Contemplativos en medio
de la calle
Fernando Pereira
Desde el 20 al 30 de noviembre de 1972, Monseñor Josemaría
Escrivá estuvo en Barcelona y Girona, en uno de los viajes que, especialmente
en los últimos años de su vida, realizó a distintos
países del mundo. Viajes apostólicos, porque su propósito
era siempre el de hablar con las personas con las que se reunía como
"sacerdote de Jesucristo", dicho con sus propias palabras.
La primera visita que realizó durante esa su estancia en Barcelona
fue a la Virgen de la Merced. A sus pies rezó, confiando a la intercesión
de nuestra Madre los frutos humanos y sobrenaturales de los numerosos encuentros
que iba a mantener a lo largo de los días siguientes.
El 27 de noviembre visitó el IESE, donde encontró un Auditorio
desbordado en su capacidad por el número de personas que le esperaban:
el personal del Instituto y antiguos alumnos que, de diferentes formas,
habían tenido conocimiento de su visita.
Esa numerosa asistencia estaba justificada, porque fue Monseñor Josemaría
Escrivá quien propuso a la Universidad de Navarra, de la que fue
Fundador y primer Gran Canciller, ampliar sus actividades de docencia y
de investigación al mundo de la empresa. Y este proyecto cristalizó
en el IESE.
¿Y qué nos dijo en nuestro Auditorio? No vino a contar novedades;
como repitió innumerables veces su Fundador, el mensaje del Opus
Dei es viejo, como el Evangelio, y como el Evangelio, nuevo. En su mayor
parte, lo que hizo fue responder a las preguntas de los asistentes, como
era habitual en sus viajes apostólicos, armonizando el sentido común
(que incluye el buen humor) y el sentido sobrenatural.
Nos dijo que el valor de un trabajo no depende de su contenido, sino de
la entrega humana y del amor de Dios que pone en su desempeño el
que lo realiza. Nos recordó que Jesucristo valoró mucho el
oficio de empresario, como lo puso de manifiesto en sus parábolas,
desde el comerciante de perlas al inmobiliario que compra y vende terrenos.
Y nos invitó a no perder la serenidad ante las dificultades, como
el empresario pesquero que encuentra en sus redes peces buenos y malos,
o el agricultor que ve crecer en su campo las malas hierbas junto con el
trigo.
¿Y cuál es la virtud más importante para el empresario?
La unidad de vida, tan insistentemente predicada por Monseñor Josemaría
Escrivá, nos proporciona una respuesta inmediata: la caridad. La
justicia es necesaria, pero no suficiente. Limitándonos a ella, la
convivencia empresarial sería seca, inhumana.
Monseñor Josemaría Escrivá terminó su estancia
en el IESE extendiendo las manos para pedirnos una oración: "para
que sea bueno y fiel".
Y del IESE fue al cercano Monasterio de Santa María de Pedralbes.
A nosotros nos había animado a ser contemplativos en medio de la
calle. A las religiosas clarisas, Cooperadoras del Opus Dei, iba a animarles
también a ser contemplativas en el retiro de su claustro.
Trabajo y virtudes del empresario
Domenech Melé
Aun siendo conscientes de que un texto escrito no es
equiparable a la viveza de la voz, queremos hacer partícipes de esta
tertulia a nuestros lectores transcribiendo algunas intervenciones destacadas,
con algún breve comentario adicional para una mejor comprensión
del contexto.
Una tertulia con mucha gente
La tertulia tuvo un tono distendido y amigable desde el principio. El Beato
Josemaría era el Gran Canciller de la Universidad de Navarra, a la
que pertenece el IESE. Lo recordó al principio, pero sus palabras
fueron en todo momento muy sacerdotales, sencillas y entrañables.
"Me da mucha alegría estar con vosotros empezó diciendo
(...) como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, mi puesto es éste;
pero lo cierto es que soy de lo más ignorante que hay en cuestión
de dinero. Cuando veo tres reales juntos, me mareo."
El Auditorio estaba lleno a rebosar. No fue ésta la
única tertulia del Beato Josemaría con un grupo numeroso de
personas. Poco antes había tenido otras tertulias parecidas, algunas
con casi cinco mil personas, como las que tuvo en la Escuela Deportiva Brafa
de Barcelona.
Antes había recorrido diversos lugares de la Península Ibérica,
haciendo una gran catequesis, recordando puntos básicos de la doctrina
cristiana, en unos momentos de grave crisis en la Iglesia y de mucha confusión
religiosa. Pero la tertulia del IESE tuvo sus características propias.
Una de ellas fue la actividad profesional de las personas asistentes, la
otra fue algo inusual en las tertulias anteriores. El Beato Josemaría
apareció con un libro no muy grande en el que se veían varios
registros, y empezó a leer. Enseguida se supo que quería hablar
de la empresa y de los negocios citando diversos pasajes del Evangelio.
"Emplearé el Nuevo Testamento dijo para que el maestro,
durante unos minutos, sea Jesús Nuestro Señor."
Elogio del empresario
A principio de los años setenta, mucha gente,
sin duda por influencia de conocidas corrientes ideológicas, no veía
con buenos ojos a los empresarios. Apenas se reconocía su contribución
a proporcionar bienes y servicios de modo eficiente, a crear riqueza y a
generar o mantener puestos de trabajo. Estaba extendida una imagen del empresario
como alguien poderoso que fácilmente se aprovecha de su situación
para abusar de los demás. El Beato Josemaría sale al paso
de estos infundios y hace un merecido elogio del empresario:
- A los que tenéis que manejar cuartos, os miran con recelo. Yo,
no. Y no manejo dinero. Desde hace unos cuantos años no sé
lo que es una moneda. Está muy mal hecho. Obro mal y vosotros muy
bien: ¡mea culpa!
A vosotros os debe la sociedad esa cantidad de puestos de trabajo que creáis.
El país os debe la prosperidad. A vosotros os deben, tantas gentes,
esta promoción de la vida nacional. Hacéis, por tanto, una
labor muy cristiana... Me encanta vuestro trabajo, vuestras tareas, que
para mí son algo hace un ademán de cosa grande, incomprensible...
No sé; no lo sabría explicar.
Soy catalán y aragonés y, por cariño vuestro, barcelonés:
tengo que deciros por fuerza la verdad. No os enfadéis... No sé
por qué algunos murmuran de los que trabajáis en los negocios,
y de los que os preparáis para realizarlos cada día mejor,
más abundantes y con más provecho... Es el Señor quien
recomienda vuestro trabajo. Jesús cuenta cosas muy divertidas...
Tras esta breve introducción, el Beato Josemaría
empieza a buscar la primera cita del Evangelio:
- Es de San Lucas, en el capítulo XIX. Había una persona poderosa
que se tenía que marchar. Reparte su dinero entre sus criados para
que lo administren. A uno le da una parte; a otro, otra... Cuando vuelve,
y comprueba que uno no ha multiplicado el capital, le dice: "¿por
qué no pusiste mi dinero en el banco para que yo, al regresar, lo
recobrara con los intereses?" ¿No es esto un negocio? Un negocio
modesto; de ésos que a vosotros no os gusta hacer. Y el Señor
lo alaba. Yo no tengo más remedio que alabaros también.
El Beato Josemaría habla con buen humor, se ríe,
y con él todos los asistentes. Uno de ellos diría a la salida:
&laqno;Escuchando al Padre me pareció estar leyendo el Evangelio
por primera vez». Otro, aseguraba: &laqno;Pocos quizás esperábamos
esos comentarios del Padre, que difunden tanta confianza. Diría que
nos acerca a Dios a fuerza de buen humor. Y pensar que nunca había
caído en la cuenta de que el Evangelio toma a veces, como protagonistas
de las parábolas, a los empresarios: de fincas rurales, de joyería,
de pesca...
- San Mateo recoge todavía otra parábola: la de la red barredera.
Aquí las cosas van regular, porque en la red se meten peces buenos,
peces malos... Tienen que tener paciencia. Arrastran la red a la orilla:
cogen los buenos y los meten en los cestos. Y los malos... ¡fuera!
Hay negocio, pero no el esperado. Como la gente de mi Cataluña, que
dice: "bueno... no me puedo quejar".
Serenidad ante las dificultades
- A veces hay en nuestros negocios muchas dificultades. En el Evangelio
de San Mateo se nos recuerda al sembrador que siembra buena semilla... Viene
el enemigo, el contrincante, y le siembra cizaña. ¿Qué
hace? Tiene paciencia: esto lo dejamos ahí, y no lo movemos; ya llegará
el momento. Y viene el tiempo oportuno y lo siega todo... Y ha hecho negocio.
Ha vencido la dificultad.
A continuación, añadió:
Mañana, en la Santa Misa hoy tenía razones para
ocuparme de otra cosa os tendré especialmente presentes a vosotros.
Pediré al Señor que os bendiga; que nos dé la serenidad
del dueño del campo, cuando le plantan cizaña.
El Beato Josemaría conoce la presión del entorno
al que están sometidos empresarios y directivos, así como
ciertos tópicos muy extendidos; entre ellos, el afán de éxito
que a menudo se presenta como el objetivo último de la acción.
- No olvidéis el sentido cristiano de la vida. No os gocéis
con vuestros éxitos. No os sintáis como desesperados si alguna
cosa fracasa. Además, si tenéis cien cosas en movimiento,
alguna tiene que ir mal, porque las otras noventa y nueve van bien. Acordaos
de los que tienen menos que vosotros.
Un hombre sin respetos humanos
Una nueva cita en el Nuevo Testamento, esta vez
la historia de Zaqueo, lleva al Beato Josemaría a hablar de no tener
miedo al ridículo ni a los respetos humanos:
- Atravesaba Jesús la ciudad de Jericó, donde vivía
un hombre muy rico... pero al que no le importaba nada lo que pudieran pensar
de él. Hacía bien. ¿Os imagináis a un hombre
muy rico en una ciudad pequeña, que se sube a un árbol porque
pasa entre la muchedumbre un personaje? No tiene miedo al ridículo.
Y este hombre, llamado Zaqueo, jefe principal entre los publicanos, hacía
diligencias para conocer a Jesús, al menos de vista. Y no pudiendo,
a causa del gentío, porque era de pequeña estatura otra
razón para esconderse, se adelantó, se subió a
un árbol... Y el Señor, que estaba mirando los atrevimientos
de aquel hombre, que vencía todas las dificultades, le dice: Zaqueo,
festinans descende, baja enseguida de este árbol, que hoy conviene
que yo me vaya contigo a comer a tu casa. Zaqueo bajó, recibió
a Jesús en su hogar y le ofreció un gran banquete. Los demás
se dedicaron a murmurar de Jesucristo, porque comía con los ricos
y los pecadores...
Una decision trascendente
- Mañana me ocuparé de vosotros en la Santa Misa prosigue,
para que el Señor os dé la decisión de comprar el campo
donde está el tesoro; que os dé el empujón necesario
para ir detrás de la margarita preciosísima.
A su vez, les pide que recen por él:
- Que recéis por mí: es lo mejor que podéis hacer para
ayudarme. Rezar por mí, para que sea bueno y fiel. Esto sí
que lo tomo como la margarita preciosísima y el tesoro escondido.
El tesoro de vuestra bondad, y la margarita, la perla de esa corazón
inmenso que tenéis como catalanes, y muchos de vosotros como barceloneses.
La labor del IESE
Ahora, cerrando el Evangelio, pero sin apartarse
de él, prosigue:
- Hijos míos, vuestros negocios están metidos en el Evangelio.
El Señor os mira con cariño a todos, a los alumnos, a los
antiguos alumnos, a los... ¿Cómo es el nombre técnico
que os dais? Sí: miembros del IESE. ¡Es bonito!... A los profesores,
a los administrativos y a los que cuidan de estas casas que están
estupendamente bien. Yo también os miro a todos con un afecto especial.
Os he alabado con palabras de Jesucristo, palabras que suscribo porque soy
sacerdote suyo.
Un profesor explica que, a veces, se quiere encasillar al
IESE en una determinada ideología o tendencia socioeconómica,
cuando en el IESE caben diferentes enfoques. El Beato Josemaría lo
tranquiliza y aprovecha para explicar qué espera del IESE, institución
que él mismo impulsa, aunque dejando toda la iniciativa a sus promotores:
- Esta labor es necesaria para que muchos, en esta España nuestra,
y fuera de España, tengan criterio cristiano en su labor de empresa.
Y lo vais logrando. Ya eran muy cristianos, pero ahora cada día son
mejores. No te preocupes. Con sólo que abran los ojos, la realidad
echa abajo esas afirmaciones. Estate tranquilo. Aquí hacéis
una labor de almas... ¡con pesetas!
No apegarse a las riquezas
Otro profesor se interesa por la virtud cristiana
de la pobreza, el desprendimiento de los bienes materiales, requerido para
seguir e imitar a Cristo. Pregunta cómo conjugar esta virtud con
el manejo habitual del dinero. La respuesta viene acompañada de una
vivencia muy clarificadora:
- Tú sabes que el hecho de manejar dinero, o de tenerlo, no quiere
decir que se esté apegado a la riqueza. Te voy a poner un ejemplo.
Conocí a un pobrecito que iba a un comedor de caridad y no tenía
siquiera la tarjeta que daban a los necesitados; acudía a recibir
un poquito de lo que sobraba. Era un tiempo duro para el corazón
de un cristiano: ver aquella gente con verdadera hambre. Para comer, todos
llevaban sus cacharros. El traía su puchero roto. Pero sacaba su
cuchara de peltre, de la hondura de un bolsillo, y la miraba con satisfacción.
Los otros no tenían cuchara. Se ve que pensaba: esto es mío,
esto es mío. Y con su cuchara comía los garbanzos y el caldo
que le daban. Después, la volvía a mirar apasionadamente,
como un avaro contempla las piedras preciosas. Le daba dos chupetones y
la guardaba de nuevo. ¡Era rico!
Pues también he tenido cerca de mí a una persona, a la que
he querido mucho, y que indudablemente está en el cielo. Era Grande
de España. Aun después de muerta, no diré más
que su nombre propio, y porque es muy corriente: se llamaba María.
En su casa tenía muebles estupendos, un gran servicio y mucha plata...
todo lo que es normal en una casa bien puesta y de abolengo. Y aquella pobrina
gastaba en su persona menos que en la última de sus sirvientas. Lo
daba todo; soy testigo de su generosidad.
Generosidad con el dinero
Pero la pobreza cristiana no es sólo estar
desprendido. Implica también saber vivir con sobriedad y, a veces,
faltando incluso lo necesario. Más adelante contaría cómo
la labor del Opus Dei ha empezado en muchos lugares con la más absoluta
carencia de medios materiales:
- Os voy a decir una cosa. Cuando mando a la gente lejos he mandado
a hijos míos a Asia, a varios sitios de Africa, a toda América,
a toda Europa: muchas veces danzan también al otro lado del telón
de acero, ¿sabéis con qué les envío? Como
en el siglo XIII: les doy una imagen de la Virgen, una Cruz sin Crucifijo
para que se pongan ellos en la Cruz, la bendición... y
que trabajen. Me parece que más catalán no puedo ser. No digo
que hagáis eso con vuestros hijos. Pero yo, con los míos,
como es una empresa sobrenatural, lo hago. Después, el dinero sale.
Viene de gentes como vosotros, de gente buena, estupenda, que hay en todos
los países. El último dinero que he recibido para Cavabianca,
estando ya en España, una suma bastante considerable, ha venido...
¡de Holanda! Os quedáis pensativos, ¿eh?
Cavabianca es un centro internacional con trescientas plazas
de capacidad que, por aquel entonces, se estaba construyendo en Roma y dónde
acudirían jóvenes intelectuales de todo el mundo para mejorar
su formación teológica. Muchos de ellos serían ordenados
sacerdotes para trabajar después en muchos lugares de todo el mundo.
Durante la tertulia explicó brevemente esta iniciativa, que calificó
de "locura", pero una locura necesaria, recordando que &laqno;de
vez en cuando, hay que pagar». Y, añadió, confiando
en la generosidad de quienes le escuchaban:
- Si os acordáis de eso ¡Dios os bendiga!
Poner amor en el trabajo
Casi al principio, al citar el Evangelio, el Beato
Josemaría se había referido a la necesidad de trabajar poniendo
Amor de Dios en la tarea:
- El Señor alaba vuestros negocios. Pero si no ponéis amor,
un poco de amor cristiano; si no añadís el deseo de dar gusto
a Dios, estáis perdiendo el tiempo.
Es precisamente el amor lo que da valor cristiano al trabajo:
- Todos sois muy importantes en esta casa diría en otro momento,
los alumnos, los miembros, los profesores, los empleados y el personal que
cuida el edificio. Todos sois igualmente importantes. Como cristianos, hemos
de tener un sentido de la igualdad maravilloso, y saber que en todo
caso es más importante aquel que trabaje con más amor.
De modo que quien se ocupa de la limpieza, puede por amor de Dios
hacer el mejor negocio de su vida.
La primera virtud
Un antiguo del IESE le preguntó: ¿Cuál
es la primera virtud que ha de esforzarse en adquirir un empresario?
La caridad, porque con la justicia sola no se llega. Casi no se puede
hablar hoy de caridad (...) Pero es San Pablo quien enseña que es
la primera virtud. Trata siempre con justicia a la gente y déjate
llevar un poco del corazón. Hasta donde puedas. Sin llegar a la situación
de aquella amiga mía de la que os he hablado, que eso no es lo tuyo.
Vive bien, como tienes que vivir; que vivan tus hijos bien, y toda tu familia.
Tranquilo, sereno, con eso no ofendes a nadie. Haz lo que puedas por los
demás, por medio de tu trabajo. Y vive, con la justicia, la caridad.
La justicia sola es una cosa seca; quedan muchos espacios sin llenar. Pero
no hables de la caridad: ¡vívela! |