En el mundo de los negocios, también los sueños se pueden quedar cortos. Quién iba a decir que en el siglo XXI, con las estanterias llenas de juguetes electrónicos, podría sobrevivir con éxito una delicada muñeca fabricada a mano. Andrea nunca pensó que aquella muñeca que le apasionaba de niña iba a dar sentido a su vida. Cuando compró Käthe Kruse, despertó en un sueño infantil. Quince años después, la marca es más fuerte que nunca y el valor de su inversión inicial se ha multiplicado por cinco. Además, Andrea ha disfrutado en el camino.