La relación humana (II)

José Mª Rodríguez


 

En mi artículo anterior(1), con el mismo título, describía el proceso de génesis de una relación humana. Utilizaba como referencia la película "Fugitivos" y me apoyaba en el esquema conceptual de Homans(2). En este trabajo me propongo analizar el proceso contrario: cómo se deteriora o disgrega una relación humana, ya sea la que se da entre dos personas o en un equipo. Voy a continuar apoyándome en el esquema de Homans. Como ya apuntaba en el citado artículo, el esquema es engañosamente simple y, sin embargo, extraordinariamente potente para el que se habitúa a utilizarlo.

En esencia, la hipótesis de Homans propone que, cuando las personas realizan actividades que implican interacciones con otras personas, emergen sentimientos de signo positivo que, a su vez, suscitan nuevas actividades, seguidas, a su vez, de interacciones que alimentan los sentimientos anteriores, y así sucesivamente. Homans matiza que este proceso tiene lugar en ausencia de influencias contrarias, como cuando, por ejemplo, la actividad de una persona es irritante para la otra.

Todas las personas tenemos "aristas" que pueden resultar irritantes para los demás; ahora bien, ¿qué hace que una relación ya establecida haga aflorar aristas que generan irritación y contribuyen a deteriorar la relación? A este respecto, resulta esclarecedor un pasaje de Schopenhauer, cuya localización no recuerdo. Es una especie de historieta: "Era invierno, hacía mucho frío y los puercoespines, buscando el calor, se acercaron a sus congéneres, pero lo hicieron tanto que entonces se pincharon con sus espinas y se distanciaron".

El mensaje es muy simple: cuando la frecuencia de la interacción supera un cierto umbral, afloran nuestras aristas e irritamos a los demás, de tal modo que emergen sentimientos de signo negativo que, a su vez, según el esquema de Homans, reducen la frecuencia de las actividades conjuntas y, consiguientemente, la frecuencia de las interacciones, lo cual, a su vez, afectaría a los sentimientos. Todo esto es muy probable que resulte demasiado abstracto para el lector. Por eso, a continuación, voy a describir sintéticamente una serie de escenarios de la vida cotidiana que pueden ayudar a entender el proceso.

· Un matrimonio joven. Él y ella trabajan fuera de casa, realizan largas jornadas y se encuentran al atardecer. Al final de la jornada, probablemente están fatigados. La fatiga nos vuelve irritables, y la irritabilidad hiere los sentimientos y, probablemente, distanciará a los protagonistas que, desafortunadamente, no disponen de mucho tiempo para restablecer la relación. En el lenguaje de Homans, poco tiempo para interaccionar, y éste, en estado de irritabilidad. Una situación explosiva que abunda hoy día. La relación puede dañarse.

· El jubilado que pasa gran parte del día en casa. Antes, cuando él iba todos los días al trabajo, se veían dos o tres horas al final de la jornada. Ahora, coinciden durante muchas horas. Si él no ha adquirido una afición o trabaja como voluntario, está inquieto e irritable y se entromete en las actividades de ella. En el lenguaje de nuestro esquema: ha crecido la interacción y una de las partes exhibe una conducta irritante. Otra situación explosiva que puede dañar la relación.

· El comité que se reúne varias horas sin parar. Como a los puercoespines, el exceso de interacción nos vuelve irritables y la irritación nos impulsa a alejarnos. Una reunión de varias horas es un ejemplo demasiado frecuente, con el agravante de que no podemos levantarnos de la mesa y hemos de "tragar quina".

· La familia de vacaciones. Otro ejemplo de incremento repentino de frecuencia de interacción, para colmo en un entorno nuevo. Los primeros días pueden ser encantadores, pero si los protagonistas no desarrollan rutinas atractivas que "racionan" la interacción, puede surgir la irritabilidad y, con ella, el distanciamiento.

· Cuando los amigos cambian de ciudad de residencia. Si la interacción genera sentimientos, su ausencia los debilita. Hay un refrán francés que dice: &laqno;Partir c'est mourir un peu». Las separaciones tienden a debilitar las relaciones. Piense el lector en relaciones pasadas, en el colegio, en la universidad, en el trabajo, que con el alejamiento, son poco más que un recuerdo. En muchos casos, cuando las relaciones son muy profundas, quedan los "rescoldos". Los viejos amigos vuelven a encontrarse y el fuego se reaviva, pero, al cabo de unas horas, quizá no saben qué decirse.

Los escenarios anteriores han podido dar al lector la impresión de que la relación humana es una realidad frágil. En cierto modo lo es. El ingrediente afectivo de la relación ­los sentimientos­ está sujeto, como hemos visto, a la influencia de las interacciones. En esencia, de todo esto se concluye que convivir es difícil y que las relaciones humanas, dejadas al libre juego de los sentimientos, difícilmente sobreviven. También, se concluye la necesidad de cuidarlas y de reparar con presteza las heridas producidas por la interacción. Y aquí entra en juego el amor, paciente y dispuesto a pedir disculpas y a disculpar.

Para terminar, debo confesar al lector que hace tiempo que quería escribir este artículo. El anterior me dio el impulso definitivo. He querido dar al lector una pista para entender mejor sus relaciones humanas. Al fin y al cabo, las relaciones humanas son lo más valioso de nuestras vidas. Entenderlas y mantenerlas vivas es, en gran parte, la base de nuestra felicidad. Confío en haber contribuido en algún grado a ello.




1 · "La relación humana", Revista de Antiguos Alumnos, nº 72, pág. 39, diciembre de 1998.

2 · Homans, George C., "The Human Group", Harper, Brace and Company, Nueva York, 1950.




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