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Resumen
El 6 de agosto
de 2000 se publicó en Roma la Declaración "Dominus
Iesus", emitida por la Congregación para la Doctrina
de la Fe que dirige el cardenal Joseph Ratzinger. Este documento
romano provocó un cierto revuelo en los medios de comunicación
(sobre todo europeos y americanos). ¿Por qué? ¿De
qué se trataba? Una información sucinta sobre este
fenómeno contemporáneo interesará sin duda
a los lectores y al público en general.
La Declaración salía al paso de ciertas opiniones
de algunos teólogos en torno al diálogo interreligioso
(cristianismo y religiones no cristianas), que ponían en
cuestión aspectos fundamentales de la fe católica,
en aras de un mayor acercamiento entre estos ámbitos religiosos.
Veamos cuál fue el contexto en el que se produjeron los hechos.
En el mundo actual de la globalización y de la tecnificación
generalizada, a algunos sectores del movimiento ecuménico
cristiano lo que les preocupa acuciantemente es el diálogo
interreligioso entre las grandes religiones monoteístas del
mundo. Frente a una sociedad mundial pluralista y mayoritariamente
atea (o agnóstica), se debería buscar urgentemente
el mayor entendimiento posible dentro de lo que podríamos
llamar el mundo teísta (es decir, aquellos que tienen una
creencia religiosa en un Dios); frente al mundo de la increencia
(o sea, quienes tienen una visión del mundo cerrada a la
trascendencia religiosa). En efecto, una visión puramente
materialista y pragmática del mundo y del hombre da lugar
a ciertas estructuras globales (sociales, políticas, culturales,
y hasta económicas) que contrastan fuertemente con la concepción
teísta de las cosas. En otras palabras, frente al reto de
una civilización globalizada atea, se debería reaccionar
netamente presentando la alternativa contraria de tipo teísta,
que conduciría a un mundo más humano y pacífico.
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