¿Ser el ganador?

José Mª Rodríguez


 

La cuestión que me propongo analizar en este artículo es si es bueno esforzarse por ser el ganador. El estímulo más inmediato para abordar esta cuestión es la reciente visión de una película, "En busca de Bobby Fisher", sobre el famoso jugador de ajedrez.

La película se basa en las experiencias infantiles de un brillante jugador de ajedrez. Una escena muy interesante invita a pensar sobre la cuestión que estamos tratando. El niño protagonista y su profesor de ajedrez están conversando, cuando éste le dice al pequeño que Bobby Fisher despreciaba a sus contrincantes y que él debería hacer lo mismo. El niño le contesta que él no va a ser como Bobby Fisher. Lo dice con firmeza: no va a despreciar a sus contrincantes. En esta escena no pude menos que admirar la madurez y la grandeza de alma del niño.

"En el deporte competitivo bien entendido, el hombre rivaliza,
en definitiva, consigo mismo. Y se puede demostrar que sólo
cuando adopta esta actitud alcanza el máximo de rendimiento"

Sin embargo, y he aquí una parte de la cuestión que ha atraído mi atención, ¿hasta qué punto el impulso por ganar tiende a inducir sentimientos hostiles hacia el contrincante? Insto al lector a que observe las reacciones de quienes participan en deportes y en otras actividades competitivas, en las que unos ganan y otros pierden. Que observe especialmente las situaciones en las que hay sólo dos jugadores. Que observe también a los espectadores. ¡Cuánto odio y violencia en tantas situaciones! Le propongo también que recuerde situaciones en las que ha tenido un contrincante. Que piense en una negociación difícil y recuerde lo que sentía hacia su interlocutor cuando éste no cedía y la negociación se alargaba. ¿Acaso no ha sentido, al menos, irritación hacia su interlocutor?, o ¿quizás algo más hondo y oscuro?

Al término de la película hay otra hermosa escena. El niño protagonista ha llegado a la prueba final y juega con otro niño que ha ganado en las anteriores pruebas de selección. El pequeño protagonista hace un gesto de saludo al que el otro no contesta. Cuando el juego está ya muy avanzado, el protagonista analiza los posibles movimientos de las fichas de ambos y concluye que él va ganar. Entonces le ofrece a su contrincante quedar en tablas. Le dice que va a ganarle. Éste rechaza el ofrecimiento y el protagonista gana. Su grandeza de alma no deja de admirar a los asistentes, y también a este espectador. En un mundo tan competitivo, en que tantos se esfuerzan por ser el ganador, sorprende gratamente la reacción de este niño.

Al final de la película, un texto explica que el niño, ahora convertido en un brillante jugador de ajedrez, practica además varios deportes y también tiene tiempo para disfrutar pescando. Un modelo de salud mental.

Mis consideraciones anteriores enlazan con un trabajo de Viktor Frankl sobre el deporte como fenómeno humano. Refiriéndose al deporte, Frankl apunta que "en el deporte competitivo bien entendido, el hombre rivaliza, en definitiva, consigo mismo. Y se puede demostrar que sólo cuando adopta esta actitud alcanza el máximo de rendimiento. A la inversa, un exceso de intención (la hiperintención, como se dice en logoterapia) lleva al agarrotamiento...". Parece que en el deporte, cuanto más se ansía la victoria, más se escapa ésta de las manos. En el deporte competitivo bien entendido, el hombre rivaliza en definitiva consigo mismo. En esta clase de deporte, la mejor motivación podría ser que uno quiera medirse con otro, pero sin intentar directamente vencerle. Cuanto más atento está el luchador a vencer al otro, más se agarrota, en lugar de estar relajado. Frankl cita las manifestaciones de varios deportistas distinguidos que apoyan sus conclusiones.

Esforzarse por ser el primero genera agarrotamiento.
Lo sano y lo bueno es dar lo mejor de uno mismo

Un ejemplo patético de las consecuencias personales del ansia de ganar lo tenemos en la vida del pianista David Helfgott, llevada al cine en la película "Shine". El padre del protagonista, un hombre altamente dominante, exige a éste, insistentemente, que sea el mejor. El joven David se esfuerza hasta tal extremo que, finalmente, sufre un grave desequilibrio mental que quiebra su carrera. Años después, suficientemente recuperado, consigue rehacer su carrera de pianista.

El lector, directivo de empresa, puede estar preguntándose a dónde quiere ir el autor y qué implica todo esto para el trabajo de un directivo. Lo que intento transmitir es que centrar el esfuerzo en ser el ganador, ya sea en la misma organización o en el mercado, no es una actitud buena. ¿Vale la pena preocuparse por ser el primero en un ranking? Usando las palabras de Frankl, esforzarse por ser el primero genera agarrotamiento. Lo sano y lo bueno es dar lo mejor de uno mismo. ¿Acaso no es ésta la vocación del hombre? Por eso, la búsqueda de la excelencia y la mejora continua son posturas sanas e innovadoras. Hasta los organizadores de los Oscar lo han intuido. Ya no dicen "and the winner is", sino "the Oscar goes to".




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