Aprendiendo a ser padres
La apasionante edad de las oportunidades

Mientras ellos aprenden los colores, los nombres y las formas, los padres aprendemos a ser padres. Se trata de una formación en “inmersión” en la que cualquier asesoramiento es útil. El IESE, en colaboración con el FERT, imparte todos los años un programa de orientación familiar para padres primerizos, o experimentados, con hijos de 0 a 3 años
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Ser padres requiere algo más que paciencia y sentido común. La educación no es un problema de dinero o de tiempo, sino de amor y esfuerzo, o de lo que el profesor Lorenzo Dionis ha llamado: cariño, dedicación y competencia.

«El propósito del IESE al organizar este programa –explica el profesor Javier Santomá– es ofrecer a sus Antiguos Alumnos una oportunidad de formación en uno de los aspectos más importantes de la vida del directivo. La educación requiere de los padres un acuerdo de los progenitores sobre los valores que de-sean promover en sus hijos y una buena formación que les permita dominar una serie de herramientas con las que puedan conocer mejor a sus hijos. El programa “Primeros pasos” supone un avance en este sentido.»

Conocerles como son

Nuestra forma de ser y desenvolvernos es el resultado de la genética, la educación y el esfuerzo personal. Aprovechar los tres primeros años de vida del niño resulta vital para el desarrollo de la inteligencia, la movilidad y el equilibrio psicológico de la persona.

«Aunque con la educación no hay problemas irreversibles, muchos de los conflictos que tenemos los padres en la adolescencia provienen de una mala cimentación de las bases durante esta primera infancia», apunta Javier Vidal-Quadras, director del Fert.

«Me gusta mucho una imagen que compara los primeros años de vida del niño con una cómoda llena de cajones. Alguien llenará esos cajones. La cuestión está en quién llegará primero: sus padres, la televisión, los amigos…», recuerda.

No se trata sólo de una imagen acertada. El fundamento fisiológico del conocimiento descansa en las conexiones neuronales. Estas conexiones provocan que la persona pueda ir integrando los estímulos que recibe del exterior gracias a los sentidos. Cuantas más conexiones se produzcan, más amplia será la red neuronal y, por tanto, mayor soporte neurológico tendrá el cerebro. A más soporte, más capacidad de aprendizaje en el futuro.

La ciencia ha comprobado que a los siete años el hombre desarrolla el 90% de su masa encefálica. Ese desarrollo se produce fundamentalmente de cero a tres años. Se calcula, por ejemplo, que los bebés que no han sido estimulados suficientemente (debido a una falta de afecto físico o falta de movimiento) desarrollan entre un veinte y un treinta por ciento menos su inteligencia.

Objetivos del programa

La responsabilidad es, sin duda, apasionante. «La verdadera visión de futuro la tiene aquel educador que no cae en la trampa de “preparar” al niño o a la niña, sino el que no desaprovecha ni un solo momento para desarrollarle en cada instante», comenta el pedagogo Joan Valls, director pedagógico de Neurología y Aprendizaje, de Barcelona.

«Todos los días comprobamos cómo nuestro bebé es una auténtica esponja. Como un espejo, el niño copia todo lo que le rodea, sea bueno o malo. El juego y nuestro ejemplo son sus dos grandes fuentes de conocimiento, que después le marcarán a la hora de tomar decisiones. Personalmente, creo que no se piensa con el cerebro, se piensa con la vida. El ejemplo de los padres y la experiencia vivida cuentan más que los datos objetivos a la hora de tomar una decisión», señala José Miguel Reig (PDD-V 90), responsable del Programa “Primeros pasos”.

Este programa pretende orientar a los padres en esta primera etapa de crecimiento. Las bases teóricas del programa se cimentan en el trabajo del profesor Joan Valls que concretó un equipo técnico del Fert. El profesor Valls ha estudiado y concretado en programas educativos las enseñanzas sobre desarrollo temprano. Su trabajo se está aplicando con gran éxito en muchos colegios e instituciones de todo el mundo y se caracteriza por su sencillez.

De hecho, resulta sorprendente cómo muchas de sus recomendaciones coinciden con las costumbres que, con gran sentido común, aplicaban nuestras abuelas. Se ha confirmado, por ejemplo, la importancia del contacto físico para el desarrollo del bebé, la necesidad del paseo diario para ampliar las posibilidades de información del niño, el beneficio que supone el gateo, la necesidad que tienen los niños de ser hablados, el sentido de los juegos de “falda”…

El éxito en esta etapa depende del cariño con el que tratemos a los niños, la dedicación (la combinación entre tiempo de calidad y cantidad de tiempo) y la competencia para evitar que los niños se aburran. En síntesis, la investigación considera que el desarrollo del niño se cimenta en cuatro planos: el antropológico, el neurológico, el psicológico y el pedagógico. En cada uno de ellos, los padres deberían trabajar una serie de objetivos acordes a la edad del niño.

En el plano psicológico, los padres deben adecuar las metas que proponen al niño a su edad. En el plano pedagógico, se insiste en la necesidad de recordar al niño lo que hace bien y no sólo lo que hace mal. Ambos planos, el psicológico y el pedagógico, inciden en la auto-imagen que tiene el niño de sí mismo.

«Se trata de fijarle metas adecuadas y alabarle cuando las consiga. El niño necesita enfrentarse a tareas accesibles que le permitan tener éxito. Debemos evitar regañarle diciendo: “eres tonto”. Al contrario, deberíamos indicarle: “esto puedes hacerlo mejor”.» Las palabras y el tono que se utiliza son vitales para el desarrollo de su autoestima.

En el plano antropológico, conviene tener en cuenta que los niños captan e interiorizan la realidad de manera global. El niño necesita un modelo claro, fuerte y permanente para desarrollarse. Cuanto más repetitivo sea este modelo, más seguro y feliz se siente el niño.



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