Aprendiendo a ser padres: la preadolescencia (de 10 a13 años)
«Soy así, ¿y qué?»

El IESE ofrece a alumnos, participantes y Alumni del IESE una nueva oportunidad de formación en su faceta de padres y madres de familia. El curso, organizado en colaboración con el Fert, analiza las causas y efectos de los cambios que sufren los niños durante el periodo anterior a la adolescencia (de 10 a 13 años


Sin previo aviso se aparcan los juguetes y la ropa parece encogerse por momentos… ¿Qué sucede? Tal vez, la razón de estos cambios que experimenta la niña de 10 años, o el niño de 11, sea consecuencia de que está entrando en una nueva fase de su desarrollo: la preadolescencia. La vida de una persona se desa-rrolla al ritmo de los cambios que dictan los distintos períodos madurativos.

«Se trata de una crisis, una ruptura repentina con todo lo establecido hasta el momento por parte del niño. Durante esta etapa, de repente, se lo planteará y cuestionará todo. Es una crisis necesaria para poder crecer», afirma Tomás Malmierca, director técnico del FERT.

El propósito del IESE al organizar este curso es ofrecer a sus alumnos, participantes y Antiguos Alumnos una oportunidad de formación en uno de los aspectos más importantes de la vida del directivo. Educar a los hijos es una tarea que requiere una sólida formación que permita dominar una serie de herramientas con las que se puede conocer mejor a los hijos. Los programas que se imparten en el IESE en (“Primeros pasos”– para padres con hijos de 0 a 3 años– y “Pre-adolescentes” –para padres con hijos de 10 a13 años– son un avance en este sentido.

La preadolescencia es un período peculiar, entre otras cosas, porque se trata de una fase del crecimiento de la persona que no sólo afecta al niño que está dejando de serlo. También –al igual que otros cambios que se dan a lo largo de la vida– afecta a quienes conviven con él. «Creemos que la preadolescencia es un proceso de crecimiento propio con características singulares producidas por los tipos de cambios somáticos, psicológicos y emocionales que experimentan los niños a lo largo de esta etapa», señala Tomás Malmierca.

La preadolescencia se enmarca en torno a la pubertad, es decir, unos meses antes, y otros tantos después, de que el niño o la niña se conviertan en adultos biológicamente hablando. Durante esta fase, los órganos reproductores del hombre y la mujer pasan a ser funcionalmente activos.

La entrada en este período de transición suele implicar una serie de desequilibrios afectivos y psicológicos que normalmente se suman a las agresivas influencias externas –la moda, el consumismo...– que en esta fase afectan a los chicos y chicas de una manera especial. Éstas son las causas de la ruptura de la armonía, el equilibrio y la tranquilidad característica de los niños y las niñas de la etapa anterior.

El cambio interno, que para cada niño y niña tiene un tiempo y un momento diferentes, se manifiesta en algunos síntomas detectables que señalan que una etapa ha finalizado y que comienza otra: no les apetece casi nada, pasan de la carcajada al llanto en muy poco tiempo, se eternizan ante los espejos en busca del propio yo que acaban de descubrir…

Son conscientes, por primera vez, de que son únicos, y dedican largos ratos –en soledad– a buscar cuál es la forma de su personalidad. «Estos momentos son necesarios para los chicos de estas edades. Es lógico, se han descubierto a sí mismos y necesitan estar a solas para encontrar su ‘yo’», explica Tomás Malmierca.
«Se trata de una lucha interior que deben librar ellos solos. Los padres nunca deben entrometerse, ya que implica un crecimiento personal, una experiencia intransferible. Los padres sólo pueden envolverles en un clima de confianza, dar cauce a sus inquietudes y establecer marcos a la conducta de sus hijos. Por este motivo, durante esta etapa, el ejemplo y la coherencia de la figura paterna es especialmente importante.»

Confianza: una llave maestra

Generar un clima de confianza es clave para que los padres puedan afrontar con garantías de éxito los problemas propios de esta etapa. En la relación con el hijo preadolescente no debe perderse este clima, aunque nos encontremos con nuevas situaciones que requieran, más que una respuesta dura, una buena dosis de imaginación y paciencia. Es fácil caer en el error de enfrentarse con los hijos, o de emplear de mala manera un enfoque de la autoridad paterna que derive en extremos como el autoritarismo, el permisivismo o el paternalismo que hay que aplicar siempre.

Durante este período, los niños reafirman su identidad sexual. Y ese mismo clima de confianza será el que permitirá poder hablar con ellos para poderles aclarar los modelos correctos y las tendencias naturales. En este sentido, también es necesario y muy importante que los padres tengan la suficiente formación y conocimiento para poderles ayudar.

La constante demanda de autonomía es uno de los principales campos de batalla durante este período, porque no es bueno para ellos que los padres cedan y se la otorguen sin más. «Los padres deben fomentar y hacer responsables a sus hijos de la autonomía que empiezan a tener», asegura Tomás Malmierca.

«Es bueno que los padres establezcan algunas normas en casa que garanticen una óptima convivencia familiar», añade. La solución vuelve a radicar, de nuevo, en la confianza mutua entre padres e hijos, sobre la que se buscarán soluciones para colmar las ansias de independencia del preadolescente.

«Es preciso educar la voluntad de los hijos. Hay que enseñarles a decir “no” a determinadas situaciones. Durante este período, la influencia del grupo es muy importante y los niños requieren unos padres con unos valores firmes para poderles ayudar», asegura el director técnico del FERT. Los clubes juveniles o determinadas actividades extraescolares ayudan en esta tarea, al conjugar la posibilidad de expandir sus inquietudes rodeados, en un ambiente óptimo, por otros niños y tutores especializados.

«Los pasos de una etapa a otra no se dan en días o en semanas. Todo cambio lleva un tiempo. Los padres empezarán a notar que sus hijos superan la preadolescencia porque se estabilizan los estados de ánimo de los niños», indica Tomás Malmierca. «Si en la preadolescencia los niños experimentan el descubrimiento del yo, durante la adolescencia les tocará asentarlo», añade.



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