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| Un título
más preciso, aunque quizá demasiado largo, sería: "Algunas
de las ideas que han movido al IESE durante sus cuarenta años de
existencia". "Algunas", porque no son las únicas.
Esta es, pues, una selección personal, posiblemente distinta a la
que otra persona hubiera realizado, y probablemente diferente de la que
yo mismo hubiera elegido si escribiera estas líneas dentro de un
mes. Este primer párrafo puede orientar al lector sobre el grado
de fiabilidad que merece lo que a continuación escribo. Me parece que las personas que trabajamos en el IESE tenemos muy pocas convicciones en común y muchas opiniones diferentes. Pero estas opiniones pueden coincidir o no coincidir, y hasta enfrentarse, sin que la estructura del edificio sufra daños mayores, porque sus cimientos están constituidos por convicciones sanas y arraigadas. (Es obviamente innecesario recordar que estas convicciones no son patrimonio exclusivo del IESE: afortunadamente, son compartidas por muchos otros.) Por ejemplo, el respeto a la dignidad de la persona humana: de todas las personas, con independencia de sus cualidades y de sus comportamientos. La conducta de la persona puede, y quizá debe, ser merecedora de corrección. Pero, con independencia de su mayor o menor severidad, siempre debe ser una corrección respetuosa. Es deseable que este respeto se concrete en amistad personal. Uno no se sirve nunca de los amigos. Al contrario: trata de servirles y ayudarles en todo lo que sabe y puede. En ocasiones, esta actitud de ayuda brota espontáneamente de la relación que se establece entre dos personas. Pero otras veces, el trayecto de la amistad se recorre en sentido contrario. Se comienza por ayudar deliberadamente a otro (quizá sin demasiadas ganas) y esta ayuda engendra amistad. Amistad nacida espontáneamente o amistad construida deliberadamente. Ambas son igualmente valiosas. El respeto a la persona implica respeto a su libertad. En el campo de las opiniones (académicas, por ejemplo), cada uno forma y expone su propio criterio con la convicción de que es opinable, de que sus ideas serán compartidas por un número mayor o menor de terceros, o por nadie, y que su parecer puede mantenerse o modificarse a la luz de otras opiniones. En cualquier caso, nunca será presentado como propuesta corporativa del IESE, que defiende, con convicción, el legítimo pluralismo de las opciones opinables. Esto no es escepticismo: es realismo. (Seguramente, sería aquí de interés algún comentario sobre la auctoritas y la potestas en el IESE. Pero, por desgracia, el autor de este artículo no tiene las ideas suficientemente claras a este respecto. Por ello, remite el tema al buen juicio de sus hipotéticos lectores.) Componente singular de la libertad personal es la libertad religiosa. En este campo, en el IESE conviven convicciones y opiniones. El católico, por ejemplo, está convencido de la verdad de su religión. Y de que esta misma religión le prohíbe tratar de imponerla, de cualquier forma que sea. Aunque también le recuerda su derecho y deber de exponerla, con su ejemplo y con su palabra. Pero no de cualquier manera, sino en el marco del más delicado respeto a la libertad de las conciencias. Y es este marco lo que permite la pacífica convivencia entre quienes sostienen que la religión es nada menos que convicción y quienes piensan que es nada más que opinión. En la medida en que las actividades del IESE ayudan a difundir estas (y otras) ideas en la sociedad en que trabaja, está colaborando a su bien común. Pues éste no es independiente de las personas que conviven: son éstas quienes simultáneamente contribuyen a este bien y participan de él. Son muchas las cosas que evidentemente forman parte del bien común, pero supondría actuar contra el mismo bien común tratar de imponerlas por ley (la armonía familiar, por ejemplo). Por ello, la promoción de estas cosas corresponde, en primer lugar, a la actuación libre y responsable de las personas que se comprometen a hacerlo (y es un compromiso arriesgado). A estas personas no les preocupa tanto la administración del bien común como su vitalidad. Supongo que el lector ya sabe que el IESE no es un lugar paradisíaco. Pero si albergara alguna duda al respecto, podría aportarle datos de mi experiencia de cuarenta años de estancia en él que corroboran empíricamente que, en efecto, el IESE no es un lugar paradisíaco. Y simultáneamente, con idéntica convicción, le manifestaría que esos mismos cuarenta años me han valido ampliamente la pena, humana y sobrenaturalmente. (En contraste con lo manifestado al comienzo, sí mantendría este último párrafo, fuera cual fuere el momento de escribir este artículo.) | |||
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