Los padres
ante la orientación universitaria
¿Qué quieres ser de mayor?
Lo más normal es que no lo tenga claro. Los padres deben
apoyar a los profesores que le tratan día a día
en el colegio para aconsejar a su hijo en un momento decisivo.
Aptitudes, gustos personales, salidas profesionales...
Los expertos recomiendan adelantarse y empezar a
pensar en la universidad con tiempo. «La orientación
profesional bien entendida no es una ayuda de última hora
realizada de forma intensiva o acelerada, debe comenzar en el
momento en el que inicia la etapa de enseñanza secundaria»,
explica Gerardo Castillo, subdirector del Departamento de Educación
de la Universidad de Navarra y autor del libro «De la Universidad
al puesto de trabajo».
Los padres deben conocer a su hijo o hija,
sus preferencias, capacidades y limitaciones, y orientar con una
visión a largo plazo. «En esta tarea –explica
Carmen Bassy, periodista especializada en temas de educación–
es particularmente importante no perder de vista que la profesión
habrá de ser ejercida durante muchos años. Los padres
y profesores tendrán por ello que ayudar al joven a sujetar
bien los pies al suelo, sin que por ello sus aspiraciones dejen
de volar alto.»
Conocer al hijo, dialogar con él, contar
con toda la información y buscar la ayuda de los profesionales
de la educación que tratan con nuestros hijos en el colegio,
son algunas de las claves para llevar a buen fin este proceso.
¿Café para todos?
Sin embargo, los profesionales aclaran, antes de
empezar, un aspecto: qué es y para quién es la universidad.
«La universidad –señala Josep Solé,
profesor de bachillerato del Colegio La Farga– no es un
lugar para preparar al alumno para un trabajo. A la universidad
deben ir aquellas personas que desean disfrutar estudiando algo
que les gusta. Esto no significa que no sirva como preparación
profesional, lo que sucede es que la carrera debe ir más
allá y formar a la persona, su cabeza, de modo que este
período de su vida, si está bien aprovechado, le
sea de gran utilidad para ejercer múltiples profesiones.»
Los padres no deben obsesionarse e intentar a toda
costa que sus hijos estudien una carrera. Según Carmen
Bassy, «sería muy injusto someter a todos los estudiantes
al mismo destino, para los estudios universitarios, como para
aquellos que pueden tener dificultades para someterse a una disciplina
de trabajo más seria y exigente que la escolar».
“No sabe qué quiere estudiar...”
En la actualidad, es habitual ver a los chicos sumidos
en un mar de dudas. Ninguna carrera le llama especialmente la
atención. ¿Cómo se le puede ayudar a “dar
en el clavo”?
«Los padres –asegura Miguel Dionis,
director de estudios del Colegio Viaró– deben hablar
con el hijo, indagar, manejar las hojas de calificaciones escolares
y los test de aptitudes que se realizan en el colegio, y hablar
con los profesores. Además, en la mayoría de centros
educativos se organizan actividades para dar a conocer las diferentes
titulaciones y sus salidas profesionales más habituales.
En manos de los padres y de los profesores está asegurar
que el chico disponga de toda la información y conseguir
que se ilusione con estudiar alguna carrera, con algo que le guste.»
El papel de los padres ante un hijo indeciso tiene
sus límites, y se complementa con el de sus profesores.
«Los padres no pueden ni deben imponer a un hijo una decisión
profesional. Esa decisión es personal e intransferible,
sería atentar gravemente contra su libertad y tendría
efectos negativos en su conducta actual y futura. Además,
los padres no son expertos en orientación profesional,
por lo que lo más probable es que se equivoquen»,
dice Gerardo Castillo. En estos casos puede ser una buena idea
acudir a un gabinete de orientación universitaria, con
el fin de trazar el triángulo entre gustos, capacidades
y salidas profesionales.
En otras ocasiones, el problema no lo plantea la
indiferencia, sino una decisión firme que no gusta a los
padres, porque consideran que no tiene un futuro profesional,
creen que no se adecua al perfil de su hijo o rompe, sin más,
con los planes que habían previsto para su hijo.
En cualquier caso, si la idea parece desacertada,
se debe recurrir al diálogo con la vista puesta en el futuro:
«Ante una decisión desacertada, la solución
no puede ser una imposición paterna, porque de lo que se
trata es de que el joven aprenda a tomar sus propias decisiones
y que se comprometa con ellas. Se trata de ir a su lado en ese
camino de autoconocimiento, no de sustituirle», opina Carmen
Bassy.
«Si pasa por encima de la voluntad de los
padres con argumentos razonados –subraya Miguel Dionis–,
querrá decir seguramente que ha elegido la carrera con
seriedad, lo que permite suponer, en definitiva, que lo hace con
garantías de éxito.» En cualquier caso, si
los padres “pierden” la batalla, después de
haber trabajado junto con los profesores del centro, de haber
facilitado información real sobre las carreras y el mundo
profesional, y de haber consumido todas las opciones de diálogo,
deben recordar que del error en una decisión también
se suelen derivar consecuencias positivas. Por tanto, es preferible
dejar que el hijo se equivoque a obligarle a acatar una decisión
que no es suya.
«No pasa nada por equivocarse, se cambia de
carrera al acabar el primer curso y se empieza de nuevo, aunque
con un año de experiencia en la universidad, lo que implica,
en la mayoría de los casos, un año más de
madurez», subraya Josep Solé. Mucho peor sería
que el error estuviera motivado por una decisión en la
que los padres han tenido un peso excesivo, porque además
de la posible sensación de frustración, el hijo
atribuiría a los padres, con cierto rencor, gran parte
de la responsabilidad.
¿Dónde?
Una vez elegida la carrera, hay que tomar otra decisión
tan importante como la primera: ¿dónde? En los últimos
años se han multiplicado las titulaciones y los centros
universitarios, de modo que trasladarse de ciudad no es necesario
para la gran mayoría de estudiantes universitarios.
Según Carmen Bassy, «aunque exista
la posibilidad de desarrollar los estudios en la propia ciudad,
dependiendo de la elección puede ser aconsejable buscar
una institución de particular prestigio, no sólo
por sus enseñanzas teóricas y científicas,
sino por su enfoque».
Por su parte, Gerardo Castillo
fija algunos criterios para saber si un estudiante está
preparado para aprovechar esta oportunidad: «Si no existe
una titulación en la propia ciudad o se imparte pero no
tiene prestigio, y nuestro hijo desea tener una experiencia de
valerse por sí mismo. Si se dan estas condiciones, adelante,
pero creo que no es bueno que la elección esté motivada
por un deseo de “liberación” de la tutela de
los padres. Del mismo modo, debemos estar seguros de que nuestro
hijo es capaz de un comportamiento autónomo y que no se
hunde sin la presencia diaria de los padres y que es una persona
capaz de organizarse.»
Por su parte, Miguel Dionis destaca algunas ventajas
de estudiar fuera, como la posibilidad de participar más
intensamente del ambiente universitario o vivir en un colegio
mayor con gente de diferentes carreras y orientaciones. «Estudiar
en otra ciudad enriquece mucho más», concluye. En
cuanto a la elección de la universidad, Josep Solé
ofrece algunas pistas: «Creo que los rankings que aparecen
en la prensa son relativamente fiables, pues ofrecen algunos parámetros
objetivos –número de profesores y alumnos por profesor,
publicaciones, investigación, etc.– que ayudan a
identificar a las buenas universidades».
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