La
cuestión que me propongo analizar en este artículo es si es
bueno esforzarse por ser el ganador. El estímulo más inmediato
para abordar esta cuestión es la reciente visión de una película,
"En busca de Bobby Fisher", sobre el famoso jugador de ajedrez.
La película se basa en las experiencias infantiles de un brillante
jugador de ajedrez. Una escena muy interesante invita a pensar sobre la
cuestión que estamos tratando. El niño protagonista y su profesor
de ajedrez están conversando, cuando éste le dice al pequeño
que Bobby Fisher despreciaba a sus contrincantes y que él debería
hacer lo mismo. El niño le contesta que él no va a ser como
Bobby Fisher. Lo dice con firmeza: no va a despreciar a sus contrincantes.
En esta escena no pude menos que admirar la madurez y la grandeza de alma
del niño.
"En el deporte competitivo
bien entendido, el hombre rivaliza,
en definitiva, consigo mismo. Y se puede demostrar que sólo
cuando adopta esta actitud alcanza el máximo de rendimiento"
Sin embargo, y he aquí una parte de la cuestión
que ha atraído mi atención, ¿hasta qué punto
el impulso por ganar tiende a inducir sentimientos hostiles hacia el contrincante?
Insto al lector a que observe las reacciones de quienes participan en deportes
y en otras actividades competitivas, en las que unos ganan y otros pierden.
Que observe especialmente las situaciones en las que hay sólo dos
jugadores. Que observe también a los espectadores. ¡Cuánto
odio y violencia en tantas situaciones! Le propongo también que recuerde
situaciones en las que ha tenido un contrincante. Que piense en una negociación
difícil y recuerde lo que sentía hacia su interlocutor cuando
éste no cedía y la negociación se alargaba. ¿Acaso
no ha sentido, al menos, irritación hacia su interlocutor?, o ¿quizás
algo más hondo y oscuro?
Al término de la película hay otra hermosa escena. El niño
protagonista ha llegado a la prueba final y juega con otro niño que
ha ganado en las anteriores pruebas de selección. El pequeño
protagonista hace un gesto de saludo al que el otro no contesta. Cuando
el juego está ya muy avanzado, el protagonista analiza los posibles
movimientos de las fichas de ambos y concluye que él va ganar. Entonces
le ofrece a su contrincante quedar en tablas. Le dice que va a ganarle.
Éste rechaza el ofrecimiento y el protagonista gana. Su grandeza
de alma no deja de admirar a los asistentes, y también a este espectador.
En un mundo tan competitivo, en que tantos se esfuerzan por ser el ganador,
sorprende gratamente la reacción de este niño.
Al final de la película, un texto explica que el niño, ahora
convertido en un brillante jugador de ajedrez, practica además varios
deportes y también tiene tiempo para disfrutar pescando. Un modelo
de salud mental.
Mis consideraciones anteriores enlazan con un trabajo de Viktor Frankl sobre
el deporte como fenómeno humano. Refiriéndose al deporte,
Frankl apunta que "en el deporte competitivo bien entendido, el hombre
rivaliza, en definitiva, consigo mismo. Y se puede demostrar que sólo
cuando adopta esta actitud alcanza el máximo de rendimiento. A la
inversa, un exceso de intención (la hiperintención, como se
dice en logoterapia) lleva al agarrotamiento...". Parece que en el
deporte, cuanto más se ansía la victoria, más se escapa
ésta de las manos. En el deporte competitivo bien entendido, el hombre
rivaliza en definitiva consigo mismo. En esta clase de deporte, la mejor
motivación podría ser que uno quiera medirse con otro, pero
sin intentar directamente vencerle. Cuanto más atento está
el luchador a vencer al otro, más se agarrota, en lugar de estar
relajado. Frankl cita las manifestaciones de varios deportistas distinguidos
que apoyan sus conclusiones.
Esforzarse por ser el primero genera
agarrotamiento.
Lo sano y lo bueno es dar lo mejor de uno mismo
Un ejemplo patético de las consecuencias
personales del ansia de ganar lo tenemos en la vida del pianista David Helfgott,
llevada al cine en la película "Shine". El padre del protagonista,
un hombre altamente dominante, exige a éste, insistentemente, que
sea el mejor. El joven David se esfuerza hasta tal extremo que, finalmente,
sufre un grave desequilibrio mental que quiebra su carrera. Años
después, suficientemente recuperado, consigue rehacer su carrera
de pianista.
El lector, directivo de empresa, puede estar preguntándose a dónde
quiere ir el autor y qué implica todo esto para el trabajo de un
directivo. Lo que intento transmitir es que centrar el esfuerzo en ser el
ganador, ya sea en la misma organización o en el mercado, no es una
actitud buena. ¿Vale la pena preocuparse por ser el primero en un
ranking? Usando las palabras de Frankl, esforzarse por ser el primero genera
agarrotamiento. Lo sano y lo bueno es dar lo mejor de uno mismo. ¿Acaso
no es ésta la vocación del hombre? Por eso, la búsqueda
de la excelencia y la mejora continua son posturas sanas e innovadoras.
Hasta los organizadores de los Oscar lo han intuido. Ya no dicen "and
the winner is", sino "the Oscar goes to". |