las acciones. Si, una vez
ocurrida la caída, concluyen que otros comprarán a los (ahora
bajos) precios, nuevamente reaccionarán (comprando) y los precios
del mercado se incrementarán. Si esto es realmente lo que pasó
en la caída y recuperación de la bolsa en octubre pasado,
entonces estamos ante el típico caso de "profecías autocumplidas".
¿Limitar el papel de los especuladores?
Aun cuando el comportamiento de los especuladores esté guiado a veces
por cierta "exuberancia irracional", en palabras de Alan Greenspan,
es difícil pensar en mejores alternativas que dejar que los especuladores
apuesten en el mercado. Ellos no son infalibles, pero no hay razones para
pensar que los gobiernos lo harán mejor.
Los mercados financieros tienen un gran incentivo a hacerlo bien: los especuladores
están apostando con su dinero (o el de sus clientes), lo que les
lleva, además, a tener incentivos para enmendar el rumbo más
rápidamente que los gobiernos, cuando están equivocados. Las
medidas para restringir la actividad de los especuladores puede que traigan
consigo peores consecuencias.
Está claro que las predicciones de los especuladores no siempre son
las correctas. Sin embargo, debido a que se basan en la interacción
de un gran número de agentes del mercado que a menudo están
en desacuerdo entre sí, esas predicciones son lo mejor que la sociedad
puede tener para guiar sus decisiones y para enviar señales al resto
de la economía. Los políticos y los tecnócratas pueden
decir que ellos saben más, pero confiar en ellos, en vez de hacerlo
en el mercado, sería una apuesta que ni el más irracional
de nosotros aceptaría. |