El avance de las multinacionales
siempre se ha visto con recelo. También lo ha sido el desarrollo
de las grandes empresas. En los años cincuenta, John D. Glover, profesor
de la escuela de dirección de empresas de Harvard, publicó
el libro "El ataque a la gran empresa"(1), que no fue otra cosa
que una defensa de las grandes empresas cuando estas eran capaces de competir
y respetar los derechos de sus empleados, clientes y accionistas. Los abusos
de los grandes monopolios y el disgusto con el capitalismo salvaje que imperó
en la época de la industrialización norteamericana habían
dejado heridas abiertas en los sindicatos, en el público y en la
Administración.
En los últimos años sesenta tuvo un gran impacto el libro
de Servan Schreiber &laqno;El desafío americano»(2). En este
libro, Schreiber alertaba sobre la invasión de la que estaba siendo
objeto Europa por parte de compañías norteamericanas. Muchas
grandes compañías daban su primer salto fuera de Estados Unidos
o ampliaban de forma ambiciosa sus instalaciones en Europa. Europa respondía
bien y los planes estratégicos, que en aquellos años eran
una moderna herramienta de gestión, incluían más y
más compras de empresas europeas o inversiones directas en Europa.
Schreiber se preguntaba si aquel fenómeno podría llegar a
amenazar la soberanía de los países europeos. Fundamentalmente,
a él le preocupaba la soberanía de Francia.
En paralelo, en Estados Unidos también se alzaban voces de alarma.
Las empresas americanas invertían en el extranjero, y para los sindicatos
eso era crear puestos de trabajo fuera del país. La escuela de Harvard,
con líderes intelectuales como Raymond Vernon y Robert Stobaugh,
con quienes trabajaban Lawrence Franko, Louis Wells, José de la Torre,
John Stopford y el propio autor de este artículo, trató de
demostrar que las multinacionales americanas eran buenas para América.
Su despliegue internacional creaba también puestos de trabajo en
América.
Con algunas excepciones, lo que
se ha publicado recientemente
sobre consejos de administración pone de manifiesto que el gobierno
de las empresas sigue teniendo la nacionalidad del origen de la empresa
Pero estas empresas, pronosticaba Vernon, contribuirán a mejorar
otros entornos, derribar barreras al comercio, crear prosperidad en otros
países y estimularán la democracia. En definitiva, para la
escuela de Harvard las multinacionales iban a ser una bendición.
Fue entonces cuando Müller, en su obra &laqno;Global Reach» (&laqno;Alcance
global»)(3), acuñó el término globalización,
para explicar la nueva forma de despliegue que practican hoy la mayoría
de multinacionales y que ha sido estudiado más recientemente por
Goshal y Bartlett(4).
En estos momentos vivimos otra gran embestida de las multinacionales y de
las empresas grandes. Cada semana nos quedamos aturdidos frente a las dimensiones
cada vez mayores que se consiguen en banca, en telecomunicaciones, en farmacia,
en química o en cualquier otro sector, tras procesos de fusión
o adquisición. Al mismo tiempo, la necesidad de estar presentes en
los nuevos mercados emergentes, conquistando en ellos participaciones de
mercado similares a las que se poseen en los países desarrollados,
lleva a que estas compañías deban canalizar fuertes inversiones
hacia Asia, Latinoamérica y Europa oriental.
La pregunta sobre la bondad de la empresa grande y de la multinacional sigue
de actualidad, en el país de origen de la empresa y en los países
de destino, emergentes o desarrollados. Si hubiese que avanzar una respuesta
aquí, me atrevería a decir que el fenómeno parece inevitable
y, por tanto, más que pensar si es bueno o no habrá que pensar
cómo convivir con él. La mayoría de grandes empresas
son burocracias. Si no existiesen unas pocas empresas que parecen ser dinámicas
y emprendedoras, a pesar de ser grandes (General Electric, ABB,
3M, Bertelsmann, Sony, Microsoft, por representar
distintos sectores y países), habría que admitir que sólo
con planteamientos burocráticos (jerarquía, manual de procedimientos,
información ascendente y descendente) es posible gestionar una gran
empresa. Algunos presidentes de grandes empresas declaran públicamente
estar luchando para conseguir que su empresa sea menos burocrática:
James Wolfenson, presidente del Banco Mundial, que pretende conseguirlo
mediante una gigantesca acción formativa, y Jurgen Dormann, presidente
de Hoescht, que trata de alcanzarlo dividiendo la empresa en muchas
unidades más pequeñas, con gran autonomía, son dos
buenos ejemplos.
Pero, ¿cómo me afecta esto a mí? Depende de donde uno
está. Las empresas japonesas son probablemente las más burocráticas
del planeta. Es impensable encontrar una persona de nacionalidad distinta
a la japonesa en el primer puesto de la compañía, en el consejo
o en el comité de dirección. Las empresas japonesas valoran
poco las credenciales de los jóvenes bien preparados, con sus MBA
obtenidos en Harvard o sus períodos de consultor en McKinsey.
Las burocracias japonesas son impenetrables al líder y al emprendedor.
Así les va.
Hace unos años realizamos una serie de visitas con un colega de Harvard
a una serie de presidentes de multinacionales basadas en los Estados Unidos,
Reino Unido, Francia, Alemania y España. En todos los casos, el número
uno era de la misma nacionalidad que su empresa y, en casi todos los casos,
el consejo de administración en pleno también era de la misma
nacionalidad. Todos reconocían la dificultad de integrar distintas
nacionalidades en el máximo órgano de gobierno. Con algunas
excepciones, lo que se ha publicado recientemente sobre consejos de administración
pone de manifiesto que el gobierno de las empresas sigue teniendo la nacionalidad
del origen de la empresa.
¿Dan las multinacionales prioridad a las personas con denominación
de origen? Oficialmente, no, pero en la práctica, sí. A pesar
del fenómeno de la globalización, muchos empleos de calidad
se mantienen cerca de las oficinas centrales (I+D, compras, marketing, finanzas
y control, relaciones públicas, etc.). En momentos en que algunas
compañías deben realizar reestructuraciones y sobran personas
en la casa central, las hay, sobre todo europeas, que les ofrecen a estas
personas puestos en filiales extranjeras, pues aún les resulta más
barato eso que despedirlas. En estos momentos se está dando este
fenómeno en Europa, con el impacto negativo en los directivos de
las oficinas de países de destino de inversiones multinacionales,
que no sólo no ven futuro hacia arriba en la multinacional, sino
que ven caer en paracaídas desde la central personas mejor pagadas
y no siempre más cualificadas.
Y, ¿qué puedo hacer yo? Pues hay que camuflarse de multinacional,
y eso empieza por el idioma. El inglés es fundamental, naturalmente;
lo hablan los americanos, los ingleses, bastante más gente y muchos
taxistas. Pero si uno quiere llegar a la cúpula de Danone
o de Bayer, más vale que tenga un francés o un alemán
perfectos.
Hay que camuflarse de multinacional,
y eso empieza por el idioma.
El inglés es fundamental, pero si uno quiere llegar a la cúpula
de Danone
o de Bayer, más vale que tenga un francés o un alemán
perfectos
En general, y sobre todo si las cosas van bien, las multinacionales tratan
de reducir el número de expatriados, es decir, de empleados de un
país que disfrutan de un paquete de compensación especial
por haber sido trasladados a otro país. En los mercados emergentes,
una sustitución de este tipo puede representar un coste menor que
la cuarta parte. Lo que ya no está tan claro es que se le ofrezcan
a la persona local contratada las mismas oportunidades de carrera que a
quienes son contratados en la casa matriz. Las compañías que
tienden a hacer ofertas globales de carrera con compensaciones globales
(McKinsey suele ser un buen ejemplo), atraen a la mejor gente.
Globalización y concentración
son fenómenos imparables, y para salir
adelante en ese entorno hay que tomar la iniciativa con capacidad
de esfuerzo y de sacrificio, buena formación, movilidad e idiomas
El segundo elemento de camuflaje es una buena formación internacional.
En el mundo de la empresa, un buen MBA o PhD ayudan. Harvard abre muchas
puertas. El IESE no está mal. Todo lo que se añada a un currículo
para hacerlo internacional, vale: trabajos de verano en el extranjero, intercambios,
cursos en el extranjero, pertenencia a asociaciones internacionales. Y vamos
a repetirlo: idiomas.
Un tercer factor de camuflaje es la movilidad. Al principio, las ofertas
no son siempre atractivas. Ir de responsable de marketing a Sushou (China)
o a Bangalore (India) no es tan atractivo como White Plains (Nueva York)
o Coral Gables (Florida), pero cuenta. Puede que si tienes 50 años
no estés para esos trotes, pero si tienes 28, ¿por qué
no dedicarle tres años a un destino difícil? A veces uno se
sorprende de que el presidente de una gran empresa le comente que en su
primera etapa estuvo en Brasil o Sudáfrica (años cincuenta).
Una reflexión que deberíamos hacernos es la de hasta qué
punto incurrimos también en los mismos problemas. Una mirada profunda
a nuestras grandes empresas domésticas no nos muestra una gran capacidad
de integrar culturas. Ni en la cúpula, ni en la base.
Por tanto, y para concluir, podríamos decir, resumiendo, que globalización
y concentración son fenómenos imparables, y que para salir
adelante en ese entorno hay que tomar la iniciativa con capacidad de esfuerzo
y de sacrificio, buena formación, movilidad e idiomas.
(1) Glover, J., "The revolutionary corporations: engines
of plenty, engines of growth, engines of change", Homewood, Irwin,
1980.
(2) Servan Schreiber, J.J., "El desafío americano", Ediciones
Rodas, Madrid, 1972.
(3) Müller, R., "Global Reach Paperback", Simon & Schuster,
Nueva York, 1974.
(4) Ghoshal, C. y Bartlett, A., "The Individualized Corporation: A
Fundamentally New Approach to Management", Harper Business, Nueva York,
1997. |