Difícil contestar
a la pregunta que sirve de título para este artículo. Máxime
cuando entre todos estamos bombardeando al directivo moderno con múltiples
listados de las excelencias que debe poseer. Estratega competente, organizador
clarividente, diseñador eficaz de las políticas de dirección,
visionario futurista de los negocios, sentido de la misión de la
empresa, agente de cambio, dueño de principios claros y consistentes
para formular la cultura corporativa, coherencia y fortaleza para aplicarla,
etc.
No es de extrañar que su lectura y análisis pueda generar
sentimientos de frustración, inseguridad e incluso de culpabilidad.
Estas líneas no presentan un cuadro completo y operativo de competencias
directivas. Sólo pretenden dibujar un trazo personal de algunos de
los rasgos y actitudes que exige el oficio de dirigir. Sentada esta premisa,
sigamos a un directivo por la casa empresarial.
En la primera planta, descansa su bagaje de aptitudes técnicas, su
almacén científico. El ritmo y profundidad de los cambios
políticos, sociales, culturales y tecnológicos han hecho de
la obsolescencia cuestión de semanas. Bueno será revisar el
elenco de conocimientos financieros, comerciales, de producción,
de idiomas hoy ya no vale chapurrear spanglish, económicos,
jurídicos... para asegurar su puesta al día.
Obvio decir que una sólida base técnica es condición
necesaria, pero insuficiente. El directivo ha de recorrer con prudencia
y rigor otras estancias más sutiles de la mansión organizacional.
Nos encontramos en la planta de las habilidades humanas requeridas para
gobernar con solvencia. A título de ejemplo: la complejidad del mundo
contemporáneo, los procesos de globalización de la economía,
la aceleración de la ciencia en diversas ramas del saber, nos han
revelado que el hombre, solo, es un ser dramáticamente frágil
y vulnerable. La autosuficiencia que algunos individualistas ansían
se aleja misteriosamente de su horizonte. De ahí que se hable en
todos los foros de pensamiento de la necesidad de trabajar en equipo. La
teoría la conocemos todos: cuatro ojos ven más que dos, se
suman competencias singulares y complementarias, se abordan problemas intrincados
desde diversos puntos de vista, etc. Sin embargo, su puesta en práctica
es harina de otro costal. Trabajar en equipo para mentalidades como la nuestra,
falta de hábitos y costumbres en nuestra infancia y juventud
lo grupal se asociaba al deporte elegido (fútbol, baloncesto, hockey...),
el esfuerzo académico se realizaba en solitario, requiere una
suerte de capacidades que nos son ajenas.
Gobernar la armonía
Si un equipo es un grupo de personas que persigue alcanzar un objetivo común
a partir de una asignación clara de tareas, asumiendo todas ellas
los resultados que se consigan, el director del mismo ha de manejar con
soltura y naturalidad el arte de preguntar, ha de practicar el más
difícil todavía de escuchar con empatía las opiniones
de los demás, sobre todo las contrarias escuchar es un esfuerzo
intelectual por comprender al otro, ha de interpretar y leer el silencio
interlocutor incisivo en el diálogo humano, ha de fomentar
el disenso creativo y constructivo para alumbrar el concepto de sinergia
el todo es más que la suma de las partes, y ha de garantizar
el respeto a una serie de reglas de juego que enmarcan y protegen la armonía
del grupo.
En suma, dirigir un equipo tiene bastante que ver con aquello que alguien
dijo: "Aquí yace un hombre que atrajo a su servicio a personas
mejores que él mismo".
Tal vez por la dificultad intrínseca al proceso, este país
se dedique más a reunirse que a trabajar en equipo. ¡Cuántas
reuniones eternas, protocolarias, generadoras de incredulidad y escepticismo
(se te convoca a una reunión teóricamente decisoria y enseguida
te das cuenta de que estás ante una reunión meramente informativa,
la decisión ya se ha tomado en otros lares), donde se juega al poder
y al estatus que egos débiles buscan obsesivamente!
En este punto es oportuno recordar las palabras que Napoleón dedicaba
a un grupo de sus generales: "No están ustedes aquí para
compartir mi parecer, sino para darme el suyo. Yo ya lo compararé
con el mío para juzgar cuál es el mejor"(1). La necesidad
de ser aceptado por el grupo silencia y suprime tantas veces ese parecer
personal. Son pocos los que dejan el rebaño y se adentran sin miedo
en la soledad que toda decisión original comporta.
A este respecto, es obligado reflexionar sobre el significado de la palabra
responsabilidad. Respons-abilidad implica la habilidad de responder a los
retos que la vida presenta. Es un atributo personal e intransferible; un
equipo nunca puede derivar en un cómodo paraguas que diluye la responsabilidad
individual de cada miembro. Ya nos lo advirtieron los clásicos: "Tanto
el éxito como el fracaso son hijos ilegítimos; el éxito,
porque tiene muchos padres; el fracaso, porque no tiene ninguno". Las
cartas que el actual presidente checo, Vaclav Havel, escribió a su
esposa durante los cuatro años de prisión que tuvo que sufrir,
constituyen una meditación seria y sobria sobre la responsabilidad.
"El misterio de la vida del hombre le confiesa Havel a su mujer
es el misterio de su responsabilidad"(2).
Yo le añadiría a mi admirado Havel que la vida del hombre,
por tanto la del directivo, es también el misterio de su libertad:
una y otra caminan de la mano. Cuando hablo de libertad no me refiero, con
ser importante, a la libertad política y jurídica de las sociedades
más avanzadas. Estoy pensando en la libertad interior del hombre
de elegir la respuesta frente al acontecimiento exterior. Que esté
informada por la razón y por la paciencia diferir la gratificación
puede resultar capital es lo que nos distingue del resto de especies
animales. Victor Frankl es uno de los autores que más se ha rebelado
contra un determinismo que coloca al hombre en una indefensión autómata
preocupante. Su libro "El hombre en busca de sentido"(3), obra
clave de la mejor psicología moderna, está escrito a raíz
de los dos años que pasó en el infierno de Auschwitz, hecho
que confiere a la verificación empírica de sus hipótesis
de trabajo una indudable autoridad moral.
Las ideas de la libertad y la responsabilidad me han subido al piso noble
de los valores, sala donde el directivo debe sentirse cómodo y acogido.
"A un hombre de Estado no le hacen falta todas esas cualidades mencionadas:
integridad, religiosidad, clemencia, caridad y humanidad. Pero no está
de más que parezca que las tiene. Incluso teniéndolas y poniéndolas
en práctica, son dañinas, mientras que, simulando tenerlas,
son útiles"(4).
El lector ya habrá adivinado que estamos ante "El Príncipe"
de Maquiavelo, obra de una enorme ascendencia intelectual. En ella ha bebido
y bebe gran parte de la clase política, y mucho me temo, un segmento
ascendente de directivos. ¿Regla de oro del Príncipe? La adaptabilidad
oportunista "es necesario que tenga el ánimo dispuesto
a cambiar según soplen los vientos de la fortuna"(5), la
moda y la estadística en detrimento de un liderazgo anclado en su
dimensión moral.
Lester Thurow, en "El futuro del capitalismo", avisa a más
de un directivo que entroniza lo efímero y superficial: "El
liderazgo auténtico consiste en cambiar la dirección del desfile
o conseguir un nuevo desfile, algo tan arriesgado que muy pocos quieren
intentarlo"(6). El mismo Napoleón, gran estratega pero amateur
inexperto en estas cuestiones, intuye el salto cualitativo que todo gobernante
ha de dar: "A la larga, el sable es derrotado siempre por el espíritu"(7).
Abraham Lincoln, el gran presidente norteamericano, lo tenía meridianamente
claro: "Deseo gobernar de tal forma que, al final, cuando haya dejado
las riendas y haya perdido todas las amistades sobre la tierra, me quede
cuando menos un amigo dentro de mí"(8). Esa paz interior exige
el respeto de unos valores libertad, justicia, honestidad, solidaridad
que, en medio de la diversidad cultural, siempre enriquecedora, han de guiar
la convivencia social.
Desde la plataforma de unos valores fuertemente asentados en la vida organizacional,
el directivo debe contribuir a una definición de la misión
de la empresa integradora de los intereses de los distintos stakeholders
(empleados, accionistas, clientes, sociedad...).
Pondré dos ejemplos bien ilustrativos. Uno, el de Frances Hesselbein,
presidenta durante años de las girl scouts en Estados Unidos. Su
misión, "ayudar a cada niña a alcanzar su máximo
potencial como ser humano"(9). Otro, Matsushita, emprendedor japonés
que convoca a sus colaboradores para la siguiente empresa: "La misión
de un manager es superar la pobreza, liberar a la sociedad de la miseria,
crear riqueza y responder a los deseos de los seres humanos para mejorar
sus vidas"(10).
Ése es el objetivo final a alcanzar. A partir de ahí, define
la herramienta para lograrlo: el beneficio. "Si no somos rentables,
eso significa que estamos cometiendo un crimen contra la sociedad. Cogemos
de ella capital, materiales, su gente, sin crear valor añadido. Estamos
utilizando mal unos recursos preciosos para el país"(11).
Liberar talento humano
La lectura de textos de esta naturaleza me anima a subir a la buhardilla
de la casa e instalarme en la cumbre de la función directiva. Dirigir
no puede ser otra cosa que liberar talento humano al servicio de una causa
noble. Se trata de la función educadora que la profesión de
dirigir conlleva. Educación en el sentido de la genial analogía
de la Caverna de Sócrates, recogida por Platón en "La
República": "La educación es el movimiento desde
la oscuridad hacia la luz"(12). Viaje nada sencillo; a muchos, los
primeros rayos les deslumbran tanto que vuelven a "la seguridad"
anterior de las tinieblas. Manejar ese proceso con tacto, sensibilidad,
firmeza, a caballo del realismo y el idealismo el directivo debe tener
los pies en la tierra y la cabeza en las nubes, es toda una aventura
profesional.
Para finalizar el recorrido, como todo buen arquitecto, tal vez sea necesario
visitar los cimientos del edificio social. Ahí, en los sótanos,
nos encontramos con un ser más profundo. En palabras de Ortega: "Si
quiere dirigir a los demás, tendrá que imperar sobre usted
mismo"(13), que nos recuerda algo del "conócete a ti mismo"
de Tales. La misma capacidad de comunicar, consustancial al ser dialógico
del hombre, comienza con uno mismo: "el hombre mantiene un diálogo
interior consigo mismo"(14). De la calidad de esa conversación
intrapersonal dependen muchas cosas, entre otras, la hondura y franqueza
de nuestra comunicación interpersonal. Detengámonos, pues,
en la estructura personal que soporta y explica la red de relaciones profesionales.
La objetividad ha de estar siempre presente en
un buen directivo.
Éste trabaja para mejorar la realidad, así que su primer deber
es captarla y aprehenderla en su dinamismo. Para ello se requiere estar
en posesión de una mirada limpia y penetrante. El hombre mira con
los ojos, pero ve con la mente; eso explica que muchas veces acabemos viendo
lo que queremos ver, escuchando lo que queremos oír. Goleman, autor
del conocido best-seller "Inteligencia emocional", en otro trabajo
suyo, "El punto ciego", explica este mecanismo de defensa: "La
mente puede protegerse de la realidad disminuyendo la atención"(15).
De esta manera, la realidad, maestra terca y perseverante, queda gravemente
distorsionada. A partir de ahí todo lo que resta será iniciar
una huida suicida. Distinguir los hechos de las opiniones es menester en
el directivo, ése es el consejo que el propio Marco Aurelio se daba
a sí mismo: "Hoy he escapado de los estorbos, o mejor, los he
expulsado, pues en realidad estaban dentro de mí: eran mis propias
opiniones"(16). No se trata de no tenerlas, sino de cribarlas en el
riguroso filtro de la realidad.
Una mente abierta e inquieta se dejará asombrar
e interrogar por la inmensidad de la realidad.
De ahí a la curiosidad por aprender propia de un estudiante aplicado,
media un paso. Que la juventud es más una disposición de la
mente y del espíritu que una cuestión biológica, me
lo reafirma el ya referido Matsushita, eterno investigador. Con más
de 80 años, después de haber fundado uno de los grupos empresariales
más importantes de este siglo, después de haber iniciado el
prestigioso Instituto de management y gobierno que lleva su nombre, después
de haber dotado un importante premio el Japan Price, el equivalente
japonés al Nobel, y de haber escrito 17 libros, se arranca a decir:
"El concepto de prosperidad se nos escurrirá entre las manos
hasta que no entendamos la naturaleza humana. Así que me dispongo
a estudiar al ser humano con mente abierta y corazón humilde"(17).
¡Esto con 84 años y después de una carrera jalonada
de éxitos! ¡Qué lejos de la autocomplacencia y vanidad
de los incompetentes! Corazón humilde y apertura mental, compañeros
imprescindibles en el equipaje del directivo.
Un carácter sobrio que se crece ante la
adversidad y una buena dosis de fuerza de voluntad, son también necesarios
para dirigir.
Esta última, como nos recuerda Marina en su trabajo sobre la voluntad,
no parece estar de moda. "El esfuerzo desprende tufillo a sacristía,
a cuartel o a dictadura, por lo que no es extraño que la gente prefiera
tenerlo lejos. Hoy día existe una indignante apelación a la
facilidad"(18). ¡Qué razón tiene el profesor Marina!
Aprenda inglés en un mes, a programar en una semana, obtenga un Master
en Dirección en unos meses. Éstos son los mensajes de cierta
publicidad: la facilidad e inmediatez, presentes; la reflexión, el
trabajo y la constancia, ausentes. Cualquier directivo experto sabe que
nada se improvisa, que la inspiración suele llegar, ¡qué
casualidad!, después de horas y horas de perspiración. Por
ello, la voluntad y reciedumbre siempre te las encuentras en una carrera
exitosa.
Un buen directivo será prudente que reflexione sobre la relación
que mantiene con dos poderosos caballeros. El nombre del primero, "Don
Dinero".
¿Es éste un instrumento importante para sacar proyectos adelante
y para esquivar la demagogia, el espiritualismo y la irresponsabilidad social,
o constituye un fin en sí mismo que se torna totalitario y esclavizante?
Al respecto, aconsejo la lectura del libro "Money and the meaning of
life"(19), de Needleman. En él describe el dinero "como
un espejo que me retrata". Cómo lo gano, a qué lo destino,
quién gobierna a quién, son algunos de los interrogantes que
Needleman se plantea. Sería bueno contestarlos desde la sinceridad
y ponderación, no desde lugares comunes y estandarizantes.
El segundo, el tiempo humano, el recurso más valioso que un buen
directivo debe administrar sabiamente.
A este respecto, el conocido cuadrante de Covey lo urgente y lo importante(20)
es esclarecedor. ¡Cuánto directivo atrapado en la tiranía
de urgencias ajenas o autoimpuestas que relega lo importante a un segundo
plano! A ese directivo hiperactivo, acelerado y ruidoso ¡qué
sospechosa necesidad tienen algunos de que los demás noten su trabajo!,
le aconsejaría encarecidamente la lectura de Séneca. Su "Invitación
a la serenidad" rezuma una sabiduría de la que estamos muy necesitados:
"¡Y tú tan ocupado mientras la vida se apresura hasta
su fin! ¡Vivís como si siempre fueseis a vivir, nunca os viene
a la memoria la fragilidad humana, no observáis cuánto tiempo
ha pasado ya!"(21).
Al directivo que le cuesta soltar las riendas, que delegar le supone una
úlcera, que en su fuero interno se considera imprescindible, le insiste
Séneca: "¡Qué tarde es empezar a vivir cuando hay
que abandonar la vida!"(22).
Sin necesidad de ponernos dramáticos, si dirigir implica facilitar
que el potencial humano se exprese plenamente, esto pasa por un replegarse
progresivo; así hace el océano a la playa. No quisiera hacer
un elogio de la pereza, pero sí de la calma. "La prisa se opone
a la ternura", dice el maestro Rof Carbayo. Y a tantas otras cosas.
Un poco de tranquilidad y reflexión no vendría nada mal para
contrarrestar algunas tendencias directivas que absolutizan la cantidad
de trabajo en lugar de la calidad.
Razón y corazón
Ya me apresuro al final de mi trabajo. Los últimos párrafos
han dejado correr mi inquietud por carreras profesionales tan absorbentes
que ahogan otras dimensiones familiares, sociales, espirituales...
de la persona. Sinceramente, sospecho de un directivo que no ejerce como
padre, como esposo, como ciudadano sensible a lo que acontece a su alrededor,
que no lee, que no disfruta de una tertulia con los amigos, de una puesta
de sol, que no inquiere sobre el porqué último de la vida,
que no bucea la respuesta en lo más íntimo de su corazón.
De hecho, dirigir reclama la síntesis entre la razón y el
corazón. La primera, esencia de la condición humana, ha sido
suficientemente exaltada por el hombre occidental. El segundo, recinto de
emociones y afectos, casi ha sido proscrito. "¿Qué importa
que el entendimiento se adelante si el corazón se queda?"(23),
se cuestiona Baltasar Gracián.
La búsqueda de ese difícil equilibrio se me antoja vital para
el directivo del próximo siglo. Como toda búsqueda que merezca
la pena, irá acompañada de tropiezos y sobresaltos, de modo
que bueno será que el directivo se pertreche de un sentido del humor
que le permita bregar con sus limitaciones. "Y no permitas que esa
casa que se llama yo, y que siempre tiende a dilatarse, me preocupe demasiado"(24),
ruega Tomás Moro.
Yo también se lo deseo a tantos y tantos profesionales instalados
en la seriedad permanente, en el tremendismo, en la rigidez e intolerancia.
Cuando visito una empresa, cada vez me inspira más confianza la capacidad
de reírse y bromear de sus directivos.
Divertirse es bueno para todo, también para el trabajo. "No
nos hacen sufrir las cosas, sino las ideas que tenemos de las cosas"(25),
piensa Epícteto. Y es verdad; siendo las circunstancias parecidas,
unos eligen vivir intensamente y otros vagan como alma en pena.
Un directivo pesimista es casi una contradicción. El no tomarse muy
en serio, el tener claro lo que es primordial y accidental, lo que es fin
y lo que es medio, es fundamental. "Si tropiezas en el triunfo, y llega
la derrota y a los dos impostores les tratas de igual modo, serás
hombre, hijo mío"(26).
Lo importante, siguiendo a Kipling, no es empecinarse en un éxito
que se puede tornar esquivo, sino seguir caminando en la dirección
correcta. "Aspira a lo absoluto si en lo relativo quieres progresar"(27),
aconsejaba Unamuno a un joven discípulo. Einstein decía que
"el hombre es como una bicicleta: si se para, se cae"(28). La
posibilidad de caída es lo que hace grande el obrar humano. Hay que
levantarse, sacudirse el polvo, tomar nuevas fuerzas y proseguir el viaje
hacia un hogar en construcción.
Con algunas excepciones, lo que
se ha publicado recientemente
sobre consejos de administración pone de manifiesto que el gobierno
de las empresas sigue teniendo la nacionalidad del origen de la empresa
1 Ludwig, E., "Napoleón", Juventud, Barcelona,
1929.
2 Havel, V., "Cartas a Olga", Círculo de Lectores, Barcelona,
1997.
3 Frankl, V., "El hombre en busca de sentido", Herder, Barcelona,
1989.
4 Maquiavelo, "El príncipe", Temas de hoy, Madrid, 1994.
5 Ibídem.
6 Thurow, L., "El futuro del capitalismo", Ariel Sociedad Económica,
Barcelona, 1996.
7 Ibídem, Nota 1.
8 Ludwig, E., "Lincoln", Juventud, Barcelona, 1931.
9 O'Toole, J., "Leading Change: The Argument for Values-Based Leadership",
Ballantine Books, Nueva York, 1996.
10 Kotter, J., "Matsushita Leadership", The Free Press, Nueva
York, 1997.
11 Ibídem.
12 Platón, "La República, o de la justicia", Libro
VII, obras completas, Alianza Editorial, Madrid, 1990.
13 Ortega y Gasset, J., "Obras completas", Ediciones Aguilar,
Madrid, 1997.
14 Pascal, B., "Pensamientos", Temas de hoy, Madrid, 1995.
15 Goleman, D., "El punto ciego", Plaza & Janés, Barcelona,
1997.
16 Marco Aurelio, "Meditaciones". Temas de hoy, Madrid, 1994.
17 Kotter, J., "Matsushita Leadership", The Free Press, Nueva
York, 1997.
18 Marina, J., "El misterio de la voluntad perdida", Anagrama,
Barcelona, 1997.
19 Needleman, J., "Money and the meaning of life", Currency Doubleday,
Nueva York, 1994.
20 Covey, S., "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva",
Paidós, Barcelona, 1996.
21 Séneca, L., "Invitación a la serenidad", Temas
de hoy, Madrid, 1996.
22 Ibídem.
23 Gracián, B., "El arte de la prudencia", Temas de hoy,
Madrid, 1993.
24 Ackroyd, P., "The life of Thomas More", Chatto & Windus,
Random House, Londres, 1998.
25 Séneca, L., "Tratados filosóficos", Porrúa,
Madrid, 1992.
26 Kippling, R., "La luz que se apaga", Ediciones Aguilar, Madrid,
1987.
27 Unamuno, M., "Obras selectas", Biblioteca Nueva, Madrid, 1977.
28 Carter, P. y Highfield, R., "Las vidas privadas de Einstein",
Espasa Calpe, Madrid, 1996. |