Andrea Christenson (MBA
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Directamente del corazón
En el mundo de los negocios, también los
sueños se pueden quedar cortos. Quién iba a decir
que en el siglo XXI, con las estanterias llenas de juguetes electrónicos,
podría sobrevivir con éxito una delicada muñeca
fabricada a mano. Andrea nunca pensó que aquella muñeca
que le apasionaba de niña iba a dar sentido a su vida.
Cuando compró Käthe Kruse, despertó en un sueño
infantil. Quince años después, la marca es más
fuerte que nunca y el valor de su inversión inicial se
ha multiplicado por cinco. Además, Andrea ha disfrutado
en el camino.
Todavía recuerda cómo, con cinco años, obligó
a su padre a dar media vuelta y volver a casa para recoger una
de sus artesanales muñecas Käthe Kruse. Habían
recorrido 500 kilómetros. Cuando en 1989, la fabrica de
Käthe Kruse se puso en venta, Andrea sabía que nada
podía interponerse entre ella y sus muñecas.
En aquel momento, la compañía pertenecía
a Heinz Adler, yerno de Käthe Kruse, una alemana del Este
madre de siete hijos, que empezó a hacer sus propias muñecas
en 1905 y que dirigió el negocio hasta que Adler tomó
el relevo en 1952. Después de 37 años al timón
del negocio familiar, Adler buscaba un sucesor –preferiblemente
una pareja– que mantuviese fielmente la filosofía
de producto de su suegra: hacer las muñecas a mano. «Es
un principio que nunca he abandonado y nunca abandonaré.
La mano sigue al corazón, y sólo la mano puede crear
algo que vaya directamente de la mano al corazón. No hay
ejemplo mejor de esto que una muñeca.»
Adler encontró lo que estaba buscando en
Andrea y su marido, Steve. El matrimonio compró el 70%
de la compañía, y un amigo suyo, banquero, compró
el 30%. Financiaron el 95% de su participación con créditos.
«Al ir adquiriendo conciencia de la magnitud de la operación
–dice Christenson–, ¡me pasé dos noches
sin dormir!»
Quince años después, Andrea no pasa
noches en vela. Steve se ha hecho cargo de la producción
y las finanzas, y ella es la responsable comercial y del desarrollo
de producto. Käthe Kruse se ha diversificado con éxito:
fabrica muñecas para jugar, muñecas de trapo, juguetes
hechos con materiales ecológicos, ropa para niños
y accesorios para habitaciones infantiles.
Andrea ha impulsado también la expansión
internacional de la compañía, aumentando sustancialmente
las ventas al exterior. Estas dos decisiones terminaron con la
dependencia que la firma tenía con las muñecas de
colección: se ha reducido la temporalidad de las ventas,
manteniendo el prestigio de la marca.
La edición especial de una muñeca
Käthe Kruse puede llegar a alcanzar los 35.000 dólares
en una subasta. Las Käthe Kruse ya tienen dos museos: uno
en Donauwörth, cerca de la sede de la compañía
en Munich, y otro en el creciente mercado de Japón.
El sueño de Andrea se ha realizado: la marca
es más fuerte que nunca, y el valor de la compañía
es, según una estimación reciente, cinco veces el
precio que Andrea pagó por ella.
El camino hasta Käthe Kruse
Pero hasta llegar a Käthe Kruse, Andrea ha
recorrido un sinuoso camino. En los setenta, siendo aún
adolescente, se inclinaba por alejarse de una agobiante sociedad
vienesa y estudiar fuera. Su deseo: llegar a ser consultora. Con
esa idea se licenció en Economía en la Universidad
de Viena. «Si pudiera elegir otra vez, no estudiaría
economía –dice. Es demasiado teórica, alejada
de la vida empresarial real.»
Al terminar, solicitó la admisión
en un posgrado en Sudáfrica –tan lejos de Austria
como pueda uno imaginar–, pero no aceptaron su propuesta
porque era «demasiado pronegros», le dijeron.
Entonces conoció a alguien del IESE. «No
se me había ocurrido ir a España.» Andrea
hablaba inglés y francés, además de su lengua
materna, el alemán, pero «ni una palabra de español.
Pensaba que si tuviera que hacer un MBA, elegiría América.
Pero me resultó muy atractivo el planteamiento sobre la
orientación europea, la atención personal y cercana
que recibiría. Al final de la reunión, estaba convencida».
Cursó el MBA del IESE con una beca y se graduó
con honores en 1983. «Los casos requerían un trabajo
intenso. Me tenía que sentar con un diccionario y buscar
cada dos palabras», comenta. Pero, sobre todo, lo que más
dice recordar es la incomparable atención personal que
cada estudiante recibía de los profesores, y cuán
prácticos eran los cursos comparados con su carrera de
economía. «Me ayudó a pensar rápido
y me proporcionó herramientas cruciales, y que aún
utilizo, para tomar decisiones. Sobre todo, aprendí la
pasión por los negocios.»
Entretenerse en los negocios
Al graduarse, empezó a trabajar en la oficina
de Munich del Boston Consulting Group (BCG), una de las primeras
entre las muchas oficinas que la consultora americana de estrategia
estaba abriendo en Alemania. Al leer en la web la descripción
de la oficina de BCG en Munich, se entiende fácilmente
lo que Andrea quiere decir cuando afirma que no adoptaban «un
planteamiento de “chaqué” respecto a los negocios».
La oficina se encuentra en el corazón de Munich, rodeada
por el Viktualienmarkt, el mercado abierto de la ciudad. Desde
la azotea se disfruta de una maravillosa vista de los picos alpinos.
Los habitantes de Munich son conocidos por su alegría de
vivir. De esta vitalidad emerge una ciudad vigorosa. La atmósfera
de la oficina favorecía la diversidad en preparación,
aprendizaje y carácter, mientras que dificultaba los planteamientos
de gestión jerárquica.
Lo que más disfrutó en sus ocho años
con BCG en Munich fue aquel ambiente de trabajo íntimo
que con el tiempo fue perdiendo sentido. Cuando dejó BCG
para dirigir Käthe Kruse, habían pasado de 25 trabajadores
a 180 en 1990. De su etapa en BCG aprendió mucho en los
niveles profesional y personal: no sólo adquirió
una experiencia vital en las áreas de “bienes de
consumo” y “regalos” como director de proyectos
senior con responsabilidad en Europa y Norteamérica, sino
que además conoció a su marido, Steve, un MBA de
Insead.
Todavía hoy, Andrea mantiene el contacto
con BCG a través de dos iniciativas: “Move on“,
una serie de seminarios de dos días para emprendedoras
en alza, y “Business@school”, una asignatura electiva
que anima a los estudiantes de entre 14 y 17 años a desarrollar
un plan de negocio factible y viable financieramente basado en
sus propias ideas. «Me gusta relacionarme con jóvenes
creativos y maravillosos que tienen ideas brillantes, y ver su
manera de pensar.»
¿Cómo se venden las muñecas?
Pensar rompiendo moldes es algo necesario en el
sector juguetero: el sector está dominado por pocas y grandes
marcas líderes. Además, los juguetes se producen
mayoritariamente en China y se comercializan por todo el mundo
a través de intensivas campañas televisivas.
En este entorno luchan las muñecas Käthe
Kruse, muñecas que no “hacen” nada más
que ser preciosas. La coyuntura económica, no demasiado
boyante, afecta todavía más a los bienes de lujo,
como las muñecas artesanales, que cuestan entre 50 y 1.500
euros.
La respuesta de Andrea ha sido diversificar el producto,
introduciendo un aire nuevo en la marca, que ha empezado a trabajar
otras áreas como hogar, ropa y joyas, apuntando todavía
al 20% de las familias que se encuentran en lo más alto
de la pirámide. Al mismo tiempo, para reducir costes, Andrea
empezó a fabricar en Letonia. En 2003 se fabrica allá
el 90% de sus productos.
Aunque trasladar la producción a Letonia
ha sido un éxito, la entrada de este país en la
Unión Europea ha reducido el potencial de ganancias. «Antes
era mucho más fácil, pero ahora hay más multinacionales
que están invirtiendo en estas áreas de crecimiento,
y hay más competidores locales, como las compañías
británicas, por ejemplo, que se están trasladando
allí y pueden pagar más. Aun así, estar en
Europa del Este es más ventajoso que estar en Asia Oriental
–el tiempo de producción es menor, los tamaños
de los lotes son menores y ellos entienden lo que queremos en
cuanto a calidad y aspecto.»
Puede que, desde 1989, el coste laboral en Letonia
haya subido de 50 a 330 euros mensuales, pero todavía está
bastante por debajo de la media alemana de 2.000 euros en 2003.
«Si los precios siguen subiendo, nos trasladaremos todavía
más al Este, a Bielorrusia», añade.
Otra área que Andrea ha reformado ha sido
la distribución. Con el cierre progresivo de las tiendas
de juguetes especializadas, Andrea empezó a buscar nuevos
canales para llegar a los clientes. Creó el Club de Coleccionistas
de Käthe Kruse en 1993, y envió catálogos de
venta a miles de direcciones de la base de datos de Funky, una
compañía de venta por catálogo que Käthe
Kruse había adquirido en 2001. «Para crecer, tenemos
que encontrar formas de venta más directas», dice,
añadiendo que está en el proceso de lanzar una nueva
web para vender productos Käthe Kruse con el nombre de Funky.
Preparando el centenario
Ahora, entre la feria de juguetes en Shanghai y
Estados Unidos, Andrea prepara el centenario de Käthe Kruse,
que se celebrará en 2005. Käthe Kruse lanzará
una edición especial limitada de réplicas de muñecas
para coleccionistas. Sólo se fabricarán 500 muñecas,
que serán vendidas a 1.100 euros cada una. «La última
vez que ofrecimos una edición especial de muñecas
como ésta, se vendieron todas en dos días»,
dice. Vender 550.000 euros en dos días es verdaderamente
un motivo de celebración.
«Este trabajo es tan divertido: estar con
gente y poner cosas en marcha», dice Andrea, volviendo al
tema de su carrera profesional. Su encanto y entusiasmo por los
negocios han contribuido sin duda a que el IESE la invitase recientemente
a participar en el Internacional Advisory Board, donde compartirá
sus ideas empresariales con otros 33 consejeros delegados de quince
países. Juntos, una vez al año, asesoran al IESE
sobre los cambios de los negocios y economía mundiales,
y sobre su efecto en el mundo empresarial y en la educación
de negocios.
«Ha sido para mí un honor que el IESE
me pidiera que participase en el IAB. Es una muestra más
de que la escuela quiere apoyarse en una amplia, diversa y enriquecedora
variedad de experiencias para contribuir mejor al desarrollo de
la excelencia en la dirección de organizaciones en países
de todo el mundo», asegura.
Su experiencia empresarial ha sido ya puesta por
escrito en un caso que discutirán los participantes en
el MBA. «Estoy buscando nuevos modos de poner nuestros productos
en el mercado durante los próximos diez años»,
dice Andrea Christenson en el caso. Quizás una generación
futura de participantes en el MBA del IESE será capaz de
ofrecer a esta emprendedora amante de la diversión alguna
que otra idea con la que jugar.
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