Una llamada a la solidaridad

Cardenal Ricard Maria Carles
Arzobispo de Barcelona


 
Un año más, celebráis vuestra Asamblea Anual estudiando temas importantes que afectan a vuestras empresas y a la sociedad. Representáis a muchas empresas que dan trabajo a un elevado número de personas. Sois, ante todo, hijos de Dios, que procuran ser cristianos en su profesión, trabajando cara a Dios y sirviendo a las personas y a la sociedad.

Hace unos pocos meses, me reunía con varios de vosotros en la sede del IESE en Barcelona en una sesión de trabajo(1). Quise haceros partícipes de mi preocupación por aquellas personas de nuestra sociedad ­de nuestro entorno próximo­ que se encuentran en situaciones precarias, el mundo de la marginación, el cuarto mundo.

Hoy, me gustaría insistiros en la necesidad de ser solidarios con las personas, hijos de Dios como nosotros, que viven en situaciones difíciles y con escasas o nulas posibilidades de salir de estas situaciones por sí mismos. Con los enormes traumas que esto supone no sólo para una persona, sino también para toda la familia de esa persona. Son muchas familias y muy traumatizadas, porque se les ha muerto la esperanza.

"Se comprende muy bien ­decía el beato Josemaría Escrivá en una homilía­ la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. (...) Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas, que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística. Comprendo y comparto ­termina el fundador del Opus Dei­ esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor"(2).

La fe cristiana, en efecto, nos pone en la perspectiva del Reino de Dios, de ese "reino eterno"(3) anunciado por el profeta Daniel, como hemos escuchado en la primera lectura. Es un Reino que Cristo ha venido a instaurar y que la Iglesia recibe la mision de anunciar, siendo ella misma germen y principio de este Reino(4) que todavía no ha llegado a su plenitud.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos invita a ser responsables, evitando el apego al dinero y al bienestar, sin olvidar los bienes superiores y, sobre todo, nuestro destino eterno. Jesús dice: "Tened cuidado; no se embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como lazo sobre los habitantes de la tierra" (Lc 21, 34-35). Hace muchos siglos, un gobernador de Milán decía que no se podían apropiar unos cuantos de los bienes que Dios había creado para todos. Este gobernador fue santo y obispo de Milán: San Ambrosio. Como dice el Señor, "estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir".


LA VIGILANCIA Y LA ORACION

La vigilancia y la oración, en las que tanto insiste el Evangelio, son dos medios imprescindibles para la vida cristiana, también en el ámbito profesional. La vigilancia exige una lucha constante para no sucumbir en el afán desmedido de riqueza o de poder, en la búsqueda desenfrenada de placeres o en la propia soberbia. La práctica asidua de la oración nos hace estar unidos a Dios. Del mismo modo que la búsqueda de soluciones que no marginen, porque el buen Dios es también Padre de los marginados, de ésos a los que la técnica va dejando, demasiado abundantemente, en la cuneta, y ellos se sienten ­y lo son muchas veces­ irrecuperables. Como decía cierta persona, a la que conozco mucho, y que sufre bastante, &laqno;no soy nadie, porque nadie me necesita».


CREACION DE PUESTOS DE TRABAJO

Un modo eficaz de evitar la marginación es, sin duda, la creación y mantenimiento de puestos de trabajo. Los tres congresos sobre el empleo, organizados por el IESE en los últimos años, son una manifestación de su preocupación sobre este tema, por lo demás tan complejo. También el lema de su Asamblea: "Crecer en un mercado global", tiene relación con el empleo, ya que del crecimiento empresarial depende, en gran medida, la creación de puestos de trabajo.

El empleo laboral, junto con el servicio que la empresa presta a la sociedad en otros ámbitos, tiene un importante contenido ético. No es ningún secreto para nadie el mal social que supone el desempleo generalizado y los dramas personales y sociales que con frecuencia se producen cuando falta trabajo. Como cristianos, es necesario que seamos muy conscientes de esta realidad, trascendiendo los aspectos económicos, sociológicos o políticos de la cuestión, para calar en su dimensión humana.

Hace pocos días tuvo lugar en Marsella la sexta edición de lo que viene llamándose "La ciudad del acierto", donde hay una reunión interdisciplinar que intenta desde muchos ámbitos mejorar la sociedad. El filósofo Alain Etchegoyen, viendo las dificultades y las tragedias de muchos, se preguntaba: "¿Y si pensáramos la vida de otra manera?". El resultado de que las sociedades avanzadas provoquen muchos beneficios para numerosas personas no está alejado de que estos resultados favorables comporten también para bastantes muchos sufrimientos. Y se dijo también en aquella reunión que hay quienes pueden más que otros ­yo pienso en ustedes, empresarios y empresarias­ y creo que tienen que evitar que sus conocimientos se planteen sólo desde la mera perspectiva intelectual, al margen de los sentimientos y la moral. La vida económica no puede ser solamente rentable, sin plantearse el ser éticamente buena. Recordemos que éste es el sello que Dios pone a su creación. Desde luego, Dios pone una inteligencia infinita en lo que crea. Y vosotros habéis de imitarlo, poniendo en vuestras tareas un contenido intelectual. Pero no podemos olvidar que el ritornello al comentario que Dios hace de la creación es que veía que todo era bueno. Dios pone inteligencia en sus obras, pero pone también bondad.


EL EVANGELIO Y SU MENSAJE SOCIAL

Acabo diciéndoles que estamos llamados a dar testimonio de nuestra condición de cristianos y a actuar en el ámbito económico-social tomando decisiones responsables, fruto de una conciencia bien formada, iluminada por el Evangelio y su mensaje social.

Como ha recordado Juan Pablo II, este mensaje "no debe considerarse como una teoría, sino, por encima de todo, como un fundamento y un estímulo para la acción...". Quizás a ustedes no les vale el decir: "Esto lo hacen todos". "Esto no lo hace nadie". "Esto no nos sirve para nosotros...".
"Hoy más que nunca ­añade el Romano Pontífice­ la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna. De esta conciencia deriva también su opción preferencial por los pobres, la cual nunca es exclusiva ni discriminatoria de otros grupos. Se trata de una opción que no vale solamente para la probreza material, pues es sabido que, especialmente en la sociedad moderna, se hallan muchas formas de pobreza no sólo económica, sino también cultural y religiosa"(5).

No quisiera terminar sin recordar que estos días se cumplen 25 años de una estancia de varios días del Beato Josemaría Escrivá en Barcelona, donde, como en tantos otros lugares, realizó una amplia catequesis con miles de personas de toda condición. El 27 de noviembre de 1972 tuvo un encuentro con miembros del IESE, profesores y personal no docente(6). Como en otras ocasiones, les invitaba a pensar en los demás, animando a los empresarios a vivir no sólo la justicia con sus colaboradores, sino también la caridad. Esa caridad cristiana que nos lleva a amar a los demás no sólo poniéndonos en su lugar, sino tomando como ejemplo a Cristo.


EL TESTIMONIO DE TERESA DE CALCUTA

Teresa de Calcuta dijo en una ocasión, con respecto a esa caridad y a esa justicia, que no se puede hacer justicia con los demás sin sacrificar algo de uno mismo. Por lo menos, el amor propio. Por lo menos, las propias teorías, que nos parecen las mejores y quizá no lo sean. Y decía Teresa de Calcuta: "Tenemos que dar hasta que nos duela. El amor verdadero debe doler. Dolía a Dios amarnos, pues El nos tenía que dar a su Hijo. Hoy nos hemos encontrado aquí. Yo no les puedo dar algo. No tengo nada que dar. Pero sé que quiero algo de ustedes: que miren a su alrededor. Y, si vemos pobres, empecemos a amar hasta que nos duela. ¡Tened siempre ­terminaba Teresa de Calcuta­ una sonrisa en vuestros labios; tened tiempo para vuestros prójimos!".

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, que sepamos vivir en unidad de vida, continuamente vigilantes para apartar de nosotros todo lo que nos separe de Dios y del servicio a los demás.




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