Repasando un viejo manual de dirección(2),
me llevo la grata sorpresa de que el autor, al hacer la lista de los elementos
del proceso de dirección, incluye el entrenamiento (coaching) de
los subordinados. Lamentablemente, no abundan los directivos que asuman
responsablemente esta función. ¿A qué se debe que esta
función, aparentemente tan importante, esté tan frecuentemente
abandonada? En un excelente trabajo de hace ya diez años(3),
se sugieren varias explicaciones. En primer lugar, no se da el clima organizativo
favorable para que el directivo/jefe/supervisor asuma esta función;
la presión sobre los resultados priva en el día a día.
En segundo lugar, faltan personas que cumplan esta función de un
modo que sirva de modelo a seguir. En tercer lugar, esta función
requiere el desarrollo de habilidades específicas, cuyo aprendizaje
consume mucho tiempo y esfuerzo. Afortunadamente, de un tiempo a esta parte
parece que se está produciendo una revalorización de esta
función(4).
Para analizar esta función, un primer paso a dar es distinguir el
entrenamiento de la mentoría (mentoring). La mentoría se centra
en la carrera profesional del colaborador y abarca el largo plazo. El mentor
no tiene por qué ser el superior inmediato de la persona. Normalmente
supera en edad al receptor del consejo. El entrenamiento se refiere al día
a día, lo ejerce el jefe inmediato y consiste en indicaciones precisas
para el desarrollo de las habilidades específicas del puesto. Un
ejemplo plástico de lo que es el entrenamiento lo encontramos en
una escena de la película "Carros de fuego", cuando Harold
Abrahams, uno de los protagonistas de la película, recibe instrucciones
muy precisas de su entrenador, Musawini, para correr mejor.
Un segundo paso es considerar las otras funciones que entraña el
trabajo del directivo y, en general, de un jefe, sea cual fuere su nivel.
Una primera función es dirigir, esto es, fijar objetivos y comunicarlos
a sus colaboradores. Una segunda función es evaluar periódicamente
el logro de estos objetivos. Una tercera función es ayudar al colaborador
a mejorar el desempeño de su trabajo, esto es, a entrenarlo. Una
obra ya clásica y muy difundida, "El ejecutivo al minuto"(5), presenta una elegante y sencilla exposición
de este proceso. Ahora bien, cuando analizamos la clase de relación
que implica cada una de estas funciones, observamos que el entrenamiento
requiere un tipo de relación de un orden diferente a la jerárquica.
Esta es probablemente la razón última de su frecuente omisión.
Evaluar implica juzgar; entrenar implica ayudar a mejorar. Dos relaciones
muy diferentes.
Para que el entrenamiento sea efectivo han de darse las siguientes condiciones:
· El colaborador debe estar dispuesto a recibir el entrenamiento,
y esta disposición sólo se producirá si el colaborador
percibe el entrenamiento no como un juicio negativo ni como una amenaza,
sino como una oportunidad de mejora. El entrenamiento debe despertar en
el receptor la expectativa de que su rendimiento va a mejorar. La expectativa
de éxito es esencial. Sin ella no hay motivación para aprender.
En una palabra, el colaborador debe estar motivado a recibir el entrenamiento,
y esta motivación se producirá cuando se dan dos condiciones:
a) El colaborador deberá percibir que su rendimiento va a mejorar,
va a tener éxito.
b) El colaborador deberá percibir que la mejora de su rendimiento
traerá para él consecuencias atractivas. En una palabra, el
entrenamiento no es posible si no hay una "demanda" a recibirlo
por parte del colaborador.
· La condición anterior requiere por parte del jefe una actitud
de respeto hacia el colaborador y una postura permanente de ayudarle a mejorar,
huyendo de juicios personales. El jefe deberá reconocer el esfuerzo
de mejora realizado por el colaborador.
· Un "pacto" entre el jefe y el colaborador, por el que
el primero se compromete a entrenar y el segundo a aprender del entrenamiento.
Este "pacto" puede y debe formar parte del proceso anual de fijación
de objetivos y de revisión del rendimiento. De hecho, la revisión
del rendimiento también llamada valoración del rendimiento
y apreciación del desempeño es mucho más efectiva
cuando se enfoca no sólo como un proceso de valoración, sino
también como un proceso de mejora continua del rendimiento del colaborador.
Este "pacto" implica que el jefe y el colaborador se convierten,
en cierto modo, en "socios". Ambos se comprometen en la búsqueda
de la excelencia.
· Un ambiente relajado, que deja holgura suficiente para que el entrenamiento
se desarrolle con la serenidad que requiere. La presión del tiempo
está reñida con el entrenamiento. Una sesión de entrenamiento
debe estar libre de interrupciones.
· Un estilo de dirección suficientemente versátil para
incorporar funciones tan diferentes como dirigir, evaluar y entrenar.
· Las condiciones anteriores han de traducirse en una cierta "docilidad"
por parte del receptor del entrenamiento. Libre de temores y de juicios,
y amparado en la confianza mutua, el colaborador "se pone en manos"
del entrenador.
Obviamente, el entrenamiento es tanto más difícil cuanto más
arriba estamos en la organización. Entrenar en la ejecución
de tareas mecánicas es relativamente fácil, ya que la actividad
sobre la que versa el entrenamiento es visible tanto para el jefe como para
el colaborador. Entrenar para hacer equipo, para fijar objetivos, para motivar
a un equipo o para liderar un proceso de cambio, es mucho más difícil.
Sin embargo, no por ello es menos necesario el entrenamiento. Y, queramos
o no, este entrenamiento sólo lo puede impartir el directivo de rango
superior.
Para terminar, pensemos que entrenar es valioso en un doble sentido. Primero,
el receptor del entrenamiento mejora su rendimiento. Segundo, entrenar es
"dar" algo nuestro a otra persona. Y "dar" siempre es
bueno. El que entrena "gana" como persona, se ensancha, se ennoblece,
se hace "mejor".
Las 6 habilidades del directivo como
entrenador
·Habilidad para observar la actuación del colaborador e identificar
áreas de mejora. La proximidad entre el jefe y el colaborador facilita
la observación.
·Habilidad para identificar los factores determinantes de la carencia
observada. Siempre contemplada como una oportunidad de mejora.
·Habilidad para explorar con el colaborador las razones que explican
su conducta. La escucha activa, evitando juicios y siendo tolerante, es
esencial.
·Habilidad para dar feedback al colaborador, a fin de que tome conciencia
de los efectos negativos de su conducta y de la consiguiente oportunidad
de mejora. Recordemos que el feedback debe sustentarse en la confianza mutua
y ser concreto, no evaluativo y dado en el momento oportuno.
·Habilidad para mostrar al colaborador el modo de mejorar, dándole
instrucciones precisas (recuerde el lector la escena de "Carros de
fuego"), haciendo demostraciones, etc.
·Además, siempre, enseñando con su ejemplo.
(1) Observo un cierto abuso del término inglés
coach, que significa exactamente entrenador.
(2) Allen, L., &laqno;Management and Organization»,
McGraw-Hill, Nueva York, 1958.
(3) Orth, Charles D., Wilkinson, Harry E., Benfari, Robert
C., &laqno;The Manager´s Role as Coach and Mentor», Organizational
Dynamics, primavera de 1987, págs. 66-74. Véase también
Evered, Roger D. y Selman, James C., &laqno;Coaching and the Art of Management»,
Organizational Dynamics, otoño de 1989, págs. 16-32.
(4) Véase Tichy, Noel M. y Charam R., &laqno;The
CEO as Coach: An Interview with Allied Signal's Lawrence A. Bossidy»,
Harvard Business Review, marzo-abril de 1995, págs. 69-78.
(5) Blanchard, K. y Spencer, J., &laqno;El ejecutivo al
minuto», Grijalbo, Barcelona, 1983. |