Globalización, Estado y organización empresarial: más allá del espejismo del cambio

El entorno de la empresa

Alfredo Pastor

Dicen que el mundo en que se desenvuelve la empresa ha cambiado. Bien, tratemos de adivinar qué dirección llevan los cambios para estar sobre aviso y prepararnos. Analicemos el fenómeno de la globalización y el papel del Estado y la empresa en la economía


    ¿Debe ser el objetivo de una empresa crear empleo? - J. Gual
RESUMEN    Algunas teorías sobre el futuro que asumimos como certezas no son más que impresiones falsas. Si llamamos "globalización" a la libre circulación de mercancías, capitales y personas, podemos ver que las cifras récord del siglo pertenecen al período de entreguerras. En cuanto a la paulatina reducción del papel del Estado en la economía, las cifras indican que la intervención del Estado ­que siempre será necesaria­ crece. Por último, en cuanto al nuevo papel de la empresa en la sociedad, el autor considera que el empresario debe afrontar el reto de crear riqueza con empleo si no quiere volver atrás y perder las ventajas del actual entorno.
SUMMARY    Some of the theories about the future that we accept as certain are no more than false impressions. If we call "globalization" the free circulation of goods, capital and labor, we will see that the highest figures correspond to the period between the two World Wars. As regards the gradual reduction of the role of the State in the economy, the figures indicate that State intervention ­which will always be necessary­ is actually growing. Finally, as regards the company's new role in society, the author considers that the employer must face up to the challenge of creating both wealth and employment if he does not wish to regress and lose the advantages of the present environment.

Cada época tiene su palabra de moda o su lema favorito. Quien repasara las notas tomadas en los múltiples seminarios sobre gestión de empresas a los que ­voluntaria o involuntariamente­ se somete, y tuviera la paciencia necesaria para tabular los términos más frecuentemente usados, vería que la moda de la distribución corresponde al término "flexibilidad": la empresa, y con ella el empresario, han de ser ante todo flexibles. ¿Para qué? "Hombre, pues para adaptarse a un entorno cambiante", suele uno contestar a quien pide explicaciones. Pero, ¿a qué viene tanta preocupación por el cambio? Cualquiera diría que los últimos doscientos años ­y en particular durante este siglo que ahora termina­ han sido una mar en calma.

Tratemos, pues, de ver qué quiere decirse con eso de "un entorno cambiante"; qué es lo que ­en el mundo en que se desenvuelve la empresa­ ha cambiado; tratemos también de adivinar qué dirección llevan esos cambios (si es que llevan alguna), para así estar un poco sobre aviso y que los cambios no nos pillen por sorpresa.

Y para no acometer la tarea imposible de hablar de todo, centremos la reflexión en tres aspectos que, sin duda, el lector considerará relevantes: un fenómeno a escala mundial, para el que hemos inventado el término "globalización"; otro, más propio de países desarrollados, que es el papel cambiante del Estado en una economía de mercado; y un tercero ­consecuencia en parte de los dos anteriores­, que es el papel de la empresa.


La "globalización"

"Vivimos en un mundo global", se dice a menudo, con cierto desprecio por la semántica. Seguramente se quiere subrayar la percepción de que la empresa está hoy, más que antes, afectada por sucesos que se producen en lugares muy alejados del planeta.

El empresario español procura informarse de lo que ocurre en países como Japón o Argentina, aunque quizá no tenga relaciones directas con ninguno. Pues bien, esta impresión corresponde, en parte, a un cambio real; en parte, también, a un mero sentimiento.


Un cambio real

Si ese fenómeno de globalización es objetivo, debe reflejarse en los datos, y éstos nos dan una respuesta ambigua. Por lo que se refiere a los movimientos de mercancías y servicios ­al comercio internacional­, no hay duda de que los últimos cincuenta años, a contar desde el final de la segunda guerra mundial, han sido el escenario de un crecimiento notable de los flujos comerciales entre países, que han crecido sistemáticamente por encima del producto interior bruto (PIB).

Pero incluso después de ese crecimiento, no es cierto que exportaciones e importaciones representen una parte mucho mayor de la actividad económica que hace cien años: antes de la primera guerra mundial.

En países como Francia y el Reino Unido, las exportaciones de mercancías representaban un porcentaje mayor del PIB del que representan hoy.

En realidad, si hoy nos parece vivir en un mundo nuevo es por el recuerdo del período de entreguerras, cuando las economías avanzadas, empezando por la norteamericana, cerraron sus fronteras en un intento de mantener su nivel de ocupación. A título de ejemplo, recordemos que el año en que el peso de las exportaciones españolas alcanzó su mínimo histórico fue 1931 y no 1940.

Con todo, la eliminación de las barreras comerciales ­impulsada sobre todo por Estados Unidos a partir de 1945­ ha dado tan buenos frutos para todos los participantes, por lo menos entre los países avanzados, que no es aventurado suponer que seguiremos avanzando en esa dirección. Por tanto, el empresario ­y en particular el empresario español­, no debe incluir el regreso a la autarquía entre sus escenarios.

La globalización abarca, sin embargo, algo más que los meros movimientos de mercancías y servicios. ¿Qué hay de la libertad de movimientos de capital? Cierto: desoyendo los consejos de Keynes ­que ya no estaba aquí para insistir en sus argumentos­, los países avanzados, y algunos que no lo están tanto, han ido liberalizando la cuenta de capital de sus balanzas de pagos y hoy es fácil desplazar el dinero adonde uno quiere.

Pero así como el veredicto sobre los beneficios de la liberalización del comercio es favorable, hay que ser más cauto por lo que a los movimientos de capital se refiere: los datos muestran que, en el período 1980-1996, aquellos movimientos de capital a corto que constituyen compraventa de bonos y acciones han crecido a un 25% anual, y los de divisas al 24% anual, de modo que, juntos, representan la casi totalidad de los movimientos de capital en un momento cualquiera del tiempo.

Por el contrario, la inversión exterior directa ­que era la principal justificación de la libertad de movimientos de capital, porque permitía que el ahorro buscara las oportunidades más favorables de inversión en todo el mundo y daba acceso a los países menos desarrollados al ahorro de los países ricos­, sólo ha crecido al 7% anual, hasta el extremo que en algunos países, como los Países Bajos o el Reino Unido, las inversiones directas acumuladas en el exterior son hoy, en porcentaje del PIB, la mitad de lo que eran a principios de siglo. Como, por otra parte, los movimientos de capital han contribuido a agravar las consecuencias de políticas económicas desacertadas en más de un país, hay quien empieza a decir que la libertad de movimientos de capital presenta un riesgo cierto ­si así puede decirse­ y un beneficio dudoso.

No nos extrañemos, pues, de la aparición de propuestas de limitación de esos movimientos, aunque es poco probable que en las circunstancias actuales, dichas propuestas puedan llevarse a la práctica.

Recordemos, en fin, que si la globalización se extiende a bienes, servicios y capitales, no parece afectar mucho a las personas. Nadie prevé una intensificación de los flujos migratorios hacia las economías avanzadas. (Naturalmente, a nadie se le ha ocurrido pensar en emigraciones masivas de países ricos a países pobres.)

Los movimientos de población son hoy mucho menos intensos que a principios de siglo, e incluso que hace quince años. Ni siquiera en países receptores como Alemania llega hoy el flujo anual de inmigrantes a representar el 1% de la población; en países como Estados Unidos o Francia, está en torno al 0,3%.

Así, pues, los datos nos sugieren que la globalización no es un fenómeno tan nuevo ni tan generalizado como suele decirse; y el empresario hará bien en mantener la cabeza fría cuando se le sugiera tal o cual cosa en nombre de "las exigencias de la economía global", expresión que no significa casi nada.

Por otra parte, la sensación de globalización está presente, y no es menos real por no estar sólidamente basada en los hechos: el empresario deberá, pues, seguir atentamente ese "sentimiento del mercado", porque sabe que, en economía, las impresiones son a menudo más poderosas que las cifras.

Este proceso de integración entre las economías del planeta presenta muchas incógnitas, entre las que merece la pena señalar dos, que pueden terminar siendo puntos de conflicto: la formación de grandes bloques aislados y la convergencia entre países ricos y países pobres.

El Cuadro 1 muestra cómo el 71,6% del PIB mundial es producido por tres grandes bloques: dos de tamaño parecido, Estados Unidos y la Unión Europea, y otro algo menor, Japón.


Tres economías cerradas

Observe el lector cómo, a pesar de tanta globalización, el mundo económico está dominado por tres grandes economías cerradas: la última columna nos indica, por ejemplo, que la Unión Europea produce el 80% de lo que consume; Estados Unidos, el 83%, y Japón, el 86%. Si esto sigue así, ¿no corremos el riesgo de crear, no un mundo integrado, sino un mundo polarizado en torno a tres focos, como en el "1984" de Orwell? No cabe duda de que ésta es una cuestión que hay que tener presente, por mucho que hoy no sepamos darle respuesta, y es posible que fenómenos como NAFTA o Mercosur confirmen esa tendencia.

Hay otra posibilidad de polarización: entre ricos y pobres. Los tres grandes bloques, que producen casi las tres cuartas partes del PIB, sólo contienen un 15% de la población mundial; el 85% está en el resto del mundo.

Naturalmente, para ser sostenible, el proceso de integración económica debe beneficiar a todos (aunque no sea por igual); no deberían aumentar las distancias, hoy ya enormes, entre los países más ricos y los menos afortunados.

¿Podemos esperar que esto sea así en el futuro? ¿Podemos esperar que se dé una convergencia sostenida de los niveles de renta per cápita de los países más pobres hacia los de los más ricos? La respuesta es, no: por tomar un ejemplo, un estudio reciente estima que la renta per cápita de los países más ricos era 8,7 veces superior a la de los más pobres en 1870, 38 veces superior en 1960... ¡y 45 veces superior en 1990!

Tampoco en este caso se trata de hacer predicciones; basta con recordar que no hay nada que garantice la convergencia, y que ésta es, sin embargo, una condición necesaria para un mundo en paz. Por lo que se refiere a la desigualdad dentro de países y regiones, el lector puede echar una ojeada al Cuadro 2, que muestra la proporción de la renta total que corresponde al 20% más pobre (Q1) y al 20% más rico (Q5) en las grandes regiones del mundo, para comprobar lo mucho que queda por hacer y lo poco que parece haberse conseguido en treinta años.


El papel del Estado

Éste es otro aspecto en que el entorno de la empresa ha cambiado mucho, pero quizá no tanto como se dice. A juzgar por lo que uno lee en los periódicos, el Estado está en vías de extinción, ¡y ya era hora!, porque son aquellos países en que más se ha reducido el Estado los que muestran una mejor salud económica. Son éstos, por consiguiente, un ejemplo a imitar.

Lo que nos dicen los datos es muy distinto: el peso del sector público en el PIB no ha dejado de crecer en los últimos cuarenta años, pese a que unos y otros juran y perjuran que su más ferviente deseo es el de liberar al sector privado de la carga estatal.

¿Es esto una contradicción? Lo sería, si no fuera porque ha durado tanto tiempo: después de cuarenta años, una contradicción pasa a formar parte de la estructura social.

Lo cierto es que el Estado ha dejado de ser considerado capaz de llevar a cabo ciertas funciones, por una parte (planificación y empresa pública); pero que, por otra, otras seguirán presentes en el futuro previsible (regulación y redistribución), aunque seguramente con características distintas.

Cuando se fundó el IESE, la planificación indicativa vivía su mejor momento, en España y también en Francia ­¡no hace tanto tiempo!­. Es más: diez años antes, cuando Adenauer accedió a la Cancillería de la República Federal Alemana, las elecciones que le dieron la victoria se centraron en el dilema economía planificada-economía de mercado.

Recordemos, finalmente, que no hace más de quince años la empresa pública ocupaba una posición central en nuestra industria, y que la comparación entre empresa pública y empresa privada era objeto de serios debates.

¿Qué queda de todo esto? De la planificación, nada; de la empresa pública, casi nada. Aunque las razones de esa transformación son menos sencillas de lo que parece, pueden resumirse en una: la planificación se percibe como un estorbo en una economía con mercados bien organizados; y las empresas públicas cuyos resultados resisten la comparación con los de las empresas privadas son excepciones honrosas, pero no muy abundantes.

Tal es el consenso sobre la superioridad del mercado y de la empresa privada como marco e instrumento, respectivamente, de una buena asignación de recursos, que no es difícil predecir que, salvo catástrofes imprevisibles, la economía irá otorgando un papel cada vez más central a uno y otra.

Esta desaparición del Estado como planificador y como productor hace que a veces pueda parecernos que el sector público se bate en retirada. Pero el Estado tiene otras funciones (porque la sociedad se las otorga), y ésas no están en trance de desaparecer: el Estado es también un regulador y un garante de la equidad o justicia social.


Regulación y desregulación

Uno tiende a identificar regulación con burocracia, y a pensar, por tanto, que cuanta menos regulación haya, mejor. Ésta es una conclusión apresurada: por una parte, cierta regulación es indispensable para preservar la competencia ­y, sin ella, los beneficios de la economía de mercado corren el riesgo de desaparecer­. Por otra, mediante la regulación, el Estado persigue otros objetivos: proteger al consumidor, evitar situaciones de indefensión o promover una mayor equidad.

La primera clase de regulación ­aquella destinada a preservar la competencia­ irá, sin duda, en aumento: la privatización de servicios con ciertos elementos de monopolio ­en el sector eléctrico o en las telecomunicaciones­ obliga a regular el mercado para evitar abusos por parte del monopolista, hoy privado ­como, por ejemplo, mediante la obligación de dar acceso a las redes a posibles competidores.

La regulación es asimismo necesaria para prohibir prácticas contrarias a la competencia, que el empresario tiene incentivos para adoptar. Así, por ejemplo, la prohibición de acuerdos entre productores o de venta por debajo del coste.

Finalmente, en la medida en que puede presumirse, no siempre con razón, que la competencia efectiva requiere un número mínimo de participantes, el Estado se reserva la potestad de no autorizar determinadas fusiones o concentraciones. Todas estas regulaciones son necesariamente burocráticas y engorrosas: pero hay que desear que se mantengan, aunque cualquier simplificación en los procedimientos sería bien venida.

Otras clases de regulación sufrirán, seguramente, evoluciones diversas, porque su razón de ser es a menudo dudosa: puede uno presumir de que el consumidor está cada día mejor informado y que, por tanto, no necesita tanta protección: pero, ¿basta esto para permitir que una entidad aseguradora pueda redactar sus pólizas como le parezca? ¿Llegaremos a hacer innecesaria la colegiación para los médicos, o sólo para los directores de bandas civiles de música? ¿Confiaremos exclusivamente al mecanismo de mercado la consecución de los objetivos de medio ambiente que la sociedad se propone? Ya se ve que es imposible dar una misma respuesta a todas estas preguntas: con todo, sería deseable que la regulación destinada a proteger al consumidor no tomara a éste por más tonto de lo que es: si así ocurre, quizá veamos en el futuro una regulación más sencilla.

Para terminar, una buena parte de la regulación persigue objetivos de equidad. Por ejemplo, la legislación laboral está dirigida a proteger al trabajador, al que se considera en una situación de indefensión frente al empresario, mucho más poderoso.

El futuro de esa clase de regulación depende de la mutua confianza entre empresario y trabajador: todos sabemos que el empresario tiene interés en aligerarla; pero no está demostrado que esa simplificación vaya también en beneficio del trabajador. El resultado dependerá, pues, del poder de persuasión del empresario, y éste es, sin duda, uno de los mayores desafíos que se presentan al ejecutivo de hoy.


Redistribución

La redistribución es, con la regulación, la actividad que explica el crecimiento del Estado: en los países de la OCDE, mientras el consumo público aumentó en un 15% su participación en el PIB entre 1960 y 1990, los gastos sociales la aumentaron en un 85%: así, pensiones, sanidad y desempleo constituyen hoy la mayor parte del presupuesto público en todas las economías como la nuestra, y no se ve un límite a su crecimiento.

Esta evolución afecta no sólo al ciudadano, sino también al empresario: en efecto, la mayor parte de esos gastos sociales se financian con impuestos sobre el trabajo (ello significa, dicho sea de paso, que la redistribución se limita a reducir las rentas del trabajo más elevadas para aumentar las rentas del trabajo más bajas). Así, un aumento del gasto social termina por repercutir en un aumento del coste laboral unitario; y puede, por ello, erosionar la posición de la empresa en el mercado.

No es aventurado vaticinar que durante los próximos años habrá que poner algún límite a la actividad redistribuidora del Estado. El empresario deberá participar activamente en la discusión: él es quien ha de decir hasta dónde se puede llegar sin poner en peligro el funcionamiento de la economía.


El papel de la empresa

Nadie niega hoy que la empresa privada sea una forma eficaz de organizar la producción, y el mercado un marco eficaz para la asignación de recursos. Nadie niega que una empresa bien llevada sea la que presenta una buena cuenta de resultados: ésta nos indica que la empresa está desempeñando bien su papel. Pero, ¿cuál es ese papel que la sociedad le otorga?

Para contestar a la pregunta, remontémonos hasta 1945, fecha que bien puede llamarse el "nadir" del capitalismo europeo. En aquel año, el gobierno laborista de Attlee decidió nacionalizar la industria pesada británica, mientras De Gaulle hacía lo propio con la francesa. ¿Por qué? Escuchemos a De Gaulle, poco sospechoso de socialismo: "El Estado ­dijo­ debe estar en posesión de las palancas de mando (de la economía); las clases privilegiadas pueden retirarse: se han descalificado ellas mismas". El empresario privado francés ­como el británico­ no había cumplido con su función social: crear una industria moderna, capaz de dar empleo productivo a la población trabajadora: el Estado se veía obligado a sustituirle.


Crear riqueza y empleo

Los tiempos han cambiado mucho, pero esa función social ­ese contrato social, si quiere el lector­ sigue vigente: en una sociedad como la nuestra, lo que legitima el papel del empresario es crear riqueza creando empleo. No hay que olvidar, desde luego, la creación de riqueza: sin ella, no hay empleo productivo. Pero es necesario que el empresario se proponga explícitamente elegir, entre las alternativas que se le presentan, aquella que genere más puestos de trabajo. Frente a esta necesidad, no vale invocar las exigencias de la globalización: primero, porque ya hemos visto que no son para tanto; y también porque, en 1945, los empresarios franceses estaban cargados de buenas razones, que no les valieron de mucho. Esta preocupación por los resultados-con-empleo debería servir de guía a la tarea del empresario en el futuro inmediato.

Si el entorno ha cambiado, el empresario no debe sentirse privado de puntos de referencia, porque algunas ideas, ya antiguas, mantienen su validez bajo la superficie. Para demostrarlo, nada mejor que terminar con esta cita de W. Röpke, uno de los "ordoliberales" que inspiraron el milagro alemán: "Una economía de libre mercado en estado puro, basada en la competencia, no puede flotar en un vacío social, político y moral; debe ser preservada y protegida por un sólido marco social, político y ético. La Justicia, el Estado, las tradiciones y la moral, unos valores éticos firmes (...) son parte integrante de ese marco, como lo son las políticas económicas, sociales y fiscales que, fuera de la esfera del mercado, equilibran intereses, protegen a los débiles, frenan a los inmoderados, rebajan los excesos, limitan el poder, fijan las reglas del juego y velan por su observancia."



¿Debe ser el objetivo de una empresa crear empleo?


Me pide la Redacción de la Revista de Antiguos una breve réplica al interesante artículo del profesor Alfredo Pastor. Como no puedo estar en desacuerdo con los acertados mensajes centrales de su contribución, en aras de fomentar el debate me centraré en una cuestión que Alfredo trata sólo marginalmente. Probablemente tampoco en esto discrepemos, pero considero que me-rece la pena profundizar en el tema. La pregunta podría ser: ¿Es necesario que el empresario cree empleo para que obtenga una legitimación social? ¿Debe el empresario proponerse explícitamente elegir las alternativas empresariales que generan más puestos de trabajo?

Pienso que no. El empresario debe generar riqueza, y para hacerlo deberá basarse en las contribuciones de las personas que sean necesarias, conjugando esa participación con el uso eficiente de recursos productivos materiales e inmateriales, como la tecnología y los capitales. ¿Debe el empresario elegir la alternativa que emplea más personal? En el contexto de economía de mercado en el que nos movemos, con niveles cada día más elevados de competencia, me parece que no se puede exigir al empresario que adopte decisiones de contratación que pueden ir en detrimento de la eficiencia de la empresa. En último término, dichas decisiones podrían poner en cuestión la propia viabilidad de la aventura empresarial y, con ello, la de los puestos de trabajo asociados.

Naturalmente, es bien sabido que la legislación laboral española no favorece la contratación y, por tanto, inclina la balanza de la decisión empresarial hacia alternativas que generan poco empleo. La solución, sin embargo, no debe fundamentarse en el voluntarismo, sino en un cambio legislativo que anime al empresario a contratar más personal.

Si el empresario no tiene por qué modificar sus decisiones de inversión favoreciendo el empleo, ¿significa esto que no debe asumir ninguna responsabilidad en el tema de la ocupación? De ningún modo. La figura del empresario constituye un pilar fundamental para el funcionamiento armónico de un sistema de libre mercado. Su responsabilidad -ya lo dice el profesor Pastor- es crear riqueza y, con ello, empleo.

La responsabilidad social del empresario en los sistemas económicos occidentales es fundamental, puesto que el empresario constituye el agente movilizador de los recursos productivos de la sociedad. Nuestra sociedad puede y debe exigir al empresario una actitud proactiva, un alto grado de dinamismo y voluntad de emprender. Se le debe exigir que no mantenga recursos ociosos, que ponga a trabajar los recursos financieros de que dispone o a los que tiene acceso, para crear riqueza, para ilusionar a los empleados y colaboradores en proyectos empresariales que generen puestos de trabajo enriquecedores. Los necesarios, ni más ni menos. Y ello no es tarea menuda.

Jordi Gual
Profesor Agregado del IESE en el Departamento de Análisis Social y Económico para la Dirección




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